El fútbol argentino se encuentra bajo sospecha

13 Noviembre 2006
El fútbol argentino volvió a mostrar en los últimos días dos de sus caras más tristes: la de las sospechas por un partido supuestamente arreglado y la de las amenazas a jugadores por un resultado. En un juego de intereses que cada día parece más grande y más difícil de controlar, parte de los protagonistas se cruzan acusaciones y otros miran para el lado que más les conviene. En el medio, pareciera que la pelota se mancha irremediablemente, sin que suene hasta el momento una voz razonable, que aporte claridad y seriedad al asunto.
El partido entre Gimnasia y Boca bien puede ser tomado como un punto de inflexión en este asunto tan delicado. Pasará a la historia como el de los dos escándalos. Primero lo fue por aquellas supuestas amenazas de muerte del presidente del club platense, Juan José Muñoz, al árbitro Daniel Giménez. Y luego, por el bochorno que produjeron las aparentes apretadas a los jugadores de Gimnasia para despejarle a Boca el camino en la pelea por el título y relegar así a Estudiantes, el otro equipo platense en discordia entre quienes pelean el campeonato.
No hace mucho tiempo, el fútbol brasileño transitó por ese camino de penumbras, a partir de hechos que superan lo deportivo para insertarse en el campo prácticamente de lo delictivo. Más cercano en el tiempo aparece el escándalo del calcio italiano por partidos arreglados. Esto derivó en una profunda investigación, que determinó duras sanciones, incluso para clubes de gran poderío.
Estos antecedentes mundiales, sin embargo, no parecen hacer mella en las siempre comentadas -y nunca demostradas- malas prácticas de los dirigentes del fútbol nacional. Hoy, cualquier partido de cierto relieve en la lucha por un título, puede generar un nuevo empujón hacia la pérdida de las últimas huellas de decencia que le quedan al deporte. Así, términos como apretadas, incentivación, resultados moldeados, ocupan las páginas de las secciones deportivas de los diarios, quitándole protagonismo a lo verdaderamente convocante: el juego, la competencia, la recreación y el entretenimiento.
Con semejante cóctel proyectando su sombra sobre los campos de juego, la necesidad de que el fútbol ponga en marcha mecanismos de autodepuración contra quienes atacan su integridad asoma como una exigencia que los fanáticos de este deporte esperan con urgencia.
Es imposible pensar un futuro si sigue en pie el estado de sospecha permanente y el tufillo a negociado y a cosa turbia que se resuelve primero en los escritorios y estalla después con vándalos que operan con impunidad. Esta potencial connivencia tiene sin dudas al público de rehén y al fútbol de víctima.
Las incipientes estructuras de poder, que incluso estiran sus tentáculos hasta el sindicalismo y distintos sectores políticos, ya no sólo son un mal enquistado en los clubes de Primera división, sino que se ramificaron a entidades que participan de los torneos menores. La situación, incluso, toca a varias entidades del interior del país.
A esta altura de los hechos y pese a que lo recientemente ocurrido no fue algo inédito, queda claro que si hay algo que no debiera ocurrir es que transcurran los días y lo que hoy es un volcán, se diluyera. Ese “todo pasa” que es tan común a diversas actividades que rigen la vida de los argentinos, esta vez debería tener en el fútbol un ámbito para cambiar. Cuando la autoridad está en tela de juicio, cualquiera de sus sentencias no hará más que potenciar las reacciones en su contra. En el fútbol argentino de hoy, pasan cosas que la cabeza no controla. Mientras ello no cambie, las manchas se seguirán agrandando, en un proceso que no tiene retorno.







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