Los testigos del fracaso

Por Juan Carlos Di Lullo, Redacción de LA GACETA. Los métodos coercitivos no hacen otra cosa que poner en evidencia nuestra falta de conciencia.

15 Octubre 2006
Todo el mundo los conoce: son súbitas alteraciones en la superficie pavimentada de una avenida, o en la tierra consolidada de una calle secundaria; también suele construírselos con rugosas piedras suficientemente separadas como para representar un obstáculo. Reciben el nombre popular de “lomo de burro”; son bendecidos por los vecinos y por los peatones que circulan por las inmediaciones, y vituperados por los conductores que -en más de una oportunidad- deben frenar repentinamente o sufrir consecuencias que hasta pueden llegar a la necesidad de que el vehículo termine en el taller de un especialista en amortiguadores. Los hay de distintos tipos y diseños: algunos están correctamente señalizados y permiten que los automovilistas reduzcan la marcha para superarlos sin inconvenientes. Otros sorprenden a los conductores porque los toman desprevenidos o porque sus dimensiones son tales que es imposible evitar que la parte inferior del vehículo los roce.
Los “lomos de burro” se colocan para obligar a los automovilistas a reducir la velocidad; en general, señalan lugares en los que se han producido accidentes -muchos de ellos con víctimas mortales-.Y a pesar de todo, en algunas vías de circulación rápida, como las avenidas, no impiden que entre uno y otro los conductores desaprensivos desarrollen velocidades superiores a las permitidas. Así las cosas, los obstáculos cumplen sólo parcialmente su misión de hacer más seguras las calles. Si se hace una lectura más profunda del fenómeno, se apreciará que la existencia de los “lomos de burro” no es otra cosa que una prueba concreta y tangible de la generalizada falta de apego por el cumplimiento de las normas.
Extremando el razonamiento que lleva a construir estos obstáculos, se podría pensar que algún día será necesaria una barrera de acero que caiga sobre las esquinas para reemplazar la luz roja de los semáforos, ya que muchas de estas señales luminosas son olímpicamente ignoradas por un buen número de conductores. O una baranda sobre el borde de las veredas que se extienda de esquina a esquina, para obligar a los caminantes a cruzar la calle por las sendas peatonales. Estas hipotéticas barreras, que pueden sonar absurdamente coercitivas, no lo son más que los “lomos de burro”; en definitiva, el conductor que respeta los límites de velocidad también tiene que frenar y exponer su unidad al riesgo de un golpe contra un obstáculo, que aunque no haya sido pensado para él, lo afecta inevitablemente. También son “lomos de burro” las vallas frente a los edificios públicos, las rejas en las ventanas de las casas, las filas de policías con armas y escudos en los actos públicos, los alambrados olímpicos... La lista de evidencias de la falta de conciencia de nuestros deberes como integrantes de un cuerpo social es demasiado extensa y variada para detallarla acabadamente. Lo cierto es que cada una de ellas muestra que sólo la certeza de un castigo nos induce a cumplir lo que está claramente estipulado en el conjunto de leyes que norman nuestra convivencia. Es un camino muy largo, pero, si nunca se dan los primeros pasos, jamás llegará el día de cruzar la meta. Educar; concientizar; hacer carne en todos los integrantes de la comunidad el concepto de que nadie tiene privilegios por encima de los derechos de su vecino e inculcar el respeto por el otro son tareas arduas que demandan paciencia y perseverancia. Pero integran la única fórmula eficaz que permitirá -allá lejos en el tiempo- recordar los “lomos de burro”, las vallas, los barrotes o los cerrojos como exponentes de un pasado definitivamente enterrado en la historia.

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