Jornada para la reflexión

27 Mayo 2006
El 196 aniversario de la Primera Junta dejó dos testimonios fundamentales de la realidad nacional en el mismo escenario, la Plaza de Mayo: del Presidente de la Nación y del cardenal primado. En el primer caso, una manifestación político-partidaria; y en el segundo, una exhortación al diálogo para forjar el futuro del país sin caer en las exclusiones, y construir la unidad social.
A casi dos siglos de la gran jornada patria, ambas expresiones fueron consecuencias de una circunstancia que debe preocuparnos: nuestro país no ha podido recuperar la perdida integración nacional que alcanzó en el primer tercio del siglo XX, por la incomunicación de sus dirigencias políticas.
El doctor Néstor Kirchner lo reconoció así tácitamente cuando atribuyó la propiedad política del espacio histórico a Perón y a Evita; y, más aun, a un sector determinado de su partido, ante un auditorio fervoroso reunido mediante un aparato movilizador oficial sin precedentes.
El cardenal primado Jorge Bergoglio había enfatizado durante el previo Tedéum ante el primer mandatario: “el poder nace de la confianza, no de la manipulación, el amedrentamiento o la prepotencia”, como tampoco del “relativo juicio de las encuestas”.
Como pudo advertirse, pues, no fue una jornada de fiesta hacia el bicentenario, sino un acontecimiento para la reflexión sobre el destino incierto que el país enfrenta.
Se ha insistido para disipar esa realidad en que la homilía del cardenal no estaba dirigida al Gobierno, sino a todos los que tienen alguna responsabilidad en la situación; en tanto que el discurso breve del Presidente habría sido un mensaje para construir un país “cada vez más plural”, como si los sesgos repetidos de confrontación hubiesen estado, por fin, ausentes. El masivo auditorio estuvo entretanto más tomado por las consignas reeleccionistas que por la síntesis de éxitos macroeconómicos, en la que no se omitieron duros reproches a quienes, sean o no correligionarios, observan o discrepan de la gestión presidencial. El festejo nacional perdió así su espíritu genuino, para instalar la reelección en el imaginario colectivo.
¿Cómo podría realizarse un cambio de dirección del país -sólo profundizarse, dijo Kirchner dando por cierto que se inició hace tres años- con esa unilateralidad conceptual que orientó el mensaje?
Los hechos están indicando categóricamente que la fórmula operativa pasa por una costosa cooptación. Un método que funcionó en la provincia de Santa Cruz, pero que en el universo nacional ha requerido la sumisión de las mayorías parlamentarias y de los gobernadores provinciales para obtener los medios y, con ellos, el manejo discrecional de los recursos requeridos.
Si a esta batalla inicial no la hubiera ganado el Presidente, el acto de la Plaza de Mayo habría sido distinto; pero no fue así y, por ello también, la homilía de Bergoglio no habría alcanzado a muy buena parte de la clase política que está dando muestras de una impúdica mutación de militancias.
“Desdichado el que cuida a toda costa su espacio e imagen, su pequeño mundito de ambiciones”, apuntó el concepto, inspirado en las bienaventuranzas evangélicas, hacia esas mutaciones de los deberes republicanos confiados por la auténtica pluralidad social.  
¿Será posible que en las cercanías del bicentenario unos y otros, quienes comparten los poderes públicos y los que esperan sus fracasos sin unidad y carencia de un proyecto de alternativas, despejen el agobiante horizonte del país?



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