Ser oficialista es una forma de vida; ser opositor, un suplicio

Los opositores tienen que esforzarse por ganar una pulseada entre ellos y mostrar que son la única alternativa electoral al peronismo para polarizar la elección. Por Juan Manuel Asís - Redacción LA GACETA.

26 Octubre 2006
Polarizar una elección es la aspiración estratégica de máxima de los partidos de la oposición, porque es la manera de situarse en mejores condiciones electorales frente a la fuerza gobernante. Así crecen las chances del partido o frente opositor que logra ubicarse como única alternativa ante el oficialismo. En Tucumán, la polarización marcó los comicios de 1991 (Frente de la Esperanza-Fuerza Republicana), de 1995 (Fuerza Republicana-Frente de la Esperanza) y de 1999 (Frente Fundacional-Fuerza Republicana). En 2003, la oposición dividió los votos porque ninguna de las principales corrientes políticas opositoras (Fuerza Republicana y Unión por Tucumán) logró convertirse en una real alternativa frente al Gobierno. Y sucumbieron ante el oficialismo. Hoy, es polarización no parece posible si el oficialismo llega unificado a agosto de 2007 y si la oposición se mantiene tan dividida y debilitada como hasta ahora. Como dato curioso,  vale recordar: en 1995 y 1999, cuando se produjo esa polarización -soñada por los que están en el llano- siempre ganaron los opositores. En 2003, en cambio, la división en esas huestes facilitaron la victoria del Frente Fundacional para el Cambio. Esto refuerza el valor que tiene seducir al electorado mostrando que se es la única opción para enfrentar con alguna suerte al oficialismo.
La pregunta es: ¿cómo harán en los meses que restan el bussismo, la UCR, Recrear y otros partidos para intentar polarizar los comicios provinciales? Es decir, cómo hará cada uno para mostrar al electorado que no simpatiza con el Gobierno -que se podría estimar en un poco más de la mitad del padrón- que son la única alternativa.
Unos cuantos opositores, sabedores de la debilidad propia, apostaron a la interna del Poder Ejecutivo para alentar una coalición antialperovichista con Fernando Juri a la cabeza. Intuyeron y se jugaron -sin demasiadas pruebas sobre el alcance del distanciamiento- por una eventual fractura entre José Alperovich y Juri. Esto revela la magnitud del descenso opositor, que no encuentra la forma escalar a un mayor espacio político.
La debilidad de este es -en este caso actual- inversamente proporcional a la fortaleza política del oficialismo. Sólo un estallido en el peronismo -o bien una hecatombe económica nacional- podría alterar el tablero. Caso contrario, la experiencia de 2003 podría reeditarse.

En el vocabulario
Por ahora, los partidos opositores se limitan seguir subsistiendo a partir de sus propios desencuentros internos. Las diferencias, por ejemplo, entre los hermanos Ricardo y Luis José Bussi y entre sectores internos del radicalismo -a raíz de que unos alientan una alianza liderada por Juri- sirven para que estas organizaciones aparezcan con cierta vida institucional. Sus conflictos -artificiales o no- los mantienen en el tapete mediático y, por lo tanto, sus siglas no desaparecen del vocabulario político. Estrategia o no, tienen vida; aunque a diferencia del peronismo -donde aseguran que cuando se pelean es porque realmente se están reproduciendo-, este internismo puede desgastarlos aún más.
El desafío para los opositores es mayor que para los oficialistas, porque mientras aquellos deben pelear entre ellos para asegurarse el rol del único contrincante (en una eventual polarización), los segundos pelean por los lugares en las listas para seguir ocupando espacios de poder institucionales. Los intereses son distintos.
Lo seguro es que en ambos primará el instinto de subsistencia, en el oficialismo para continuar en el poder y en la oposición para no desaparecer. En este caso, la dirigencia tiene una responsabilidad mayor: asegurar la existencia de los partidos, no sólo como herramientas electorales, sino como instrumentos indispensables para la vigencia del sistema. Lamentablemente, la seducción que ejerce el poder atrapa a las almas débiles, a aquellas que se suman al carro dócilmente que consideran victorioso porque no interpretan -o les pesa- el valor de ser opositor. Pero en estos tiempos de tentaciones ser oficialistas en una forma de vida, y ser opositores, un suplicio.




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