De las 1.016 noches en el "Jardín del Sahara"

De la marcada desigualdad económica entre los representantes del pueblo y sus representados. De las nuevas promesas por la descontaminación del río Sali. Por Roberto Espinosa - Redacción LA GACETA.

04 Noviembre 2006
Andaba más despistado que alpinista en el desierto. Todo lo sorprendía en la comarca del rey Rachid, a la que los antiguos habían bautizado el “Jardín del Sahara”. Logró escapar de los inspectores que lo habían raptado de la plaza principal, so pretexto de que su dueño no había querido pagar una coima. Querían venderlo al negocio de mamíferos rodantes “Cinco jorobas” o a los Camellos Rurales Compartidos, pero, al final, terminó ingresando por casualidad a las huestes del monarca, porque lucía fuerte y bien alimentado. Sus hermanos gibosos le contaron que la ilegalidad había hecho cuna en ese territorio y la realidad era elocuente: en las calles se vendía ropa, discos, cigarrillos, películas, alimentos, y en forma más discreta, drogas... “De vez en cuando, hay un operativo de control, pero luego todo sigue igual”, le dijo un dromedario ya entrado en años.

“Que no roben”
El camello Almanzor observó con sus propios ojos los grandes desniveles económicos que había entre los funcionarios del reino y el pueblo. Sin embargo, estos insistían en que ellos trabajaban para mejorar la calidad de vida de sus representados. Hacía poco tiempo, Rachid había dicho que incrementaba su sueldo y el de su gabinete para evitar que se vieran tentados a robar. “‘No puedo ser hipócrita y esperar que un ministro viva con $ 2.000 o $ 3.000 y que trabaje 20 horas diarias. Necesito que un ministro esté bien pagado, porque lo importante es que no roben y trabajen, que no deban recurrir a otro lado para vivir’, dijo el rey para justificar el aumento de $ 6.000 a $ 9.000 para sus funcionarios. Para que tengas un contraste, un maestro gana $ 700”, le contó el dromedario.

Un fuerte olor

Almanzor extrañaba con fervor a su noble amo. No sabía que Shahriyar y la bella Scheherezade, disfrazados de pordioseros, habían penetrado en la comarca de Rachid en su búsqueda. Cerca del límite, el rey y la doncella vieron un inmenso lago. Les dijeron que se llamaba El Frontal y que era usado para riego y pesca en esa árida región. Fascinados por el espejo de agua, se acercaron a la orilla, donde vieron peces muertos, y un fuerte olor a gamexane les causó una inmediata jaqueca. Un pescador les explicó que ello se debía a que las fábricas azucareras, las citrícolas y las curtiembres del territorio de Rachid contaminaban los ríos, especialmente el Salí, con sus efluentes tóxicos. “Esta situación es antigua. Todos los años, cuando comienza la zafra, se renueva este problema. Las quejas y protestas por la contaminación del lago se repiten, se acuerdan trabajos conjuntos para limpiar el río, pero luego, todo queda en la nada. Hace unos años se puso en marcha un Plan de Producción Limpia, pero sólo 36 de 80 empresas ingresaron y las 44 restantes siguieron contaminando”, contó el pescador.

Dejar hacer, dejar pasar
Con la sangre estallándole en la cabeza, Shahriyar inquirió: “¿pero el monarca no hacía aplicar sanciones a los infractores? ¿No se los obligaba a ponerse dentro de la ley para producir?” “Dejar hacer, dejar pasar... En todos estos años, creo que nadie fue la cárcel o le cerraron el negocio por contaminar. El argumento era que debían gastar mucha plata para solucionar los problemas y si lo hacían debían optar por cerrar la fábrica o seguir contaminando... Hace unas semanas, tres legisladores propusieron suspender por cinco años los juicios por contaminación a quienes se adhirieran al plan. Había una nueva promesa de los industriales de hacer los deberes como corresponde...”, relató el pescador.

Un don preciado
Mientras seguían su camino en busca de Almanzor, Scheherezade le dijo Shahriyar: “El agua es un don tan preciado que no puedo entender, oh rey mío, cómo no se la cuida. ¿No temen que Alá los castigue por el daño ecológico y por perjudicar al prójimo?” “Hermosa mía -dijo Shahriyar-, dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces -o más- con la misma piedra y que sólo valora lo que tiene cuando lo pierde. Si en la comarca de Rachid hubiera equidad, justicia y educación no se respiraría un aire contaminado”.

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