10 Octubre 2006 Seguir en 
WASHINGTON.- La prueba atómica norcoreana significa un doble revés para Washington. Por una parte, la explosión demuestra el fracaso de la política exterior del presidente George W. Bush, que desde 2000 intenta, junto con China, Rusia, Japón y Corea del Sur, impedir que Corea del Norte se convierta en potencia nuclear. Por otra, queda claro que Estados Unidos apenas tiene medios de presión efectivos contra la dictadura comunista, pues en Washington se descarta una intervención militar.
Hace tres años, Bush subrayó que no iba a tolerar una Corea del Norte nuclear. Sin embargo, no definió lo que él entendía por tolerar, expuso sin adornos el diario “The New York Times”. Y en su primera reacción a la prueba nuclear, habló de “acto inadmisible”, pero no señaló el camino a seguir. Los “halcones” de Washington se quejan por esta “eterna diplomacia”. Sin embargo, los republicanos está hoy en día a la defensiva; incluso los moderados dudan de que puedan servir las sanciones. Más bien, muchos temen que la superpotencia corra el riesgo de quedar una vez más como un tigre de papel frente al régimen de Kim Jong Il.
La hasta ahora poco flexible política exterior de Estados Unidos sigue siendo criticada. Bush y su secretaria de Estado, Condoleezza Rice, se aferran al principio de no dialogar directamente con el enemigo, sea Corea del Norte o Irán, o Hezbollah o Hamas. Pero el mandatario oscila entre las estrategia de los “halcones” y la de los pragmáticos: los primeros quieren aislar Corea del Norte, país al que Bush ubicó en el “eje del mal” junto con Irán y con Siria; los segundos piden garantías de seguridad para el país comunista y ofrecen colaboración para impedir una Corea del Norte atómica. Un creciente número de políticos estadounidenses aboga por conversaciones directas con Pyongyang. “Kim Jong Il es malo; su régimen es asesino e inhumano; pero no vemos razón para no hablar con él”, señaló la ex secretaria de Estado Madeleine Albright. Después de todo, Estados Unidos conversó con Stalin, con Mao Tse Tung y hasta con el derrocado líder iraquí Saddam Hussein. A propósito, la guerra de Irak está enviando un mensaje falso: “atacamos a países que no tienen armas nucleares y no a los que las tienen”, dijo Albright. Es un mensaje especialmente peligroso que está emitiendo Washington.
Hace tres años, Bush subrayó que no iba a tolerar una Corea del Norte nuclear. Sin embargo, no definió lo que él entendía por tolerar, expuso sin adornos el diario “The New York Times”. Y en su primera reacción a la prueba nuclear, habló de “acto inadmisible”, pero no señaló el camino a seguir. Los “halcones” de Washington se quejan por esta “eterna diplomacia”. Sin embargo, los republicanos está hoy en día a la defensiva; incluso los moderados dudan de que puedan servir las sanciones. Más bien, muchos temen que la superpotencia corra el riesgo de quedar una vez más como un tigre de papel frente al régimen de Kim Jong Il.
La hasta ahora poco flexible política exterior de Estados Unidos sigue siendo criticada. Bush y su secretaria de Estado, Condoleezza Rice, se aferran al principio de no dialogar directamente con el enemigo, sea Corea del Norte o Irán, o Hezbollah o Hamas. Pero el mandatario oscila entre las estrategia de los “halcones” y la de los pragmáticos: los primeros quieren aislar Corea del Norte, país al que Bush ubicó en el “eje del mal” junto con Irán y con Siria; los segundos piden garantías de seguridad para el país comunista y ofrecen colaboración para impedir una Corea del Norte atómica. Un creciente número de políticos estadounidenses aboga por conversaciones directas con Pyongyang. “Kim Jong Il es malo; su régimen es asesino e inhumano; pero no vemos razón para no hablar con él”, señaló la ex secretaria de Estado Madeleine Albright. Después de todo, Estados Unidos conversó con Stalin, con Mao Tse Tung y hasta con el derrocado líder iraquí Saddam Hussein. A propósito, la guerra de Irak está enviando un mensaje falso: “atacamos a países que no tienen armas nucleares y no a los que las tienen”, dijo Albright. Es un mensaje especialmente peligroso que está emitiendo Washington.







