El después del Mundial y el espíritu argentino

03 Julio 2006
Al menos para los sueños argentinos, el Mundial de fútbol terminó. Disparos desde el punto del penal mejor ejecutados por el seleccionado de Alemania determinaron que el equipo dirigido por José Pekerman se quede afuera de la competencia. Con esto, la natural y tradicional pasión con la que se siguió la participación del representativo nacional tuvo un quiebre abrupto. Más allá de los merecimientos deportivos y de lo que se pudo hacer y lograr, queda la sensación de que, pese a la caída, quedaron hechos positivos de esta experiencia. De hecho, la eliminación no impidió que el equipo se fuera del torneo con la frente en alto.
Inevitablemente se apuntará que, quizás el consuelo mayor, pensando en el futuro, pasa por la afirmación de que muchos de los jugadores que integraron el plantel se foguearon en un nivel superlativo, lo que permite pensar en una buena base de cara al futuro seleccionado.  
Pero hay otros hechos que no pasaron inadvertidos y que conllevan un valor sustancioso, aunque se hable de alta competencia y de millones de billetes de por medio. Se trata de esos aspectos inherentes a un grupo de trabajo cuyos movimientos fueron seguidos de cerca por todo un país.
En ese sentido y, a diferencia de las más recientes presentaciones mundialistas, esta vez se notó un clima menos riguroso -aunque no por ello serio- en el trabajo que llevó adelante el equipo. En el campo de juego, tan acostumbrados como estamos de ver a los futbolistas argentinos protestando por todo, llamó la atención verlos más concentrados en los partidos y menos pendientes de querer torcer decisiones inapelables. Esa actitud llevó, entre otras cosas, a que no hubiera expulsados durante los partidos -si bien el equipo recibió muchas tarjetas amarillas-. Y sólo al final, con la eliminación como un hecho consumado, una aislada discusión -fruto de la rabia, la frustración y la desubicada reacción de los rivales-, puede anotarse entre las páginas grises.
También se notó un permanente clima agradable en la concentración, distendido pero serio en cuanto a los objetivos por cumplir. Esto redundó en beneficio, por ejemplo, del respeto a las decisiones del técnico al decidir cambios ante cada partido; nadie protestó y todos supieron que serían tomados en cuenta en algún momento.
Por otro lado, los jugadores mostraron deferencia con la prensa y con la gente que se les acercó en los entrenamientos. Y, a la hora de defender la camiseta, se notó un compromiso cierto y sentido.
Todos estos detalles no fueron un hecho menor y, sin dudas, obraron a favor de una actitud distinta entre la gente a la hora de reponerse de la desazón por la derrota. Esta vez, perder no fue el disparador para reavivar viejos rencores. Los argentinos les dieron cobijo a los jugadores en sus corazones. Dolió caer, más por la forma como esto se produjo. Pero todos entendieron que se dio lo máximo, que hubo vergüenza deportiva y constante actitud a ir de frente.
Frente a un sociedad en crisis valores y de ejemplos, que la excusa de esta cita mundialista haya dejado imágenes tan acabadamente interesantes no deja de ser aleccionador. El ir de frente de Tevez; la frescura y talento de Messi; la inteligencia de Riquelme; la fortaleza de Mascherano; la seriedad y productividad de Ayala; la seguridad de Abbondanzieri, las ganas de Sorín -sólo por destacar algunas actitudes-, movilizan a la reflexión. La que pasó fue una cita deportiva, pero está en nosotros trasladar esas actitudes a la vida diaria y, en especial, transmitirlas a la juventud. Será una buena forma de demostrar que, además de saber apasionarnos, los argentinos aprendimos la fórmula para ser mejores.








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