09 Noviembre 2006 Seguir en 
El problema de los vendedores callejeros de San Miguel de Tucumán es algo más que recurrente en nuestros comentarios, desde hace ya muchos años. Pero sucede que ahora el asunto tiene características de centralidad, dentro de la agenda de las deficiencias municipales que requieren urgente atención. Ello porque, como está a la vista de cualquiera, el microcentro ha sido totalmente copado por dicho tipo de comercio irregular.
Enormes mesones donde se ofrece la más variada mercadería (gran parte de la cual está constituida por grabaciones ilegales y otros elementos de dudosa procedencia) se han diseminado en todas las veredas y en parte de la calzada. El peatón encuentra francas dificultades para circular entre una maraña de puestos que parece multiplicarse día a día. La mercadería también se expone en el suelo, en las peatonales. Integran asimismo la legión, los expendedores callejeros de frutas y verduras, que diseminan restos de sus productos en la vía pública, sin importarles la lesión que así causan a la higiene.
Como es sabido, la venta ilegal compite francamente con los negocios establecidos regularmente y que pagan impuestos. Del mismo modo que contrastan esas instalaciones precarias, con los esfuerzos que el comercio legal hace para mejorar sus locales, y con las acciones que la Municipalidad realiza para ordenar y embellecer la vía pública. Los turistas suelen criticar abiertamente la referida característica de desorden que ha adquirido el paisaje urbano de San Miguel de Tucumán, y que la singulariza negativamente en el cuadro de las capitales argentinas.
Sabemos que la cuestión que nos ocupa es -como el transporte trucho- una de aquellas que las autoridades han dejado crecer en el tiempo, sin tomar las firmes decisiones que correspondían en su momento. Cabe recordar que en enero de 1995 fue la única vez que se intervino con cierta firmeza en el tema. No sin tumulto, los vendedores dejaron la calle, y se les destinaron la ex estación terminal y el ex Mercado Persia para que desarrollasen sus actividades. Pero se continuó permitiendo un número determinado por vereda, lo que derivó, al poco tiempo, en una nueva invasión, que desoía aquellas disposiciones.
Ahora la cuestión se ha vuelto candente. Ya resulta insostenible el cuadro de caos que envuelve al centro. Es sobre esa realidad que la Municipalidad ha anunciado últimamente su intención de operar. Según el jefe de la comuna, a partir del primer día de diciembre no habrá más vendedores callejeros en el microcentro. Estos serán reubicados, según el plan oficial, en la vereda de avenida Sáenz Peña al 100 y al 200, en la zona de El Bajo. De acuerdo con lo que declaró, se trata de una decisión tomada, y las diferencias que existan con el gremio se resolverán mediante el diálogo. Ni qué decir que la decisión de la Municipalidad debe considerarse totalmente acertada. Debe desaparecer del centro la venta callejera, en forma total, y no limitada a un equis número de paradas por cuadra: por experiencia, ya se sabe en qué terminan estas licencias. Pero lo importante es que la política resuelta se haga cumplir rigurosamente y en todos los casos, y que no quede como un intento fallido más de encarar el asunto.
No puede admitirse que los particulares utilicen a su capricho el espacio público. Y hay que hacer notar que el ordenamiento debe incluir el expendio de comida y de helados, que muchos comercios realizan actualmente, con máquinas instaladas en la puerta de sus locales. Invaden así la mitad de la vereda y llenan el ambiente de emanaciones desagradables.
Enormes mesones donde se ofrece la más variada mercadería (gran parte de la cual está constituida por grabaciones ilegales y otros elementos de dudosa procedencia) se han diseminado en todas las veredas y en parte de la calzada. El peatón encuentra francas dificultades para circular entre una maraña de puestos que parece multiplicarse día a día. La mercadería también se expone en el suelo, en las peatonales. Integran asimismo la legión, los expendedores callejeros de frutas y verduras, que diseminan restos de sus productos en la vía pública, sin importarles la lesión que así causan a la higiene.
Como es sabido, la venta ilegal compite francamente con los negocios establecidos regularmente y que pagan impuestos. Del mismo modo que contrastan esas instalaciones precarias, con los esfuerzos que el comercio legal hace para mejorar sus locales, y con las acciones que la Municipalidad realiza para ordenar y embellecer la vía pública. Los turistas suelen criticar abiertamente la referida característica de desorden que ha adquirido el paisaje urbano de San Miguel de Tucumán, y que la singulariza negativamente en el cuadro de las capitales argentinas.
Sabemos que la cuestión que nos ocupa es -como el transporte trucho- una de aquellas que las autoridades han dejado crecer en el tiempo, sin tomar las firmes decisiones que correspondían en su momento. Cabe recordar que en enero de 1995 fue la única vez que se intervino con cierta firmeza en el tema. No sin tumulto, los vendedores dejaron la calle, y se les destinaron la ex estación terminal y el ex Mercado Persia para que desarrollasen sus actividades. Pero se continuó permitiendo un número determinado por vereda, lo que derivó, al poco tiempo, en una nueva invasión, que desoía aquellas disposiciones.
Ahora la cuestión se ha vuelto candente. Ya resulta insostenible el cuadro de caos que envuelve al centro. Es sobre esa realidad que la Municipalidad ha anunciado últimamente su intención de operar. Según el jefe de la comuna, a partir del primer día de diciembre no habrá más vendedores callejeros en el microcentro. Estos serán reubicados, según el plan oficial, en la vereda de avenida Sáenz Peña al 100 y al 200, en la zona de El Bajo. De acuerdo con lo que declaró, se trata de una decisión tomada, y las diferencias que existan con el gremio se resolverán mediante el diálogo. Ni qué decir que la decisión de la Municipalidad debe considerarse totalmente acertada. Debe desaparecer del centro la venta callejera, en forma total, y no limitada a un equis número de paradas por cuadra: por experiencia, ya se sabe en qué terminan estas licencias. Pero lo importante es que la política resuelta se haga cumplir rigurosamente y en todos los casos, y que no quede como un intento fallido más de encarar el asunto.
No puede admitirse que los particulares utilicen a su capricho el espacio público. Y hay que hacer notar que el ordenamiento debe incluir el expendio de comida y de helados, que muchos comercios realizan actualmente, con máquinas instaladas en la puerta de sus locales. Invaden así la mitad de la vereda y llenan el ambiente de emanaciones desagradables.







