El triste destino de los poetas
Por Gustavo Martinelli, LA GACETA. Los vates exploran ámbitos emotivos, generalmente asociados con la inestabilidad mental.
02 Julio 2006 Seguir en 
Dicen que escribir cura el espíritu. Sin embargo, un informe publicado por el oscuro periódico “Estudios sobre la muerte” y reproducido por “The New York Times” asegura lo contrario. Aunque al lector le parezca un absurdo, la investigación revela que los poetas mueren antes que los novelistas, los dramaturgos y los escritores de no ficción. Tras procesar varios diccionarios biográficos, el médico James Kaufman halló el siguiente resultado: los poetas vivieron un promedio de 62,2 años, los dramaturgos llegaron hasta los 63,4 años; los novelistas alcanzaron a soplar 66 velitas y los autores de no ficción cumplieron 67,9 primaveras. “La imagen del poeta como una figura clásica, condenada a morir tempranamente, puede ser avalada por los hechos”, resume Kaufman. Sólo basta mencionar el caso de John Keats, fallecido a los 26 años, Lord Byron a los 36 o Arthur Rimbaud a los 37.Claro que esta precocidad de vida de los poetas tiene una razón. Junto a la intensa emoción de su palabra, algunos hacen de su existencia una metáfora fugaz e irrepetible. Después quedan la obra y el mito. Hay casos muy conocidos que dejan helado a cualquiera. Incluso a aquellos que nunca leyeron sus poemas. Sylvia Plath, por ejemplo, se suicidó con gas a los 30 años. Había escrito su primer poema a los ocho años: “Papá, hubiera debido matarte, pero moriste antes de que tuviera tiempo...”. El galés Dylan Thomas murió a los 39 años. Uno de los mejores poetas del siglo XX, el mayor poeta inglés tras Lord Byron, según muchos críticos, acabó con su vida a causa de un coma etílico. El 26 de abril de 1564 falleció el escritor William Shakespeare a los 52 años. El inglés John Keats perdió la vida a los 25 años, víctima de la tuberculosis, y Virginia Woolf, con sus bolsillos cargados de piedras, se arrojó al río Ouse cuando aún no había cumplido los 50. “Si uno rumia mucho, es más probable que se deprima. Y los poetas se la pasan rumiando”, señaló Kaufman a The New York Times. “Su trabajo es solitario y explora ámbitos subjetivos, emotivos, generalmente asociados con la inestabilidad mental”, agregó. Este comportamiento se agrava por la soledad de su trabajo, un aislamiento que no comparten los dramaturgos, ensayistas o biógrafos, que necesitan interactuar con otros individuos para hacer su labor.
Algunos poetas argentinos tampoco escapan de esta suerte de maldición. Alejandra Pizarnik es un claro ejemplo. La escritora se suicidó a los 32 años con una sobredosis de tranquilizantes, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica donde estaba internada. Alfonsina Storni se lanzó al mar a los 46 años. Dos días antes había escrito el famoso poema “Voy a dormir”. Pero pocas historias de tormento son tan terribles como la del célebre Horacio Quiroga: su padre se mató accidentalmente, él mismo asesinó sin querer a un amigo en su adolescencia con un disparo mientras cazaban, sus dos hermanos murieron prematuramente en la juventud y su esposa se mató cuando sólo llevaban casados ocho años, un recurso que luego elegirían sus dos hijos Eglé y Darío. Agobiado por semejante realidad, el escritor terminó sus días a los 59 años tomando veneno.
Pero, como ninguna regla es general, hay poetas que consiguieron vencer este paradigma y llegaron a la vejez sin demasiados espectros sobre sus espaldas. Jorge Luis Borges es uno de ellos. Y también Marguerite Yourcenar. Un tiempo antes de morir, cuando tenía 85 años, la escritora francesa escribió: “Los poetas solamente se deshacen, pero no mueren”.







