La brecha social

Efectos de transitar cinco años en cincuenta. Por Marcelo Batiz.

26 Febrero 2006
BUENOS AIRES.- La difusión de la noticia hace pocos días acerca de un retroceso en la redistribución del ingreso representó un enojo por partida doble para el presidente Néstor Kirchner y su ministra Felisa Miceli: además de ser negativa, no podía ser atribuida a ningún medio de prensa en particular, ya que había sido el propio Gobierno, a través del Indec, el encargado de darla a conocer.
Más allá de la reiteración de esa actitud tan menemista de echarle la culpa a las propias estadísticas oficiales por no estar a tono con el discurso oficial, los números muestran que en el tercer trimestre del año pasado el decil más rico de la población tenía ingresos 32 veces superiores al 10% más pobre. Nada indica que desde entonces la brecha se haya reducido; por el contrario, una depreciación del 5% en el peso favoreció a los tenedores de dólares y euros y a quienes poseen activos indexados por CER (¿hace falta aclarar en qué decil se encuentran?) y una inflación similar perjudicó a quienes viven de un ingreso fijo.
Pero las estadísticas generan el riesgo de no dar una visión completa de la realidad si no se las complementan con otros datos, algunos de ellos aportados por el propio Indec. Si la información muestra que en el reparto de la torta, la porción mayor es 32 veces más grande que la menor, habrá que considerar también que en gran parte del país la diferencia es mayor y, por otra parte, que la torta es prácticamente la misma que hace medio siglo.
Si bien los datos oficiales no ofrecen una discriminación de la distribución del ingreso por provincia, sí lo hacen en el caso del Gran Buenos Aires, donde la diferencia entre los dos extremos es de 25 a 1. De ello puede inferirse que si a la muestra general se le excluye al GBA, la brecha en el resto del país es superior al 32 a 1 de los números globales.
Pero la gravedad de la desigualdad socieconómica que reflejan los números cobra una dimensión dramática si se considera, además, el estancamiento de la economía argentina de las últimas décadas, en las que períodos de relativa bonanza son seguidos recesiones cada vez más hondas. Sin caer en el debate estéril sobre si el crecimiento es anterior a la distribución o a la inversa, el estudio de la evolución económica de la Argentina y Brasil en los últimos 50 años es imprescindible no sólo para entender la actualidad de ambos países, sino también para comprobar que el reparto del ingreso en la Argentina es doblemente regresivo.

Diferencias
Desde 1955 hasta la actualidad, la economía argentina creció apenas un 240%, mientras que la brasileña lo hizo en un 1.200%. En la medición del producto por habitante la diferencia es menor, ya que la población del país vecino creció a una tasa mayor a la nuestra, aunque igualmente es apabullante: 63% para la Argentina, 321% para el país vecino.
Por estos días, Brasil celebra el medio siglo de la asunción presidencial de Juscelino Kubitschek, quizás el dirigente de la región que con mayor claridad comprendió en la segunda mitad del siglo XX que para terminar con el atraso y la marginación social había que acelerar el crecimiento y la modificación de las estructuras económicas heredadas del siglo XIX. Su programa se sintetizaba en una consigna que revelaba la necesidad de actuar con urgencia: "Cincuenta años en cinco". Al momento de proclamarlo, el PBI brasileño era inferior al argentino. Hoy lo triplica. Y si las desigualdades sociales de Brasil están lejos de haber sido resueltas, la tendencia argentina en la materia es mucho más preocupante si se tiene en cuenta el punto de partida de cada país hace medio siglo.
Para el 10% más pobre de los argentinos, se trata de mucho más que una cuestión de números. Son la consecuencia de años de decisiones incorrectas que desembocaron en un proceso inverso al diseñado por Kubitschek. No podía ser otro el resultado para un país que transitó cinco años en cincuenta. (DyN)


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