Trazar el futuro
El planeamiento estratégico de la Universidad debe considerar no sólo las disciplinas tradicionales, sino los nuevos modos de ver y comprender la realidad. Por Nora Lía Jabif - Redacción LA GACETA.
07 Noviembre 2006 Seguir en 
La semana pasada, dos institutos -el de Luminotecnia de la UNT, y el Cerela, del Conicet- fueron noticia por su desarrollo en sus respectivos campos: trajeron a Tucumán dos de los cuatro premios de la “Expo Innovar 2006”. Fue una oportunidad para que sus protagonistas recordaran que, aunque ha habido mejoras en el sector, el dinero destinado a la investigación por el Estado no alcanza. Y que los empresarios tucumanos, en general, no invierten en ciencia. El secretario de Ciencia y Técnica de la UNT Daniel Campi, recordó que entre 1998 y 2006, el presupuesto de Ciencia y Técnica de la UNT apenas subió de $ 3,1 millones a $ 3,3 millones. Para las autoridades de la UNT, el desafío de encontrar fondos para la investigación no es fácil. En el horizonte inmediato no se avizora un incremento presupuestario importante: y en esa casa de estudios, más del 90 % de los fondos que envía la Nación va a parar a sueldos. En la agenda de la gestión Cerisola-Rossi está el diseño de un Plan Estratégico, en el que se definan las metas para la institución. Es una exigencia del Ministerio de Educación a todas las universidades públicas, por su política de entregar recursos financieros “contraentrega de proyectos”.
Cuando se piensa en un plan estratégico, un requerimiento es que éste sea inclusivo y equitativo. Aplicado a la Universidad, un plan equitativo será aquel que considere en un plano de igualdad a todas las unidades académicas o disciplinas que conforman la casa de estudios. Y no es una cuestión menor. En su diálogo con LA GACETA, Campi dijo que no sólo hay que estimular la ciencia aplicada, sino también las ciencias básicas.
Faltó una tercera pata, que un plan estratégico no puede obviar: es el aporte de las ciencias sociales, cuyos proyectos e investigaciones no suelen ser lo suficientemente valorados por la comunidad.
Lo mismo pasa con otras vertientes más nuevas, que se están cocinando a fuego no tan lento, como la irrupción de experiencias transdisciplinares, en las que ya no sirve el “saber encasillado”. La jornada de “software libre” que se realizó hace unos días en Ciencias Exactas sirve de ejemplo: para los jóvenes militantes de la red, y de las nuevas tecnologías, la informática no está reñida con la misión social, o con la política. El mundo en el que ellos están parados no es el de sus mayores. No es el de aquellos que, probablemente, serán los responsables del nuevo plan estratégico de la UNT.
Así las cosas, la UNT del futuro debe avanzar sobre lo que todavía no existe. Y debe -al tiempo que sus investigadores de las “ciencias duras” suman blasones- seguir profundizando la articulación entre Universidad y escuela media. O atender las iniciativas silenciosas que desarrollan -con presupuestos magros, o buscando recursos extras- decenas de docentes del área social que quieren interpretar esta realidad y tratar de mejorarla.
Un grupo de docentes de Historia de la Facultad de Filosofía de la UNT ha diseñado una propuesta para que en las escuelas se enseñe lo que pasó en el Holocausto, como enseñanza del respeto a la diversidad. Y en la fundamentación de su iniciativa, las profesoras citan a la filósofa Hanna Arendt : “educar es medir entre lo viejo y lo nuevo, para que cada ser humano pueda ser y hacer a su manera: mostrar cómo es el mundo, no instruir en el arte de vivir”. Una misión posible para la Universidad.







