Dos realidades en el mundo de la juventud

17 Octubre 2006
En la semana que pasó, los adolescentes han sido -con frecuencia- protagonistas de la información. Un protagonismo que se ha expresado en dos sentidos, el penoso y el promisorio. Sobre el primero, ilustra suficientemente el tema del temible elenco de patoteros denominado “La banda del quiosquito”. Como se sabe, la Policía se moviliza detrás de ese grupo de menores que ha hecho del delito su ocupación nocturna habitual. Ataques a otros menores y a transeúntes, con fines de agresión y de robo, y hasta probables vinculaciones con un mortal hecho de sangre, constituyen el currículum de una banda, respecto de cuyas andanzas tres fiscales han recibido las correspondientes denuncias.
   En el otro sentido, hemos informado también acerca de jóvenes con preocupaciones que se alinean en un extremo diametralmente opuesto al referido en el párrafo anterior. Tenemos a 10 ganadores de la Olimpíada Matemática, que se preparan para competir en Mar del Plata a nivel nacional, con 350 chicos de todo el país. Están asimismo los investigadores de las propiedades de la planta “Llantén”, que ganaron la reciente Feria Provincial de Ciencias y Tecnología. O el equipo de alumnos del Instituto San Miguel, que trabajó seis años para erradicar la grave enfermedad de la hidatidosis en la comunidad vallista de La Ciénaga.
   Las conclusiones de este fenómeno son bastante evidentes, pero es preciso marcarlas. La juventud, de acuerdo con la gastada expresión, constituye el patrimonio más valioso con el que contamos todos.   El joven será el inevitable protagonista del futuro del cuerpo social. En muy poco tiempo -los años pasan como flechas- llegará el momento en que su acción marque el rumbo, en todos los sentidos. Y de allí no puede sino concluirse que lograr que ese patrimonio esté equipado con la mejor formación posible y con los más altos valores, tiene que ser necesariamente la preocupación central, en una comunidad realmente consciente y previsora de su destino.
   Las informaciones que consignamos están mostrando con nitidez las dos posibilidades extremas.   Los chicos que, mal encaminados, se hallan precozmente sumergidos en un mundo de violencia y de delito, que no hará más que dañar irreversiblemente su destino, si persisten allí. Y los chicos que, bien encaminados, se han inclinado hacia actividades que enriquecen su intelecto y que revelan también preocupación por el prójimo.
   La sociedad tiene deberes muy ciertos y muy claros respecto de estas dos realidades de su mundo juvenil. En referencia a los menores descarriados, no puede conformarse con que una acción de la Justicia y de la Policía los saque de las calles. Tienen derecho a elegir otro tipo de vida y, a través del Estado y de sus organismos, se debe darles esa posibilidad.    De allí la importancia que tiene -y que hemos señalado con reiteración- una tarea profunda de readaptación de esa juventud, para convertirla en una fuerza útil de la sociedad. Tarea que, por cierto, debe también ser preventiva; desde el hogar, primero, y desde la escuela, después.
   Y acerca del conjunto de jóvenes que muestra condiciones para la investigación y para la tarea de beneficios comunitarios, es igualmente necesario que tal bagaje interior sea estimulado y apoyado al máximo posible. Esto, de manera que esas vocaciones tempranas no se malogren y que, por el contrario, puedan aportar los beneficiosos frutos que se esperan de ellas.
   El tema de los jóvenes, repetimos, debe ser tratado como una cuestión central de la sociedad y del poder público. Es un terreno donde son imperdonables el descuido y la falta de previsión.


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