Los altos ideales de los fundadores de la Patria

Coraje y sacrificio fue el legado de ese grupo de hombres que sesionó en la vieja casa de los Laguna.

09 Julio 2006
El 9 de julio es la fecha fundacional de la patria. Ese día, hace 190 años, en San Miguel de Tucumán, las entonces "Provincias Unidas del Río de la Plata" establecieron, ante la faz de la Tierra, su nueva definición internacional. La de país libre y dispuesto a asumir desde entonces, sin tutoría alguna, el destino que le deparase la historia. En aquel momento, la tarea de imponer la revolución distaba de haberse terminado en esta parte del mundo. Era un propósito que venía demandando un elevado precio, tanto de vidas como de esfuerzos económicos y sociales de toda índole. Aún habría de demandarlos mucho mayores y , todo envuelto, simultáneamente, en la no menos perentoria necesidad de arraigar en nuestro suelo las instituciones y las prácticas republicanas.
Ni la mirada más mezquina que se echase sobre aquella histórica asamblea de 1816 podría dejar de percibir la suma de altos ideales que inspiraron a los diputados integrantes. Tuvieron ellos, en primer lugar, la valentía para decidir, por unanimidad, una posición que los colocaba en el lugar de máximo peligro, sin posibilidad de regreso. Desde ese momento, caían las máscaras iniciales que disimularon el propósito libertario, y los criollos se alzaban contra uno de los reinos más poderosos del mundo.
Lo hacían justo en el momento en que La Santa Alianza juramentaba, a los monarcas de Europa, para terminar con todos los brotes revolucionarios. Junto a aquella decisión, estuvo presente en los congresales un innegable espíritu de sacrificio. Desde hacía ya varios años, la lucha contra los realistas constituía la carga más dolorosa y pesada para todos los habitantes: una impresionante sangría que afectaba de modo particularmente duro a las jurisdicciones del norte, que eran Tucumán, Salta y Jujuy. La declaración de la Independencia equivalía a aceptar que todo ese proceso no sólo iba a continuar, sino que se acentuaría. En efecto, desde Cuyo, José de San Martín se aprestaba a ejecutar la operación libertaria más ambiciosa intentada hasta el momento. Si es evidente que la osadía y la abnegación animaron a los diputados de 1816, no es menos cierto que tuvieron, al mismo tiempo, el firme propósito de dar a sus conciudadanos, además de una patria, las instituciones y las leyes que debían estructurar toda nación civilizada. Aspiraban a que esta que venía a incorporarse al concierto mundial, lo hiciera en el marco de la forma de gobierno más moderna y ajustada a ese momento de la historia. Es sabido que el camino que recorrieron estuvo lleno de contradicciones y de turbulencias; que en algún momento hasta se pensó en la forma monárquica, y que los ensayos constitucionales posteriores fracasaron lamentablemente, durante las casi cuatro décadas que mediaron entre la Independencia y la sanción de la Constitución de 1853. Pero también es verdad que nunca, ni en los momentos más oscuros de las guerras civiles, dejó de estar presente la intención de organizar jurídicamente al país bajo esas pautas republicanas, que el certero instinto popular consideró siempre las más adecuadas para su realidad y para su idiosincrasia.
Coraje, sacrificio, instituciones, tal fue el legado de ese grupo de hombres que sesionó en la vieja casa de los Laguna. Los animó el propósito de conformar una Patria que contuviera a todos, y que estuviese cimentada en una sociedad justa y solidaria. Casi dos siglos más tarde, debemos mirar con inmensa gratitud ese esfuerzo enorme, y reconocer que fructificó. Con sus más y sus menos, con etapas sombrías y etapas luminosas, la Argentina sigue caminando hacia sus destinos, y continúa siendo uno de los países más generosos y hospitalarios de la Tierra.

Tamaño texto
Comentarios