Papeleras: las fábricas de desatinos

Las relaciones entre Uruguay y la Argentina siguen tensándose por la instalación de dos plantas de celulosa en territorio uruguayo.

05 Marzo 2006
El conflicto entre Argentina y Uruguay por la instalación de dos plantas de celulosa en territorio uruguayo se prolonga, y las fricciones entre ambos países van in crescendo.
Comenzó hace más de dos años por la obstinada oposición a las plantas por parte de los vecinos de Gualeguaychú, que las consideran contaminantes.
En octubre de 2003, los vecinos nucleados en la Asamblea Ambientalista de Gualeguaychú reclamaron la paralización de las obras que realizaba la empresas española ENCE a la vera del río Uruguay y cortaron el puente que une esa localidad con Fray Bentos.
La protesta no fue escuchada y la tensión se acentuó.
Ya en octubre de 2004, el gobernador de Entre Ríos, Jorge Busti, tildó de "gorila" al entonces presidente uruguayo Jorge Battle por autorizar la instalación de la otra planta, que lleva adelante la finlandesa Botnia.
Cuando en marzo de 2005 asumió la presidencia de Uruguay Tabaré Vázquez, lejos de frenar el proyecto, lo aprobó en todos sus términos.
Hasta el momento, fracasaron todas las negociaciones entre ambos países; incluso, en enero, ni siquiera hubo acuerdo entre los representantes de Argentina y Uruguay en la comisión creada para estudiar el riesgo de impacto ambiental por la instalación de las dos papeleras.
Poco después, la situación se agravó cuando los vecinos de Gualeguaychú decidieron cortar las rutas que comunican el país con Uruguay en señal de protesta. Ante esta situación, los uruguayos se consideraron afectados económicamente por la medida de fuerza.
Lejos de procurar un acercamiento y de tratar de destrabar el conflicto por la vía diplomática, desde las dos partes en pugna, tanto funcionarios como directivos de diferentes organizaciones, siguieron echando leña al fuego. Ante cada acción, una reacción.
En estas circunstancias, hace algunas semanas el Gobierno argentino amenazó con llevar el caso a la Corte Internacional de La Haya, aduciendo una supuesta violación por parte de Uruguay al Tratado de 1975 que regula el régimen del río.
Según la mayoría de los analistas, el anuncio argentino de acudir a la Corte no tiene ningún asidero. Primero, porque el organismo no tiene antecedentes en litigios por temas similares.
Segundo, porque en caso de expedirse la Corte, no lo haría antes de tres o cuatro años. Tercero, porque no ordenará como medida cautelar la suspensión de las obras de las papeleras. El canciller argentino, Jorge Taiana, reconoció que hasta que se sustancie esa medida pasará más de un año. Y podría agregarse un cuarto e importante aspecto, en el sentido de que la Corte ni siquiera accedió a prevenir ni siquiera los ensayos nucleares. Fue en 1995, cuando Nueva Zelanda acudió al alto tribunal internacional para reclamar por la reiniciación de los ensayos nucleares de Francia en el Pacífico Sur.
Ahora, Argentina pretende que se detenga la construcción de las papeleras, alegando que el dióxido de cloro empleado para el blanqueado de la pulpa afectará parte de la Mesopotamia. Desde Uruguay no hay indicios de que vaya a detenerse la construcción de las dos plantas. No obstante, si Uruguay tiene las de ganar en materia jurídica e incluso política, no es menos cierto que los países seguirán necesitándose económicamente el uno al otro.
Las fábricas en funcionamiento (estarían listas a fines de 2007 y fines de 2008, respectivamente) requerirán abastecimiento, servicios y recursos humanos uruguayos y argentinos; en materia turística, Uruguay podría ser el más perjudicado.
Técnicos del gobierno uruguayo están estudiando la posibilidad de desviar hacia el río Negro los efluentes de las plantas de celulosa. La obra no sería de alto costo y daría fin al conflicto. Al menos, es una luz de esperanza en medio de tantos desatinos.
Casi ningún país podría darse el lujo de rechazar una inversión conjunta de U$S 1.800 millones.


PUNTOS DE VISTA
Muchos gestos y poca diplomacia
Por Roberto Starke - Consultor político y profesor universitario

