Todas las realidades, la realidad

Por Juan Carlos Di Lullo, Redacción de LA GACETA. La percepción de la realidad es una cuestión personal, y de esa enorme diversidad surge la necesidad de ejercitar la tolerancia.

12 Noviembre 2006
El director de cine que vino desde Rosario afirma que la película que acaban de ver es reaccionaria, que el guión es lamentable y las actuaciones, pésimas. Su colega, un realizador salteño, coincide con él y agrega que algunas escenas resultan francamente ridículas; lamenta, además, el punto de vista de la película. La actriz tucumana reacciona y defiende el filme: a ella le parece arriesgado, bien realizado, con situaciones originales y muy “zafado”. El crítico de cine coincide con la actriz y rescata la decisión del director de la película de abordar un tema muy fuerte desde la óptica del humor. El catedrático universitario señala aciertos y errores, y fundamenta sus elogios y sus críticas en temas técnicos. La actriz elige una escena como la mejor del filme; el director salteño le dice que precisamente en esa escena, la película dejó de interesarle. La discusión se anima.  Los cinco han asistido a la misma proyección, pero cada uno ha visto una película distinta. Ese es el milagro del arte; y lo más fascinante es que, más allá de algunas precisiones eminentemente técnicas (buena o mala iluminación, problemas de sonido), ninguno de ellos puede demostrar a los otros que la realidad que él percibió es la correcta, y que las demás interpretaciones son erróneas o equivocadas. Durante el recientemente finalizado Festival de Cine Argentino en Tucumán, las discusiones entre el público -juvenil y entusiasta- que asistió a las proyecciones multiplicaron exponencialmente este debate. Lo que para algunos es una escena mortalmente aburrida, que frena y quita ritmo al filme, para otros es la exacta expresión del tedio que domina la vida del protagonista; donde unos ven una actuación hierática e inexpresiva, otros descubren una altísima tensión dramática lograda con gran economía de recursos.  Si esto pasa con una obra terminada e inalterable, como podría creerse que es una película, puede pensarse que el abanico de posibilidades se potencia cuando se trata de una representación teatral o musical en vivo, en la que nunca una función es igual a otra. Por más que las indicaciones del director sean siempre acatadas celosamente por los intérpretes, hay demasiados imponderables que hacen que cada representación sea única e irrepetible. Y cada una de estas debe multiplicarse por la cantidad de espectadores que la presencian para tener una idea de la diversidad de impactos sensoriales diferentes que produce cada manifestación artística.
Otro tanto ocurre con las artes plásticas. Aunque se trate de obras figurativas, la sensación que produce sobre cada una de las personas que la contempla es tan indescriptible como imposible de compartir en términos absolutos. Y es por eso que la experiencia artística desde el punto de vista de quien la aprecia es de naturaleza estrictamente íntima y personal. Cualquier manifestación artística se nutre de la libertad; la necesita el creador para expresarse sin limitaciones y la ejercita el espectador cuando abre su sensibilidad al impacto que le produce la obra. En las antípodas se ubican las mentes cerradas que propician la censura o calificaciones extremas, como la de “arte degenerado” que produjo el régimen nazi de la Alemania hitleriana.
La percepción de la realidad es una cuestión personal; casi podría decirse que hay tantas realidades como individuos. Y de esa diversidad surge la necesidad de ejercitar la tolerancia, de respetar la mirada de los demás, de no intentar imponer criterios; sólo la búsqueda de consensos, de puntos de contacto, de coincidencias básicas sobre las cuales asentar la convivencia civilizada nos permitirá sobrevivir pacíficamente en este mar de realidades diferentes.





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