27 Octubre 2006 Seguir en 
El domingo, el electorado de la provincia de Misiones deberá responder en las urnas si comparte o no la reforma del artículo 110 de la Constitución provincial, para establecer la reelección indefinida de gobernador y vice.
La circunstancia adquiere en buena medida significación nacional, por contar sus promotores, el gobernador Carlos Rovira y quienes lo secundan, con el público apoyo del presidente Kirchner. Paradójicamente, la campaña que precede a la propuesta oficialista está inspirada en el criterio según el cual, el gran lastre que soporta la República es el pasado y, en consecuencia, debe ser superado.
Convertida en consigna de marcha, la falacia remite al novelesco personaje siciliano del Gatopardo, cuyo poder perduraba simulando cambios. El caso misionero es tal vez más grave, pues transcurre en medio de impúdicas violaciones a la normativa provincial que veda toda actividad oficial relacionada con la consulta durante el lapso precedente, mediante el uso notorio de recursos públicos y otra clase de tropelías con marcado tono penal. En el país son cinco las provincias cuyas constituciones establecen puntualmente reelecciones indefinidas; otras, como en el caso de Tucumán, el laberinto institucional elaborado favorece la continuidad gubernativa.
La provincia pionera es Santa Cruz, donde Néstor Kirchner gobernó durante 12 años, de los que pasó a su asunción presidencial, y siguen San Luís, Catamarca, La Rioja y Formosa.
La reelección indefinida es frecuente en los países con gobiernos parlamentarios, mas no en los presidencialistas como el nuestro, donde y por cierto la extraordinaria delegación de poderes en el Ejecutivo por el Congreso, se produce a la vez de un notorio deterioro ciudadano de los partidos políticos. Solamente tres provincias argentinas, Mendoza, Entre Ríos y Corrientes, no prevén reelecciones en sus cartas constitucionales, lo cual es fuertemente testimonial del proceso de crisis que ha padecido el país en su sistema representativo de renovación democrática.
Por otra parte, el grave deterioro de los grandes partidos, que ningún poder público trató de impedir desde la restauración constitucional, tuvo como contrapartida la proliferación de las “familias políticas”, donde es cada vez más frecuente el parentesco, como ahora se observa abundantemente en el caso de Misiones.
Los casos de Carlos Menem y de Néstor Kirchner son los más paradigmáticos desde la restauración democrática, en cuanto a la perduración de los mandatos a partir de la restauración constitucional, pues provenían de provincias donde las renovaciones indefinidas fueron promociones de ambos. El primero logró la reforma de la Carta Magna estableciendo la reelección, mas fracasó en su intento de un tercer mandato. El presidente Kirchner transita un rumbo públicamente incierto, pero ha llegado a sugerir que él o su esposa, podrían ser candidatos para el próximo mandato.
La gran paradoja, pues, es que el discurso político del actual jefe del Estado no se aparta en momento alguno de la voluntad de poner fin al pasado, cuya visión personal puede no ser compartida por unilateral, pero que, de cualquier manera, poco tiene que ver con el apoyo a la perdurabilidad de los mandatos constitucionales. El caso de Misiones adquiere por todo ello un significado trascendente, que se nacionaliza por representar un modelo de perdurabilidad política a todo costo; apoyado hasta el punto de la tolerancia que el padrinazgo centralista depara a las ostentosas irregularidades protagonizadas por el gobernador Rovira.
La circunstancia adquiere en buena medida significación nacional, por contar sus promotores, el gobernador Carlos Rovira y quienes lo secundan, con el público apoyo del presidente Kirchner. Paradójicamente, la campaña que precede a la propuesta oficialista está inspirada en el criterio según el cual, el gran lastre que soporta la República es el pasado y, en consecuencia, debe ser superado.
Convertida en consigna de marcha, la falacia remite al novelesco personaje siciliano del Gatopardo, cuyo poder perduraba simulando cambios. El caso misionero es tal vez más grave, pues transcurre en medio de impúdicas violaciones a la normativa provincial que veda toda actividad oficial relacionada con la consulta durante el lapso precedente, mediante el uso notorio de recursos públicos y otra clase de tropelías con marcado tono penal. En el país son cinco las provincias cuyas constituciones establecen puntualmente reelecciones indefinidas; otras, como en el caso de Tucumán, el laberinto institucional elaborado favorece la continuidad gubernativa.
La provincia pionera es Santa Cruz, donde Néstor Kirchner gobernó durante 12 años, de los que pasó a su asunción presidencial, y siguen San Luís, Catamarca, La Rioja y Formosa.
La reelección indefinida es frecuente en los países con gobiernos parlamentarios, mas no en los presidencialistas como el nuestro, donde y por cierto la extraordinaria delegación de poderes en el Ejecutivo por el Congreso, se produce a la vez de un notorio deterioro ciudadano de los partidos políticos. Solamente tres provincias argentinas, Mendoza, Entre Ríos y Corrientes, no prevén reelecciones en sus cartas constitucionales, lo cual es fuertemente testimonial del proceso de crisis que ha padecido el país en su sistema representativo de renovación democrática.
Por otra parte, el grave deterioro de los grandes partidos, que ningún poder público trató de impedir desde la restauración constitucional, tuvo como contrapartida la proliferación de las “familias políticas”, donde es cada vez más frecuente el parentesco, como ahora se observa abundantemente en el caso de Misiones.
Los casos de Carlos Menem y de Néstor Kirchner son los más paradigmáticos desde la restauración democrática, en cuanto a la perduración de los mandatos a partir de la restauración constitucional, pues provenían de provincias donde las renovaciones indefinidas fueron promociones de ambos. El primero logró la reforma de la Carta Magna estableciendo la reelección, mas fracasó en su intento de un tercer mandato. El presidente Kirchner transita un rumbo públicamente incierto, pero ha llegado a sugerir que él o su esposa, podrían ser candidatos para el próximo mandato.
La gran paradoja, pues, es que el discurso político del actual jefe del Estado no se aparta en momento alguno de la voluntad de poner fin al pasado, cuya visión personal puede no ser compartida por unilateral, pero que, de cualquier manera, poco tiene que ver con el apoyo a la perdurabilidad de los mandatos constitucionales. El caso de Misiones adquiere por todo ello un significado trascendente, que se nacionaliza por representar un modelo de perdurabilidad política a todo costo; apoyado hasta el punto de la tolerancia que el padrinazgo centralista depara a las ostentosas irregularidades protagonizadas por el gobernador Rovira.







