05 Julio 2006 Seguir en 
PARIS, Francia.- La última morada de Jim Morrison recibió una avalancha de admiradores del líder del grupo musical The Doors, que hace 35 años cumplió la máxima del rock: morir joven y convertirse en mito.
Su tumba en París es lugar de peregrinación constante de admiradores, músicos, poetas y simples curiosos venidos de todo el mundo para rendir homenaje a un artista tan brillante e iconoclasta, como provocador y autodestructivo.
Una pequeña y sobria sepultura en el cementerio de Pere Lachaise recuerda al cantante de The Doors, uno de los grupos señeros de los años 60 del pasado siglo, encontrado muerto el 3 de julio de 1971 en la bañera de su departamento en París, donde se había instalado cuatro meses antes con su novia, Pamela Courson. El habitual goteo ininterrumpido de personas a la tumba (la más visitada del cementerio y cuarto destino turístico de la ciudad) es aún más intenso en vísperas del aniversario.
"Tenía un gran corazón y una cabeza brillante. Ayudó a cambiar la mentalidad de la gente", asegura Roberto, un joven turista italiano, mientras el portugués Joseph, tumbado en la lápida de enfrente, escribe unos versos en inglés en homenaje al que define de "poeta de la libertad".
Poco después, aparece Jean-Marc, un habitual de la tumba "desde hace 15 años", con una desgastada camiseta y su foto favorita del cantante, apodado el "Rey Lagarto" por su forma de contonearse sobre el escenario.
La multitud de flores, dibujos, fotos, velas, mensajes y partituras que cubren la lápida refleja la admiración que, 35 años después de su muerte, despierta todavía Morrison, que había nacido en la localidad estadounidense de Melbourne, Florida.
"James Douglas Morrison (1943-1971)" reza la placa metálica del sepulcro, acompañada tan sólo de la inscripción en griego clásico: "Tal como era, un demonio", según la traducción que consta en el libro del famoso cementerio parisino. En 1990, fue robado, quizás por un admirador excesivamente fanático, el busto de Morrison que adornaba su última morada. El hurto fue denunciado en el artículo de un diario, pero la escultura nunca apareció.
Inscripciones de todo género cubrían entonces la lápida, escenario de muestras de idolatría y arrebatos que podían llegar al desmayo. Todo ello queda en el pasado, gracias a las vallas metálicas erigidas en torno de la tumba y que protegen, además, las adyacentes.
En esa época, unas flechas indicaban además el camino desde la entrada del camposanto, que "se retiraron por considerarse impropias de un lugar sagrado", explica Thierry, encargado de vigilar la sepultura y retirar de ella las flores marchitas.
Por fortuna para los responsables del cementerio, las tumbas de muchos otros famosos de las más diversas disciplinas, desde Oscar Wilde (cubierta de besos y textos) y María Callas, hasta Edith Piaf, Sarah Bernhard e Yves Montand, pasando por Chopin y Moliere, no desatan pasiones tan encendidas como Morrison.
De hecho, la presencia de sus restos en el Pere Lachaise no agrada a la dirección, que rehusa dar entrevistas sobre el cantante porque no quiere "dar publicidad" a un hecho que les reporta "muchas más desgracias que alegrías", apunta una fuente bajo anonimato. (Especial)
Su tumba en París es lugar de peregrinación constante de admiradores, músicos, poetas y simples curiosos venidos de todo el mundo para rendir homenaje a un artista tan brillante e iconoclasta, como provocador y autodestructivo.
Una pequeña y sobria sepultura en el cementerio de Pere Lachaise recuerda al cantante de The Doors, uno de los grupos señeros de los años 60 del pasado siglo, encontrado muerto el 3 de julio de 1971 en la bañera de su departamento en París, donde se había instalado cuatro meses antes con su novia, Pamela Courson. El habitual goteo ininterrumpido de personas a la tumba (la más visitada del cementerio y cuarto destino turístico de la ciudad) es aún más intenso en vísperas del aniversario.
"Tenía un gran corazón y una cabeza brillante. Ayudó a cambiar la mentalidad de la gente", asegura Roberto, un joven turista italiano, mientras el portugués Joseph, tumbado en la lápida de enfrente, escribe unos versos en inglés en homenaje al que define de "poeta de la libertad".
Poco después, aparece Jean-Marc, un habitual de la tumba "desde hace 15 años", con una desgastada camiseta y su foto favorita del cantante, apodado el "Rey Lagarto" por su forma de contonearse sobre el escenario.
La multitud de flores, dibujos, fotos, velas, mensajes y partituras que cubren la lápida refleja la admiración que, 35 años después de su muerte, despierta todavía Morrison, que había nacido en la localidad estadounidense de Melbourne, Florida.
"James Douglas Morrison (1943-1971)" reza la placa metálica del sepulcro, acompañada tan sólo de la inscripción en griego clásico: "Tal como era, un demonio", según la traducción que consta en el libro del famoso cementerio parisino. En 1990, fue robado, quizás por un admirador excesivamente fanático, el busto de Morrison que adornaba su última morada. El hurto fue denunciado en el artículo de un diario, pero la escultura nunca apareció.
Inscripciones de todo género cubrían entonces la lápida, escenario de muestras de idolatría y arrebatos que podían llegar al desmayo. Todo ello queda en el pasado, gracias a las vallas metálicas erigidas en torno de la tumba y que protegen, además, las adyacentes.
En esa época, unas flechas indicaban además el camino desde la entrada del camposanto, que "se retiraron por considerarse impropias de un lugar sagrado", explica Thierry, encargado de vigilar la sepultura y retirar de ella las flores marchitas.
Por fortuna para los responsables del cementerio, las tumbas de muchos otros famosos de las más diversas disciplinas, desde Oscar Wilde (cubierta de besos y textos) y María Callas, hasta Edith Piaf, Sarah Bernhard e Yves Montand, pasando por Chopin y Moliere, no desatan pasiones tan encendidas como Morrison.
De hecho, la presencia de sus restos en el Pere Lachaise no agrada a la dirección, que rehusa dar entrevistas sobre el cantante porque no quiere "dar publicidad" a un hecho que les reporta "muchas más desgracias que alegrías", apunta una fuente bajo anonimato. (Especial)







