06 Julio 2006 Seguir en 
Es por todos conocido que el turismo invernal de nuestro país se canaliza masivamente hacia su zona norte. No es raro que así ocurra, ya que esta parte de la Argentina se caracteriza por las bondades que el clima ofrece. A ello se agrega, por cierto, el siempre estimulante espectáculo de las bellezas naturales, así como la fuerte sugestión de tradiciones que fluye de muchos elementos de sus ciudades y de sus pueblos.
Las autoridades tucumanas se han propuesto fomentar al máximo la concurrencia de viajeros. Se trata de un tema que debiera interesar realmente, también, al conjunto de la población. Resulta de sobra conocido el hecho de que el turismo constituye un fenómeno generador de dinero, ya que todo viajero dinamiza la vida económica de los lugares que visita por medio de su gasto. Vale la pena recordar que, en varias partes del mundo desarrollado, los ingresos por este rubro representan algo de mayúscula significación en sus economías. Al punto que los particulares y el Estado no ahorran esfuerzos para estimularlo de modo amplio y constante.
De todo esto se desprende la obvia conclusión de que el turismo debe ser apoyado por todos sin excepción, habida cuenta de lo positivo que resulta para la vida de nuestra provincia. Y mucho más cuando se tiene en cuenta la existencia de serios problemas sociales, lo que crea el requerimiento de estimular toda fuente de recursos. El turismo es una de ellas y, repetimos, para nada desdeñable en materia de posibilidades.
El comienzo de la temporada turística invernal de Tucumán hace oportuno volver sobre un tema que en esta época debiera merecer especial atención. Nos referimos a la necesidad de que el público se ponga en condiciones espirituales de recibir adecuadamente al turista. Es decir, que aporte una actitud acogedora y cordial respecto de quienes en esta época nos visitan, de manera que esas personas sientan que se crea un vínculo de buena voluntad y espíritu de colaboración, entre ellas y la ciudadanía.
Casi parece innecesario decir que, cuando se visita una provincia cualquiera, no son suficientes, para cautivar al recién llegado, los bellos paisajes o los confortables hoteles que posea. Estos son muy importantes, desde luego; pero la impresión se completa y se fija, de modo indeleble, con el trato personal y cotidiano de la gente.
Múltiples son los ejemplos que se podrían dar, acerca de la conducta positiva que propiciamos. Estos van desde el gesto atento de la persona que suministra al forastero, con simpatía y buena disposición, cualquier información que le requiera, hasta el chofer de taxi que cobra por sus servicios al turista lo que corresponde y no se aprovecha de la falta de conocimiento del lugar para extraerle indebidamente un importe mayor .
Las actitudes gentiles hacia el visitante tienen un efecto beneficioso, cuya dimensión va mucho más allá de lo que pensamos. En efecto, quien regresa a su sitio de origen luego de un viaje de turismo lleva, además de una impresión de los paisajes, un juicio muy personal sobre los habitantes del lugar que visitó. Si ese juicio es de simpatía, se convertirá en el mejor propagandista, y en un candidato a repetir la experiencia en cualquier momento. Y por el contrario, si el juicio es de antipatía, se tornará en un enconado detractor.
En suma, depende de nosotros que quienes nos visiten hablen bien de Tucumán, e insten a otros a sumarse a su corriente turística. Se trata de no ahorrar esos gestos cordiales, que pueden ser pequeños, pero que tienen enorme importancia a la hora de formar una imagen en el forastero.
Las autoridades tucumanas se han propuesto fomentar al máximo la concurrencia de viajeros. Se trata de un tema que debiera interesar realmente, también, al conjunto de la población. Resulta de sobra conocido el hecho de que el turismo constituye un fenómeno generador de dinero, ya que todo viajero dinamiza la vida económica de los lugares que visita por medio de su gasto. Vale la pena recordar que, en varias partes del mundo desarrollado, los ingresos por este rubro representan algo de mayúscula significación en sus economías. Al punto que los particulares y el Estado no ahorran esfuerzos para estimularlo de modo amplio y constante.
De todo esto se desprende la obvia conclusión de que el turismo debe ser apoyado por todos sin excepción, habida cuenta de lo positivo que resulta para la vida de nuestra provincia. Y mucho más cuando se tiene en cuenta la existencia de serios problemas sociales, lo que crea el requerimiento de estimular toda fuente de recursos. El turismo es una de ellas y, repetimos, para nada desdeñable en materia de posibilidades.
El comienzo de la temporada turística invernal de Tucumán hace oportuno volver sobre un tema que en esta época debiera merecer especial atención. Nos referimos a la necesidad de que el público se ponga en condiciones espirituales de recibir adecuadamente al turista. Es decir, que aporte una actitud acogedora y cordial respecto de quienes en esta época nos visitan, de manera que esas personas sientan que se crea un vínculo de buena voluntad y espíritu de colaboración, entre ellas y la ciudadanía.
Casi parece innecesario decir que, cuando se visita una provincia cualquiera, no son suficientes, para cautivar al recién llegado, los bellos paisajes o los confortables hoteles que posea. Estos son muy importantes, desde luego; pero la impresión se completa y se fija, de modo indeleble, con el trato personal y cotidiano de la gente.
Múltiples son los ejemplos que se podrían dar, acerca de la conducta positiva que propiciamos. Estos van desde el gesto atento de la persona que suministra al forastero, con simpatía y buena disposición, cualquier información que le requiera, hasta el chofer de taxi que cobra por sus servicios al turista lo que corresponde y no se aprovecha de la falta de conocimiento del lugar para extraerle indebidamente un importe mayor .
Las actitudes gentiles hacia el visitante tienen un efecto beneficioso, cuya dimensión va mucho más allá de lo que pensamos. En efecto, quien regresa a su sitio de origen luego de un viaje de turismo lleva, además de una impresión de los paisajes, un juicio muy personal sobre los habitantes del lugar que visitó. Si ese juicio es de simpatía, se convertirá en el mejor propagandista, y en un candidato a repetir la experiencia en cualquier momento. Y por el contrario, si el juicio es de antipatía, se tornará en un enconado detractor.
En suma, depende de nosotros que quienes nos visiten hablen bien de Tucumán, e insten a otros a sumarse a su corriente turística. Se trata de no ahorrar esos gestos cordiales, que pueden ser pequeños, pero que tienen enorme importancia a la hora de formar una imagen en el forastero.







