01 Septiembre 2002 Seguir en 
En un régimen de tipo de cambio fijo, cuando la autoridad económica decide devaluar una moneda nacional lo que persigue es, esencialmente, mejorar la competitividad externa de la economía a través de un aumento del nivel de exportaciones y reduciendo las importaciones.Si el régimen cambiario imperante se basa en un tipo de cambio variable o flotante, lo mismo se consigue con la depreciación de la moneda local en el mercado de divisas.
Ahora bien, para que una devaluación o depreciación de la moneda traiga aparejado la mejoría deseada en el nivel de competitividad de un país, se requiere que la devaluación no se traslade enteramente, y de manera más o menos inmediata, al nivel de precios doméstico.En este último caso, si la inflación se eleva en el mismo porcentaje que la devaluación o depreciación de la moneda, no hay aliento adicional a las exportaciones ni desaliento a las importaciones.En este sentido estricto, la enorme depreciación que sufrió nuestro peso después del abandono del régimen de convertibilidad debería poder presentarse como un "éxito" de política, puesto que la depreciación del peso resultó hasta ahora sustancialmente mayor que la inflación.
Causas profundas
Pero la situación de la economía argentina actual no puede ser considerada exitosa desde ningún punto de vista, lo que muestra que los problemas más serios de nuestra economía responden a causas más profundas y son imposibles de superar con el simple uso de instrumentos sencillos de política económica tradicional.
Un tipo de cambio más realista en términos de niveles internacionales de productividad, resulta sin dudas una buena noticia para la inserción del sistema productivo argentino en la economía mundial.
Más dudas que esperanzas
Pero cuando esto ocurre en medio de un descalabro financiero, que borra prácticamente de la economía nacional toda voluntad de ahorro genuino; cuando los mercados internacionales de capitales están virtualmente cerrados para el financiamiento de los negocios locales y cuando el horizonte político de corto plazo presenta más dudas que esperanzas ciertas, resulta ilusorio confiar en una recuperación rápida del crecimiento económico.
Y esta es decididamente la prioridad número uno de nuestra economía nacional: volver a crecer.
Claro que únicamente en un marco de crecimiento puede ser encarado, con ciertas chances de éxito, el conjunto de nuestros graves problemas socioeconómicos, que van desde el crecimiento exponencial de los niveles de pobreza hasta la discusión seria y realista de nuestra deuda externa.
Ahora bien, para que una devaluación o depreciación de la moneda traiga aparejado la mejoría deseada en el nivel de competitividad de un país, se requiere que la devaluación no se traslade enteramente, y de manera más o menos inmediata, al nivel de precios doméstico.En este último caso, si la inflación se eleva en el mismo porcentaje que la devaluación o depreciación de la moneda, no hay aliento adicional a las exportaciones ni desaliento a las importaciones.En este sentido estricto, la enorme depreciación que sufrió nuestro peso después del abandono del régimen de convertibilidad debería poder presentarse como un "éxito" de política, puesto que la depreciación del peso resultó hasta ahora sustancialmente mayor que la inflación.
Causas profundas
Pero la situación de la economía argentina actual no puede ser considerada exitosa desde ningún punto de vista, lo que muestra que los problemas más serios de nuestra economía responden a causas más profundas y son imposibles de superar con el simple uso de instrumentos sencillos de política económica tradicional.
Un tipo de cambio más realista en términos de niveles internacionales de productividad, resulta sin dudas una buena noticia para la inserción del sistema productivo argentino en la economía mundial.
Más dudas que esperanzas
Pero cuando esto ocurre en medio de un descalabro financiero, que borra prácticamente de la economía nacional toda voluntad de ahorro genuino; cuando los mercados internacionales de capitales están virtualmente cerrados para el financiamiento de los negocios locales y cuando el horizonte político de corto plazo presenta más dudas que esperanzas ciertas, resulta ilusorio confiar en una recuperación rápida del crecimiento económico.
Y esta es decididamente la prioridad número uno de nuestra economía nacional: volver a crecer.
Claro que únicamente en un marco de crecimiento puede ser encarado, con ciertas chances de éxito, el conjunto de nuestros graves problemas socioeconómicos, que van desde el crecimiento exponencial de los niveles de pobreza hasta la discusión seria y realista de nuestra deuda externa.







