10 Julio 2006 Seguir en 
Toda vez que se habla de doping en el deporte, se ingresa en un verdadero laberinto de versiones, comentarios, culpas no admitidas y explicaciones que en nada contribuyen a aclarar la situación. No hay entidad, asociación o agrupación en el mundo que no combata este flagelo; pero los casos siguen apareciendo y manchando campañas, en muchos casos de verdaderas estrellas, como por ejemplo Diego Maradona. Uno de los últimos casos conocidos involucró a organizaciones delictivas como las descubiertas en el ciclismo español, hace poco tiempo. En Europa se mueven fortunas y enormes estructuras detrás de este deporte. Y ello parece ser el caldo de cultivo para que aquellos que convierten el deporte en un negocio inmoral lo destrocen.
Y así como el ciclismo de las potencias se vio rozado en los últimos tiempos por el flagelo de las drogas -hasta la figura de un monstruo, como Lance Armstrong, cayó en la bolsa de los “sospechados”-, también el atletismo profesional las sufre de manera continua. El último caso resonante involucró al estadounidense Tim Montgomery, que fue por tres años el hombre más rápido del mundo, en carreras de 100 metros. Cuando le detectaron el uso de sustancias prohibidas, le quitaron todas sus marcas.
Lógicamente que en esta historia de dimes y diretes, el tenis no quedó al margen. Y fueron varios jugadores argentinos -Mariano Puerta, Guillermo Cañas, Guillermo Coria, por nombrar algunos- un triste testimonio de figuras sancionadas por dopaje.
En los últimos meses, la prensa del mundo se hizo eco de un rumor que se escucha cada vez que se juega un torneo. Y en esta temeraria carrera fue involucrado nada menos que el nombre del Nº 2 del mundo, Rafael Nadal. Sobre él, a partir de un artículo publicado por el periódico francés “Journal de Dimanche”, surgieron sospechas por su enorme seguidilla de triunfos, su fortaleza física y su crecimiento de músculos, todos elementos que consiguió en poco tiempo. El mismo entrenador del jugador dio la cara y enfrentó los rumores, lógicamente negando los cargos.
Para completar el sombrío “noticiero del doping” de los últimos tiempos, se conoció recientemente que otro deportista de nuestro país, el rugbista cordobés Martín Bustos Montoya, apareció envuelto en una situación complicada. Aparentemente, durante el Mundial Sub 21 que se disputó en Francia, el deportista habría dado positivo en un control. El supuesto caso de doping, del cual la International Rugby Board aún no emitió comunicación alguna, sí tuvo una reacción por parte de la Unión Argentina de Rugby, que hizo regresar al rugbista al país tras el primer partido ante Sudáfrica.
Se sabe que la práctica de dopaje es contraria a la ética deportiva y médica, y que constituye un infracción a las reglas. Además, representa una amenaza para la salud de los atletas y la juventud en general. Según el Comité Olímpico Internacional, la lucha contra el doping en el deporte es un trabajo de todos: gobiernos, organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales, deportivas del mundo entero y su entorno.
A esta altura de los hechos, queda claro que muchos de quienes hacen deportes -sobre todo de elite- parecen no terminar de aceptar libremente sus limitaciones físicas y mentales. Por ello, buscan métodos en un intento de superar con el mínimo esfuerzo sus posibilidades naturales. Con este acto egoísta, no sólo son los primeros afectados, sino que frustran las ilusiones de quienes depositan su confianza en ellos y los toman como ejemplo. Una triste realidad que por ahora no parece tener fin.
Y así como el ciclismo de las potencias se vio rozado en los últimos tiempos por el flagelo de las drogas -hasta la figura de un monstruo, como Lance Armstrong, cayó en la bolsa de los “sospechados”-, también el atletismo profesional las sufre de manera continua. El último caso resonante involucró al estadounidense Tim Montgomery, que fue por tres años el hombre más rápido del mundo, en carreras de 100 metros. Cuando le detectaron el uso de sustancias prohibidas, le quitaron todas sus marcas.
Lógicamente que en esta historia de dimes y diretes, el tenis no quedó al margen. Y fueron varios jugadores argentinos -Mariano Puerta, Guillermo Cañas, Guillermo Coria, por nombrar algunos- un triste testimonio de figuras sancionadas por dopaje.
En los últimos meses, la prensa del mundo se hizo eco de un rumor que se escucha cada vez que se juega un torneo. Y en esta temeraria carrera fue involucrado nada menos que el nombre del Nº 2 del mundo, Rafael Nadal. Sobre él, a partir de un artículo publicado por el periódico francés “Journal de Dimanche”, surgieron sospechas por su enorme seguidilla de triunfos, su fortaleza física y su crecimiento de músculos, todos elementos que consiguió en poco tiempo. El mismo entrenador del jugador dio la cara y enfrentó los rumores, lógicamente negando los cargos.
Para completar el sombrío “noticiero del doping” de los últimos tiempos, se conoció recientemente que otro deportista de nuestro país, el rugbista cordobés Martín Bustos Montoya, apareció envuelto en una situación complicada. Aparentemente, durante el Mundial Sub 21 que se disputó en Francia, el deportista habría dado positivo en un control. El supuesto caso de doping, del cual la International Rugby Board aún no emitió comunicación alguna, sí tuvo una reacción por parte de la Unión Argentina de Rugby, que hizo regresar al rugbista al país tras el primer partido ante Sudáfrica.
Se sabe que la práctica de dopaje es contraria a la ética deportiva y médica, y que constituye un infracción a las reglas. Además, representa una amenaza para la salud de los atletas y la juventud en general. Según el Comité Olímpico Internacional, la lucha contra el doping en el deporte es un trabajo de todos: gobiernos, organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales, deportivas del mundo entero y su entorno.
A esta altura de los hechos, queda claro que muchos de quienes hacen deportes -sobre todo de elite- parecen no terminar de aceptar libremente sus limitaciones físicas y mentales. Por ello, buscan métodos en un intento de superar con el mínimo esfuerzo sus posibilidades naturales. Con este acto egoísta, no sólo son los primeros afectados, sino que frustran las ilusiones de quienes depositan su confianza en ellos y los toman como ejemplo. Una triste realidad que por ahora no parece tener fin.







