Democracia real y democracia virtual

11 Noviembre 2006
La calidad de la gestión política en el modelo democrático constitucional se relaciona y se fundamenta con la solidez real de las instituciones. Esa combinación perdurable a través del tiempo histórico dio lugar al régimen menos imperfecto de gobierno existente en la humanidad, como lo definió Winston Churchill tras la derrota del nazismo. La democracia se basa en la voluntad colectiva de convivencia y sus testimonios más ejemplares no son precisamente grandes potencias militares, sino países geográfica y económicamente reducidos, pero cuya estabilidad a través de los siglos los coloca entre los más ricos y progresistas. Vale señalar, en ese sentido, que en la democracia los valores esenciales son civiles y de su calidad dependen los restantes en orden a la vida en común. Las recientes elecciones realizadas en los Estados Unidos son por ello, para nuestra comunidad regional y especialmente para nuestro país, un espejo en el cual hay que observarse, más allá de las parcialidades de orden ideológico o posicionamientos internacionales. Los comicios han significado una fuerte derrota del gobierno republicano tanto en la renovación parcial de ambas cámaras que integran el Congreso como de 36 gobernaciones, significando una reprobación de las políticas de la Casa Blanca en Medio Oriente y sobre el muro segregacionista que se levanta en la frontera con México. Qué duda cabe que el gobierno del presidente George W. Bush ha enfrentado una verdadera crisis.   Pero los recursos para su solución son en su caso la intervención de la sociedad estadounidense mediante sus representantes genuinos, a los que se dirigió públicamente y de inmediato con fines revisionistas y de cara al país. En nuestro caso y  en la mayoría de los gobiernos de la región, las crisis buscan solución fuera del sistema, sorteando en mayor o menor grado los verdaderos cauces institucionales.
   Desde nuestra restauración constitucional han sido excepción los cambios de gobierno fuera de término y por causa de conflictos, culminando con la crisis de la Alianza, donde las ficciones institucionales colocaron en el sillón presidencial una insólita sucesión de titulares y suplentes, bajo la inútil presión de la ciudadanía ausente. No se trata por cierto de una historia nueva, sino exacerbada hasta la fatalidad, en donde los valores institucionales semejan poco más que graffitis en el laberinto político circunstancial. La recomposición institucional fue por consiguiente precaria constitucionalmente y la pérdida del rumbo hacia la restauración del modelo histórico más compleja que lo deseable, en la medida que desvaloriza el régimen republicano de gobierno tripartito.
   El ingenuo mito del sur contrito y sometido por el norte parece renacer desde sus remotas cavernas políticas negando de esta manera una realidad en donde los propios fantasmas provocan la confusión de las instituciones con el poder por el poder mismo. Mito que el realismo niega en la distribución planetaria cuando se observan las pujantes democracias representadas por Australia, Nueva Zelanda o la República Sudafricana.
   Mientras tanto, una nueva realidad  parece alertar sobre nuestro futuro de incertidumbre institucional, hasta el punto de posponer a los partidos políticos como organizaciones intermedias de la ciudadanía, presionándolos hacia la dispersión mediante la convocatoria de un nuevo y costoso caudillismo. Un cúmulo de dificultades de nuestra realidad parece haber desvalorizado el sistema representativo en la ciudadanía nacional, sin abandonarse por ello la vocación social democrática. Este es al fin el valor por recuperar, y así se advierte cuando observamos aquel testimonio de democracia real.

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