La inseguridad también afecta al deporte

23 Octubre 2006
Los sucesos inesperados son, precisamente, los que muchas veces dejan al descubierto situaciones y realidades que ponen en evidencia debilidades y carencias de un lugar determinado. Hace algunos días, un hecho deportivo, la II Pre-Copa del Mundo de Parapente, fue el involuntario contexto en el que los tucumanos volvimos a transitar una vez más la delgada línea que separa la anécdota de la tragedia, a causa de la inseguridad.
   Cuando el deportista suizo Bruno Arnold decidió aterrizar en un descampado de Famaillá, obligado por un factor climático, jamás imaginó que iba a vivir una de sus experiencias más aterradoras: fue asaltado e intimidado con un arma de fuego por un grupo de malvivientes. Y aunque luego un rápido dispositivo de seguridad le permitió recuperar gran parte de lo robado, igual el hecho conmocionó al visitante, a los organizadores y a la opinión pública.
Lo inesperado y fortuito del hecho -sucedido en un encuentro con deportistas de distintos países- encuentra un triste paralelismo en la emboscada que sufrieron algunos integrantes del equipo Toyota, en San Pablo, Brasil, en ocasión de la presencia de la F-1 en ese país. En este caso, los auxiliares de pista también pudieron contarlo. Pero la diferencia sustancial entre un suceso y otro está en que, mientras Arnold se dio con una situación inesperada, en tierras paulistas todos los extranjeros están advertidos sobre la peligrosidad latente en las calles.
   Lo sucedido en Tucumán, algo que alcanzó trascendencia nacional, pone al descubierto ya no sólo la proliferación de los hechos delictivos en cualquier lugar de la provincia: muestra las precarias garantías que existen para todo tipo de manifestaciones -sean deportivas, artísticas o de otra índole-, aunque se contraten efectivos policiales a discreción. Es decir, ya no basta con proteger el antes, el durante y el después de un espectáculo; lo que se impone es la prevención desde el momento mismo en que se decide llevarlo adelante. Básicamente, se requiere un riguroso esquema en el que la concientización sobre la realidad que vivimos es clave. A partir de allí, qué se puede y qué se debe hacer tiene que ser analizado por todos los actores involucrados. El panorama de inseguridad exige ello como requisito mínimo.
   Lo que pasó con el torneo de parapente no debe ser tomado como un hecho aislado por nadie. Más bien tiene que ser asumido como un antecedente de gran valor a la hora de organizar actividades al aire libre. El desarrollo que alcanzaron numerosas disciplinas es plausible, pero también constituye una ampliación de los peligros a los que se exponen los deportistas. Ya hubo casos de ciclistas a los que les robaron sus bicicletas y atletas que fueron despojados de sus pertenencias aun en sitios públicos. En definitiva, se hacen demasiados esfuerzos a la hora de la organización; existe apoyo económico de fuste que debe ser correspondido y son muchos los sacrificios que se efectúan como para quedar entrampados en una coyuntura tan delicada.
   La delincuencia avanzó a paso acelerado y la sociedad acusa recibo de ello. En muchos casos, quienes la frecuentan utilizan al deporte como base de operaciones para cometer sus fechorías. Y en ello también está encuadrada la violencia, efectiva y verbal, que ya no reconoce puntos rojos en determinadas actividades, sino que se propagó dramáticamente.
   Lo que le sucedió a Arnold puso en algún momento en peligro la posibilidad de que el año que viene Tucumán pueda ser por primera vez en la historia la sede del Mundial de Parapente. Hubiera sido como remar y perecer en la orilla. Nada de ello sucederá, pero quienes deben dar respuestas deben tomar nota y actuar en forma inmediata.



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