Loable gesto de auxiliar a la Biblioteca Alberdi

11 Julio 2006
Se afirma que el término biblioteca se utilizó por vez primera en la Grecia antigua y tuvo un curioso origen. Los rollos de papiro que debían conservarse  eran colocados en un receptáculo de madera o de piedra conocido como “bibliotheke”, palabra que muy pronto significaría colección de libros. Sin embargo, las bibliotecas tienen un origen mucho más antiguo; los primeros datos provienen de Egipto. Lo cierto es que desde tiempos inmemoriales el hombre sintió la necesidad de resguardar el conocimiento y de compartirlo; tal el sentido de las bibliotecas públicas.
Hace unos días informamos acerca de la deplorable situación por la cual atraviesa la Biblioteca Alberdi, institución creada el 6 de junio de 1903. Hace ya varios años que la entidad se ha convertido en un lugar lúgubre y deprimente. Los libros están llenos de polvo y desordenados, y quien va a buscar un ejemplar debe armarse de paciencia para esperar que la única empleada que atiende al público recorra los laberintos de bibliotecas, muchas veces sin éxito. Sólo el 60 % del patrimonio está clasificado. Algunos lectores habituales no esperan a la encargada -que no es bibliotecaria- y directamente van a los estantes y retiran sus libros.
Luego de que se planteó esta preocupante situación en una nota periodística y en esta columna editorial, un sector de la sociedad se hizo eco de la necesidad de auxiliar a esta institución que durante muchas décadas fue un orgullo para los tucumanos. Un grupo de empresas azucareras se comprometió a apadrinar -corriendo con los gastos de los servicios y la remodelación- a la biblioteca Alberdi, y a socorrer financieramente a la Nicolás Avellaneda, de Concepción, que vive una realidad más afligente aún. Los impulsores de este salvataje también anunciaron la decisión de realizar un sondeo entre otros industriales azucareros para imitar su gesto y apoyar a otras expresiones de la cultura.
Sería interesante replantear el funcionamiento de estas viejas instituciones, que como tal han quedado un poco al margen de los adelantos en materia tecnológica y del interés de los lectores y estudiantes. En el caso de la Alberdi, podría pensarse en la recuperación de los textos más antiguos y valiosos o de la colección de diarios locales del siglo XIX a través del escaneo y de su posterior resguardo en CDs o en diseñar una base de datos que, a su vez, pueda estar comunicada con otras bibliotecas provinciales y nacionales, por dar un par de ejemplos. Debe pensarse, por otro lado, en la actualización de su patrimonio; de ese modo se generarán nuevos lectores y su utilidad para la comunidad será mucho mayor. Habría que reformular también el sistema de socios que, como tal, se halla en extinción.
Es, por cierto, destacable el gesto de una parte del sector privado en apoyar a una institución cultural para que no desaparezca. Ello no debe implicar que el Estado se desentienda de la responsabilidad que le compete. Recordemos que en la actualidad, la Alberdi no cuenta con aportes de la Provincia, ni de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares. Creemos que el tema de fondo no pasa por si la entidad dejará o no de ser independiente, sino de que esta institución siga prestando servicios de gran utilidad a la comunidad. Un ejemplo de ello es la biblioteca Sarmiento, que fue beneficiada recientemente por un convenio con la Universidad Nacional de Tucumán. Velar por nuestras instituciones culturales es obligación de toda la comunidad. En buena hora, si este gesto de un grupo empresario es imitado por otros sectores de la actividad privada, del Gobierno y de la sociedad, porque en la medida que lo hagamos, estaremos salvando nuestro pasado y nuestra identidad.


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