Los íconos de la congregación en Córdoba

Más que una cumbre regional, la de ayer ha sido una exposición de excentricidades y de temores. El ruido del encuentro posterior fue mayor que el del oficial. Por Angel Anaya - columnista

22 Julio 2006
BUENOS AIRES.- Mientras Hugo Chávez hacia declaraciones a la prensa rodeado por una espesa custodia armada venezolana, Tabaré Vázquez, unos metros más allá, tan solo era escoltado por un cúmulo de periodistas. Pero si de contrastes y paradojas se trata -el único temeroso podría haber sido el uruguayo por las papeleras- los de Fidel Castro superaron todos: 45 custodios ostensiblemente armados, tres aviones transcontinentales y, en uno de ellos, una formidable y lujosa carroza alemana en estreno.
Más que una cumbre regional, ha sido por momentos una exposición de excentricidades y de temores. En ese orden, el venezolano ha tenido un triunfo superior a cualquier otro presidente, al conseguir darle al Mercosur un perfil político que desdice del que matiza su cláusula democrática. Cláusula, por cierto, propuesta hace una década por el gran rival de Kirchner, Menem, y aceptada por toda la comunidad regional tras la crisis en Paraguay.
Donde ganó Castro es en la competencia de íconos políticos, por la estela de adherentes y curiosos que sigue al dictador más antiguo que el de Corea del Norte y superador, inclusive, del tiempo de José Stalin.
En realidad, el cubano no vino como parte del Mercosur, sino a suscribir un acuerdo comercial, y no fue descortesía su ausencia de la cena oficial, sino el severo régimen alimenticio a que se somete para hacer posible -si fuera factible- que “viva siempre”, como le clamaron algunas voces en Córdoba.

Una salida

Otra cosa ha sido la contracumbre; muy lejana en verdad de lo prometido, en cuanto a barullo dialéctico, aunque lucida en algunos testimonios con el perfil de Quebracho o la delegación de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), simultáneamente quejosa en la Cámara de Diputados por la “autoritaria reglamentación” de los decretos presidenciales. Tras todas las apariencias, el ruido ha sido mayor que el de la agenda del Mercosur, con un mensaje moderado de Kirchner y su posibilidad de eludir públicamente solicitud alguna a Castro para aliviar la carga política que representa el caso de la doctora Hilda Molina. Confinada de hecho en su isla, esa abuela de nietos argentinos se sorprende de que un país democrático, el nuestro, invite a un dictador como el suyo. Pero su ex líder seguramente no perdona que lo haya abandonado después de sus elevados servicios científicos. Su hijo espera en Córdoba -seguro vanamente- ser recibido, pues no confía en que nuestro gobierno gestione algo más que un contacto silencioso entre ambos cancilleres. El cinismo de las necesidades políticas recorre hoy el mundo y no podía estar ausente tampoco de la bella serranía cordobesa. Justamente tiene cautivo también a Kirchner, a quien los molinistas recuerdan ahora su recurrente humanismo y los favores de Castro el régimen militar, en las Naciones Unidas. (De nuestra Sucursal)