Se supone que una negociación diplomática entre países vecinos tiene una faz pública y una reservada. La primera implica descubrir lo acordado a la luz pública para hacer conocer las coincidencias a las que se ha llegado o, en caso contrario, porque se lo quiere utilizar como un recurso de poder en la negociación. La reserva o incluso el secreto en una negociación diplomática permite a los negociadores manejarse con mayor comodidad sin someterse a la presión de factores externos. La negociación en torno del conflicto de las papeleras entre la Argentina y el Uruguay desconcertó a los mejores analistas internacionales. Nunca se vio tanto alboroto público alrededor de una negociación, cuyo escalamiento es cada vez más sensible y preocupante. Suelen decir los clásicos de la diplomacia internacional: "la enemistad la que crea el conflicto y no el conflicto a la enemistad". Este enredo en el que están inmersos los dos presidentes es un claro ejemplo de ello. Solo una potencial enemistad entre Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez puede explicar hoy el grado de deterioro en las relaciones entre los dos países. Enemistad que es sólo personal.
Se añade la acumulación de tensiones alentadas por la clase política de ambas orillas, que no se caracteriza, salvo excepciones, por la prudencia ni por su lucidez. A su vez, esto levantó los ánimos a las respectivas opiniones públicas que, merced a la presión mediática, tornaron el diferendo en una disputa deportiva en el que el empate se considera una derrota. En síntesis, muchos gestos y poca diplomacia.
Sólo la reserva puede encauzar esta negociación en pos de resultados relativamente sensatos. Esto incluye una hoja de ruta responsablemente negociada entre los dos países, que involucre un cronograma con los pasos a dar y una descripción de los resultados a obtener por las dos partes en las sucesivas etapas. Mientras sigamos dirimiendo este tema en las asambleas, en los medios de comunicación y en las encuestas de opinión, la posibilidad de un acercamiento es muy remota. En un escenario en el que sólo prosperan las arengas, en detrimento de las conversaciones recluidas y serias, el conflicto se extenderá en el tiempo con el consiguiente desgaste de los dos países frente al desconcierto regional e internacional. (Exclusivo para LA GACETA)

Nos falta experiencia en este tipo de conflictos
Por Sergio Berensztein - Doctor en Ciencias Políticas, profesor de la universidad Torcuato di Tella y de la Universidad de Duke (EEUU)

El problema suscitado entre Argentina y Uruguay hay que tomarlo como una nueva forma de conflictos bilaterales, porque es la primera vez que tenemos controversias por el medio ambiente. Esta es una situación novedosa para todos los actores.
Existe una lógica inexperiencia acerca de cómo se negocian estas situaciones, de cuáles son las características de estos conflictos y de qué repercusiones tienen en las economías locales.
Tampoco tenemos cancillerías, en ninguno de ambos lados, con experiencia en negociaciones sobre estos asuntos. Y hay un desconocimiento bastante generalizado de la opinión pública. Por ejemplo, pensamos que el hombre puede no generar polución. Eso es falso, porque producimos un impacto ambiental por casi todo lo que hacemos.
Entonces, la pregunta es si el impacto ambiental que genera la actividad del hombre tiene sentido y si se puede compensar de alguna manera o disminuirla a su mínima expresión.
Además, siempre hay actores que se aprovechan de estas situaciones para fortalecer su posición interna, ya sean políticos, como el gobernador de Entre Ríos, Jorge Busti; organizaciones no gubernamentales que se dedican a cuestiones de medio ambiente, a veces un poco radicalizadas como Greenpeace, u organizaciones locales.
En este escenario, hay un grave problema de comunicación, lo que le agrega complejidad a las negociaciones porque se privilegia la cuestión doméstica sobre la internacional. Toda negociación es vista como una claudicación ante las pretensiones uruguayas de arruinar el medio ambiente. También así presionamos a Uruguay para que se vaya del Mercosur. (Exclusivo para LA GACETA)

Ninguno de los actores hace bien las cosas
Por Julio Cirino - Analista Internacional - Conductor del programa "la caja de pandora", R. Colonia

En principio no se están haciendo bien las cosas, porque el conflicto no parece entrar en vías de solución.
El primer problema de esta controversia es que la Argentina pasó a la vía del hecho. Se puede tener una discusión sobre un determinado tema, pero si uno de los dos que discuten le pega al otro, ya se pasó a la vía del hecho. Cuando la Argentina cortó el tránsito internacional y afectó a Uruguay, a Brasil y a Chile, pasó a la vía del hecho. Esto difícilmente será aceptado ni por la Corte Internacional de La Haya, ni por el Mercosur o la OEA. Algo parecido sucedió con la Guerra de las Malvinas. Por eso, Uruguay no aceptará sentarse a negociar en medio de una actitud de hecho y, además, ilegal por parte de la Argentina.
En el país, funcionan 10 plantas que producen pasta de celulosa; la que más contamina es la de Papel Prensa. De las 10, nueve tienen tecnología obsoleta: utilizan cloro. Una sola, de capitales chilenos, tiene una tecnología algo más moderna (de los 80). Y todas ellas están autorizadas.
Entonces, ¿cómo explica la Argentina que el Gobierno apruebe el funcionamiento en territorio nacional de plantas con tecnología obsoleta, pero se oponga a que plantas con tecnología más moderna funcionen en un país vecino?
El otro grave problema es lo que hizo el presidente Néstor Kirchner en el Congreso, cuando le pidió al presidente uruguayo Tabaré Vázquez que les ordene a las empresas privadas que suspendan las obras de las papeleras, que oportunamente autorizó. De eso devendría lucro cesante y alguien lo tendrá que pagar.
El error de las papeleras es que no fueron claras y no dieron toda la información necesaria. Hoy es imprescindible que Kirchner y Tabaré Vázquez se sienten a dialogar. Pero, Vázquez no puede sentarse a negociar si no levantan los cortes y Kirchner no puede reconocer en público que él ordenó esos cortes. (Exclusivo para LA GACETA)

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