19 Octubre 2006 Seguir en 
Los argentinos han quedado perplejos ante el hecho más extraordinario y contradictorio de violencia producido desde nuestra recuperación constitucional. Sin embargo, su contexto institucional y político hacía previsible que los poderes públicos se mostraran no ya impotentes sino incompetentes para prevenirlos y evitarlos, ya que habían confiado el desarrollo de los acontecimientos a una corporación de intereses sectoriales sin calidades representativas. Si a ello se agrega que el motivo de esa violencia fue invocar lealtad y admiración al fundador del mayor partido que ha tenido el país, bajo la autoridad formal de un gobierno cuyo presidente fue elegido sobre la base de sus consignas, se tiene un panorama, si no claro, por lo menos suficiente de la difícil situación que vive la República.
No es ilógico que ninguna autoridad haya informado sobre lo acontecido, pues es difícil hallar, desde el Presidente para abajo, pasando por el gobernador de Buenos Aires, alguien capaz de hacerse cargo de responsabilidades que no asumió en ningún momento.
Ni siquiera en su grotesco rol de orador agredido, el organizador máximo, Hugo Moyano, pretendió hacerlo como supuesto responsable, y prefirió el grosero insulto, que irritó aún más a su violento auditorio. Lo más triste de esa apelación del secretario de la Confederación General del Trabajo fue haber recurrido precisamente a una frase histórica de indignación de Juan Domingo Perón, el mítico fundador agraviado, que descalificó con ella a la juventud violenta de la guerrilla en democracia.
Lo más notorio, la carencia de un sistema de seguridad eficiente, le agrega a nuestra debilitada estructura institucional el riesgo de lo imprevisible y muestra una rara adhesión del poder político a los peligros de la acción directa. El fallido y conmovedor acto llevado a cabo en San Vicente ha dejado también otros testimonios, como el del aislamiento con que el presidente Néstor Kirchner se maneja en su gestión, optando por un conglomerado de supuestas lealtades con muy diversos orígenes, a la sombra de una abundante caja de poder.
Esa estrategia incluye sin duda alguna una intervención al partido que se mantiene desde hace dos años, mientras de los comités virtualmente cerrados emigran gerontocracias notorias hacia el prometido horizonte oficialista.
El castillo del poder no tiene por cierto en sus puertas a los referentes del mítico fundador sino a sus adversarios. Testimonio inmediato de esa realidad han sido las declaraciones del diputado del FPV, Carlos Kunkel, vocero confiable de la estrategia presidencial, quien al tratar de hallar responsables por el pandemónium de San Vicente señaló al ex presidente Eduardo Duhalde. El susodicho formó parte de la numerosa lista de jóvenes expulsados por Perón con la famosa frase que Moyano reiteró en su penoso exordio.
La recurrencia necrofílica con la que en nuestra política se utiliza a los fundadores ha tenido esta vez el penoso matiz de las más bastardas ambiciones: el poder por el poder mismo. Y si ha sido así, es porque el grado de descomposición que está afectando al sistema de partidos por omisión deliberada del Gobierno y del Congreso está culminando en una crisis aún más grave.
El presidente, Néstor Kirchner, no puede ser indiferente a esa realidad, pues corre el riesgo de ser alcanzado una vez más por el peor de los pasados, el de la crisis recurrente que, como un círculo perpetuo, está descalificando al país de los argentinos y le impide volver a recuperar el prestigio de su verdadero pasado, el pasado fundador.
No es ilógico que ninguna autoridad haya informado sobre lo acontecido, pues es difícil hallar, desde el Presidente para abajo, pasando por el gobernador de Buenos Aires, alguien capaz de hacerse cargo de responsabilidades que no asumió en ningún momento.
Ni siquiera en su grotesco rol de orador agredido, el organizador máximo, Hugo Moyano, pretendió hacerlo como supuesto responsable, y prefirió el grosero insulto, que irritó aún más a su violento auditorio. Lo más triste de esa apelación del secretario de la Confederación General del Trabajo fue haber recurrido precisamente a una frase histórica de indignación de Juan Domingo Perón, el mítico fundador agraviado, que descalificó con ella a la juventud violenta de la guerrilla en democracia.
Lo más notorio, la carencia de un sistema de seguridad eficiente, le agrega a nuestra debilitada estructura institucional el riesgo de lo imprevisible y muestra una rara adhesión del poder político a los peligros de la acción directa. El fallido y conmovedor acto llevado a cabo en San Vicente ha dejado también otros testimonios, como el del aislamiento con que el presidente Néstor Kirchner se maneja en su gestión, optando por un conglomerado de supuestas lealtades con muy diversos orígenes, a la sombra de una abundante caja de poder.
Esa estrategia incluye sin duda alguna una intervención al partido que se mantiene desde hace dos años, mientras de los comités virtualmente cerrados emigran gerontocracias notorias hacia el prometido horizonte oficialista.
El castillo del poder no tiene por cierto en sus puertas a los referentes del mítico fundador sino a sus adversarios. Testimonio inmediato de esa realidad han sido las declaraciones del diputado del FPV, Carlos Kunkel, vocero confiable de la estrategia presidencial, quien al tratar de hallar responsables por el pandemónium de San Vicente señaló al ex presidente Eduardo Duhalde. El susodicho formó parte de la numerosa lista de jóvenes expulsados por Perón con la famosa frase que Moyano reiteró en su penoso exordio.
La recurrencia necrofílica con la que en nuestra política se utiliza a los fundadores ha tenido esta vez el penoso matiz de las más bastardas ambiciones: el poder por el poder mismo. Y si ha sido así, es porque el grado de descomposición que está afectando al sistema de partidos por omisión deliberada del Gobierno y del Congreso está culminando en una crisis aún más grave.
El presidente, Néstor Kirchner, no puede ser indiferente a esa realidad, pues corre el riesgo de ser alcanzado una vez más por el peor de los pasados, el de la crisis recurrente que, como un círculo perpetuo, está descalificando al país de los argentinos y le impide volver a recuperar el prestigio de su verdadero pasado, el pasado fundador.







