14 Noviembre 2006 Seguir en 
El filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) afirmaba que en el estado de naturaleza, el hombre vive una guerra de todos contra todos. “El hombre es un lobo para el hombre”, sostenía. Pero al mismo tiempo, este mismo hombre, incluso en el estado de naturaleza, sigue siendo un ser racional y tiende a superar el desorden y la inseguridad. La frase de Hobbes quedó en la historia como un ejemplo del daño que el ser humano muchas veces provoca a sus congéneres con sus acciones. Ello sucede, por ejemplo, con el cuidado de nuestro planeta, cuyo medio ambiente está desde hace tiempo en peligro por los constantes desastres ecológicos que comete el hombre. Mientras en Nairobi, la capital del Kenia, representantes de 189 países discutirán hasta el viernes las consecuencias nefastas que podría llegar a generar el calentamiento global si no se lo detiene a tiempo, en Tucumán, la tala indiscriminada de los bosques está poniendo en peligro nuestro propio sistema ecológico.
Los especialistas en medio ambiente aseguran que en la provincia hay por lo menos un millón de hectáreas degradadas. A ello hay que sumarle que sólo el 18% de la superficie del territorio está cubierto por bosques. Los expertos advierten que otro peligro que conlleva la deforestación es que impide la filtración del agua en el suelo durante las grandes tormentas y ello puede provocar desastres. En un estudio de la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), se asegura que un territorio con menos del 25% de cobertura vegetal corre grandes peligros ambientales.
La semana pasada, pescadores de Concepción descubrieron por casualidad que, a la altura del lugar conocido como Remanso de Yacu Suto, en la reserva forestal de Santa Ana, cuadrillas de operarios estaban desmontando totalmente ese lugar. La zona, ubicada a unos 800 metros sobre el nivel del mar, ahora ofrece un aspecto desolador. Son alrededor de 250 hectáreas las que se habrían desmontado, según la denuncia. El hombre que hizo una presentación a través de un abogado en los Tribunales de Concepción, aseguró haber observado unos 200 ejemplares de cedros talados y listos para ser comercializados. La devastación afecta sobremanera la fauna de la zona, compuesta por corzuelas, ocelotes, loros, chanchos del monte y pájaros, y pone en peligro de ser arrasadas por las inundaciones durante el verano las localidades de Santa Ana, Aguilares, Los Agudo, Villa Hileret y Río Chico.
Por otro lado, las estadísticas señalan que en San Miguel de Tucumán hay menos de 7 m2 de espacios verdes por habitante, cuando la Organización Mundial de la Salud sostiene que en una urbe del tamaño de la capital deberían haber, por lo menos, 14 m2 por habitante.
Un climatólogo señaló, durante muchas décadas, que Tucumán tuvo un Estado ausente en el tema ambiental y que este no se preocupa seriamente por monitorear el aire, el agua y la biosfera. También dijo que no existe en la provincia, la red de monitoreo hidrológico.
La depredación de los bosques, la contaminación de los ríos y del aire son una constante en Tucumán desde hace décadas. Los diversos gobiernos han mirado para el costado en esta materia a la hora de ejercer el poder de policía como corresponde, y de sancionar económicamente y con prisión a los infractores. Si no se asume esta problemática como una política de Estado, se corre el riesgo de hipotecar el futuro; y la frase de Hobbes podría llegar a hacerse realidad entre nosotros. Destruir el propio hábitat implica ser indiferente a la vida no sólo de la flora y la fauna, sino de los mismos tucumanos.
Los especialistas en medio ambiente aseguran que en la provincia hay por lo menos un millón de hectáreas degradadas. A ello hay que sumarle que sólo el 18% de la superficie del territorio está cubierto por bosques. Los expertos advierten que otro peligro que conlleva la deforestación es que impide la filtración del agua en el suelo durante las grandes tormentas y ello puede provocar desastres. En un estudio de la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), se asegura que un territorio con menos del 25% de cobertura vegetal corre grandes peligros ambientales.
La semana pasada, pescadores de Concepción descubrieron por casualidad que, a la altura del lugar conocido como Remanso de Yacu Suto, en la reserva forestal de Santa Ana, cuadrillas de operarios estaban desmontando totalmente ese lugar. La zona, ubicada a unos 800 metros sobre el nivel del mar, ahora ofrece un aspecto desolador. Son alrededor de 250 hectáreas las que se habrían desmontado, según la denuncia. El hombre que hizo una presentación a través de un abogado en los Tribunales de Concepción, aseguró haber observado unos 200 ejemplares de cedros talados y listos para ser comercializados. La devastación afecta sobremanera la fauna de la zona, compuesta por corzuelas, ocelotes, loros, chanchos del monte y pájaros, y pone en peligro de ser arrasadas por las inundaciones durante el verano las localidades de Santa Ana, Aguilares, Los Agudo, Villa Hileret y Río Chico.
Por otro lado, las estadísticas señalan que en San Miguel de Tucumán hay menos de 7 m2 de espacios verdes por habitante, cuando la Organización Mundial de la Salud sostiene que en una urbe del tamaño de la capital deberían haber, por lo menos, 14 m2 por habitante.
Un climatólogo señaló, durante muchas décadas, que Tucumán tuvo un Estado ausente en el tema ambiental y que este no se preocupa seriamente por monitorear el aire, el agua y la biosfera. También dijo que no existe en la provincia, la red de monitoreo hidrológico.
La depredación de los bosques, la contaminación de los ríos y del aire son una constante en Tucumán desde hace décadas. Los diversos gobiernos han mirado para el costado en esta materia a la hora de ejercer el poder de policía como corresponde, y de sancionar económicamente y con prisión a los infractores. Si no se asume esta problemática como una política de Estado, se corre el riesgo de hipotecar el futuro; y la frase de Hobbes podría llegar a hacerse realidad entre nosotros. Destruir el propio hábitat implica ser indiferente a la vida no sólo de la flora y la fauna, sino de los mismos tucumanos.







