12 Julio 2006 Seguir en 
Tradicionalmente, la Ciudad de Buenos Aires fue el exponente máximo de la imagen argentina de progreso ante la comunidad internacional, y ni siquiera las dificultades institucionales de la segunda parte del siglo XX afectaron mayormente esa percepción. Hoy su realidad urbana y social es muy diferente y más próxima a las de otras urbes latinoamericanas, donde la pobreza y las carencias sociales provienen de remotos pasados. El gran fenómeno depredador ha sido relativamente reciente y deriva no sólo de la crisis socioeconómica del último lustro, sino también de la paralela y larga incapacidad del Estado para hacer frente a las emergencias cíclicas de la gestión pública.
La Defensoría de la Ciudad ha informado, en ese sentido, que durante los últimos cinco años se han constituido 24 asentamientos de emergencia con 3.000 familias “en condiciones infrahumanas”. Por su parte, la Coordinadora de Villas consigna que durante los cuatro recientes, la población de los asentamientos precarios en el distrito creció el 30%, pasando de 110.000 personas a más de 150.000, mientras 200.000 residen en inmuebles ocupados. “No hay que creer que la solución es construir viviendas y no tener una política habitacional que impida la consolidación de nuevos asentamientos”, ha señalado el intendente porteño, Jorge Telerman, aludiendo tácitamente a la incapacidad del Estado.
Pero el distrito desde el que se gobierna a la Nación, cada vez con mayor centralismo y deterioro del sistema federal, se halla cercado por el área metropolitana bonaerense, donde se multiplica ese fenómeno.
Investigadores de la Universidad Nacional de General Sarmiento han informado que durante el mismo lapso se triplicó aproximadamente el número de villas miseria en dicha región urbana, pasando de 385 registradas a más de un millar, y la población en emergencia social de 640.000 a 1,2 millón. La Matanza encabeza la escalada del lustro desde 69.000 a 170.000 personas.
Dicho informe no está completado, pudiendo señalarse que el 85% de los asentamientos de la provincia de Buenos Aires se hallan unidos al distrito federal. Las villas surgen en numerosas ocasiones de manera fulminante e inesperada, como acaba de ocurrir sobre líneas que parten de la porteña Estación Retiro, sin que las autoridades hayan reaccionado, y generalmente tan sólo se limitasen a cercar con alambradas esa carencia de iniciativa.
De acuerdo con una variedad de informes, la construcción de viviendas por el Estado es una mínima respuesta a un problema que viene degradando al país, mientras se procura disimularlo.
El mismo intendente Telerman, sin ser un funcionario opositor a los oficialismos que se han turnado durante ese período crítico, ha sido concluyente. “Son problemas de la pobreza, de la exclusión, de la marginalidad de decenas de miles de hombres y de mujeres que viven en la Argentina”, considera el alcalde porteño. La graves falencias del Estado permiten por otra parte circunstancias muy diversas en cuanto el uso de la tierra urbana, diferentes en la Ciudad de Buenos Aires, de la provincia, donde son comunes las tierras fiscales ocupadas y privadas inundables, con el común denominador de la frecuente pasividad de las autoridades.
Entretanto, la sucesión de administradores durante el período más elocuente, el del último lustro testimonial, siguen imputándose culpas en frondosas diatribas, haciendo caso omiso de sus militancias comunes y recíprocamente comprometidas con ese pasado que vilipendian.
La Defensoría de la Ciudad ha informado, en ese sentido, que durante los últimos cinco años se han constituido 24 asentamientos de emergencia con 3.000 familias “en condiciones infrahumanas”. Por su parte, la Coordinadora de Villas consigna que durante los cuatro recientes, la población de los asentamientos precarios en el distrito creció el 30%, pasando de 110.000 personas a más de 150.000, mientras 200.000 residen en inmuebles ocupados. “No hay que creer que la solución es construir viviendas y no tener una política habitacional que impida la consolidación de nuevos asentamientos”, ha señalado el intendente porteño, Jorge Telerman, aludiendo tácitamente a la incapacidad del Estado.
Pero el distrito desde el que se gobierna a la Nación, cada vez con mayor centralismo y deterioro del sistema federal, se halla cercado por el área metropolitana bonaerense, donde se multiplica ese fenómeno.
Investigadores de la Universidad Nacional de General Sarmiento han informado que durante el mismo lapso se triplicó aproximadamente el número de villas miseria en dicha región urbana, pasando de 385 registradas a más de un millar, y la población en emergencia social de 640.000 a 1,2 millón. La Matanza encabeza la escalada del lustro desde 69.000 a 170.000 personas.
Dicho informe no está completado, pudiendo señalarse que el 85% de los asentamientos de la provincia de Buenos Aires se hallan unidos al distrito federal. Las villas surgen en numerosas ocasiones de manera fulminante e inesperada, como acaba de ocurrir sobre líneas que parten de la porteña Estación Retiro, sin que las autoridades hayan reaccionado, y generalmente tan sólo se limitasen a cercar con alambradas esa carencia de iniciativa.
De acuerdo con una variedad de informes, la construcción de viviendas por el Estado es una mínima respuesta a un problema que viene degradando al país, mientras se procura disimularlo.
El mismo intendente Telerman, sin ser un funcionario opositor a los oficialismos que se han turnado durante ese período crítico, ha sido concluyente. “Son problemas de la pobreza, de la exclusión, de la marginalidad de decenas de miles de hombres y de mujeres que viven en la Argentina”, considera el alcalde porteño. La graves falencias del Estado permiten por otra parte circunstancias muy diversas en cuanto el uso de la tierra urbana, diferentes en la Ciudad de Buenos Aires, de la provincia, donde son comunes las tierras fiscales ocupadas y privadas inundables, con el común denominador de la frecuente pasividad de las autoridades.
Entretanto, la sucesión de administradores durante el período más elocuente, el del último lustro testimonial, siguen imputándose culpas en frondosas diatribas, haciendo caso omiso de sus militancias comunes y recíprocamente comprometidas con ese pasado que vilipendian.







