El imperativo de descentralizar

La concentración de locales de varios pisos en el centro histórico y en el área central es un gran problema de la ciudad.

13 Diciembre 2005
Los problemas de la ciudad de San Miguel de Tucumán pueden verse, sin duda, desde distintas perspectivas. Ellas cubren un amplio arco, desde la proliferación de la venta callejera hasta la remisería ilegal, pasando por el desorden del tránsito o la falta de cultura del peatón, para citar algunos puntos. Pero pensamos que, por lo general, las autoridades no han entrado a estudiar, con la profundidad que debieran (y por tanto, no implementan soluciones), el asunto clave. Hablamos de la desmesurada concentración de locales de varios pisos en el centro histórico y en el área central de la ciudad. De allí parte la inmensa mayoría de los problemas.
Nuestra ciudad -única del país que conserva intacto el casco original de su fundación- obviamente no fue calculada para la impresionante carga de edificios en altura que tiene; carga que, de acuerdo con anuncios recientes, en breve plazo se habrá de multiplicar. Es obvio decir que cada construcción de este tipo no hace sino agregar mayores requerimientos a la sobresaturada superficie de unas cuantas manzanas. Si se razona sobre las causas de los innumerables desequilibrios urbanos que soportamos, no puede sino concluirse que ellos se deben a la exacerbada centralidad que padecemos, generada por una desenfrenada construcción en altura y la concentración de actividades o usos del suelo con actividades de gran afluencia.
No se trata, por cierto, de propiciar una veda para levantar esos locales de varios pisos, que constituyen la lógica respuesta de la arquitectura a la cantidad cada vez mayor de requerimientos en materia de espacio. Lo necesario es otorgar la racionalidad debida a esa proliferación. Esto es, propiciar que tales construcciones no se concentren en el centro histórico, sino que se distribuyan racionalmente por otras partes de la ciudad, donde no se crearían los problemas que en aquel nos inquietan.
Para estos fines se pueden utilizar recursos, como fuertes deducciones de impuestos y tasas, además de la ampliación y extensión de los servicios de infraestructura necesarios. De manera que el inversor encuentre más atractivo emplazar su edificio en otras zonas de la urbe, que no están afectadas por la hiperconcentración del centro. Esto debe correr paralelo, además, con una regulación sobre las actividades que se siguen aumentando y superponiendo, en una ciudad que ya no tiene espacio para ellas.
Como en tantos otros asuntos de significación, no es posible adoptar medidas aisladas en el que nos ocupa. Debe diseñarse una verdadera política de Estado, que recoja los estudios y las conclusiones de los expertos en esos temas . Y además, la política que se establezca debe tener continuidad y convertirse, de tal manera, en una excepción, donde la tradición manda que cada equipo considere mal hecho lo que realizó el anterior, y proceda a desactivarlo, o iniciar el camino contrario.
Es, como lo decimos al comienzo, el gran tema de la ciudad del futuro inmediato, cuyas líneas troncales deben establecerse sin pérdida de tiempo. La frenética construcción en altura y la irracional concentración de todo tipo de actividades en unas pocas cuadras, vienen deteriorando sistemáticamente, desde hace décadas, el valor estético y patrimonial de la ciudad.
Es decir que estamos ante un verdadero dilema: la regulación inteligente o el caos. Hay una armonía ambiental y funcional que está desarticulada, y que es urgente rearmar de acuerdo con otras pautas. Mientras no se tome el debido peso a lo que decimos, continuará -agravado- el inquietante proceso actual, cuyos inconvenientes tienen características cada vez más agudas, según lo que todos podemos percibir.




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