El cine ha muerto, viva el cine
Por Gustavo Martinelli, Redacción de LA GACETA. El festival fue muy positivo para demostrar que hay una nueva generación que ve el cine de una manera muy distinta.
05 Noviembre 2006 Seguir en 
“Quiero decir en primer lugar que el cine está agonizando. Y, en segundo lugar, que aún no hemos visto nada de cine. Lo que podríamos llamar ‘el síndrome Casablanca’ es algo que ya pertenece al pasado. Entonces yo diría: el cine ha muerto. Larga vida al cine”. La frase, pronunciada por el célebre director británico Peter Greenaway (recordado por “El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante”) durante un reportaje, parece condensar con precisión la realidad del cine en Tucumán. Con escasa tradición en la provincia y un público que sigue siendo esquivo, el séptimo arte se encuentra en franco retroceso. Atrás quedaron las funciones en las que el público hacía cola para ver la última película de Clark Gable o para disfrutar de las cómicas ironías de Woody Allen. Hoy, los estrenos se proyectan en la más absoluta soledad y, salvo algún “tanque” hollywoodense, los filmes pasan sin demasiada gloria por las salas locales. Sobre todo los argentinos, que duran, en promedio, una semana en cartel. ¿Es que el cine ha perdido su mística? ¿Puede más el DVD y los sofisticados equipos de cine casero? A juzgar por los números, sí. Según el Estudio General de Medios (EGM) que realiza la consultora Brand Connection, Tucumán es la provincia argentina con menor asistencia a las salas: el 71% de los residentes nunca va al cine. Una cifra que fue ratificada por el mismo presidente del Incaa, Jorge Alvarez, durante la clausura del festival el miércoles pasado. “Nuestro cine es exitoso en el exterior, pero en la Argentina, sigue siendo una asignatura pendiente. Hace falta educar al público para que vaya más a los cines”, dijo. Y Rodolfo Hermida, otro funcionario del Incaa, dijo que un gran problema en Tucumán es que “no hay buenas salas céntricas, con buen sonido y comodidades”. Entonces, no sólo existe una falta de interés manifiesta. También falla la infraestructura. Así las cosas, el festival que organizó la Secretaría de Cultura operó a la manera de una bisagra mal aceitada. Es decir, abrió la puerta para que el cine recupere el espacio preponderante que tuvo en décadas anteriores, pero también dejó al descubierto la falta de recursos y las falencias de las salas. Tal vez por eso, este año asistió menos gente que en los dos años anteriores, cuando el festival se llamaba Semana del Cine Argentino y no tenía carácter competitivo. Y, a pesar de que los funcionarios aseguren que por las dos salas del Atlas pasaron “más de 10.000 personas”, la realidad es muy distinta. Incluso en las charlas con los directores invitados apenas participaron los estudiantes de cine, como si hablar con un realizador fuera un derecho vedado a la gente común. Sin embargo, el festival fue muy positivo para demostrar que hay una nueva generación que ve al cine de otra manera. De hecho, todas las funciones que se realizaron a lo largo del encuentro se hicieron a sala llena. Y buena parte de ese público estaba integrado por jóvenes. Entonces, como dice Greenaway, el cine ha muerto, viva el cine. Una vez concluído el festival queda la certeza de que el próximo encuentro debe realmente superar las expectativas de los organizadores. Y para eso hay que invertir no sólo en la selección de los filmes que competirán, sino también en la presencia de las estrellas del séptimo arte criollo -en la entrega del miércoles no estaba presente ningún director, ni siquiera el ganador- para que el festival sea realmente una fiesta que merezca ser difundida. Porque, como dice el director Francis Ford Coppola, “el propósito del arte es iluminar la vida”.







