11 Diciembre 2005 Seguir en 
En el cuento “En el cometa”, Arthur C. Clarke imagina a un grupo de astronautas que se encuentran en emergencia porque las computadoras de a bordo han sufrido un desperfecto y no les permiten calcular la trayectoria de regreso a la Tierra. Uno de los tripulantes recuerda el uso de los ábacos, unos sencillos instrumentos mecánicos para realizar cálculos matemáticos que aún se usaban hace medio siglo en las escuelas argentinas para enseñar las operaciones elementales. El problema de los cosmonautas se soluciona cuando resuelven construir ábacos y trabajar en conjunto en el cálculo, hasta que consiguen determinar la trayectoria que los lleva de vuelta a casa. Clarke no hace otra cosa que dramatizar los peligros que entraña la creciente dependencia que han desarrollado los seres humanos respecto de los dispositivos electrónicos, al punto que ya existe una infinidad de tareas imposibles de concretar sin la ayuda de la tecnología.
El arte no escapa a esta tendencia. En el teatro se están utilizando cada vez más los micrófonos inalámbricos para captar la voz de los actores y amplificarla a través de un sistema de parlantes. Resulta de gran utilidad en las comedias musicales, en las que la voz del actor-cantante debe imponerse sobre el poderoso volumen de la orquesta. Pero el recurso se ha generalizado, y hoy en día, en los teatros de la calle Corrientes de Buenos Aires, son escasos los espectáculos en los que no se lo utiliza. Muchos actores -sobre todo aquellos que han surgido de la televisión- explican que el uso de la amplificación les permite ofrecer una interpretación intimista sin que el público deje de escuchar el texto. Lo cierto es que algunos serían incapaces de hacerse oír sin la ayuda de los aparatos, porque no dominan las técnicas para una correcta emisión de la voz. Los viejos hombres de teatro -y muchos espectadores- prefieren sufrir algunos problemas de audición a cambio de no sacrificar los planos naturales del sonido que se emite desde distintos puntos del escenario.
La excesiva dependencia de la tecnología no es patrimonio exclusivo de los adultos. Los niños consultados por nuestro suplemento Hogar acerca de qué tipo de regalos esperaban en su día, se inclinaron en su mayoría por teléfonos celulares o juegos electrónicos. Muy pocos recordaron viejos entretenimientos como los rompecabezas, o rescataron el valor de juegos grupales como la “pilladita” o las escondidas. No puede extrañar esta tendencia, en una realidad en la que los adultos han transformado la tecnología y los aparatos sofisticados en verdaderos elementos de culto. No se trata de abolir las computadoras ni de reemplazarlas por trompos; menos aún de vetar el empleo de un instrumento de comunicación de gran eficacia como el teléfono celular. Se trata de equilibrar el uso de los adelantos tecnológicos para aumentar nuestro confort sin dejar que nos conviertan en sus esclavos servidores.
Julio Cortázar lo dijo con claridad en “Historias de Cronopios y de Famas”, en el maravilloso “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj”. Decía allí que cuando a uno le regalan un reloj, en realidad le regalan “el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalo, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.
Un conocido anuncio televisivo muestra a un niño entretenido con la caja de cartón de un costoso juguete y destaca la actitud inocente del pequeño. “No tiene precio”, dice el locutor mientras se ve al niño fascinado con la caja. Pero es cuestión de tiempo: ya aprenderá que lo que debe apreciar estaba dentro del envase, y se convencerá de que esos cartones son basura, y no el fabuloso vehículo, la misteriosa gruta o el indescriptible elemento vedado a los adultos que ve su imaginación aún no domesticada.
El arte no escapa a esta tendencia. En el teatro se están utilizando cada vez más los micrófonos inalámbricos para captar la voz de los actores y amplificarla a través de un sistema de parlantes. Resulta de gran utilidad en las comedias musicales, en las que la voz del actor-cantante debe imponerse sobre el poderoso volumen de la orquesta. Pero el recurso se ha generalizado, y hoy en día, en los teatros de la calle Corrientes de Buenos Aires, son escasos los espectáculos en los que no se lo utiliza. Muchos actores -sobre todo aquellos que han surgido de la televisión- explican que el uso de la amplificación les permite ofrecer una interpretación intimista sin que el público deje de escuchar el texto. Lo cierto es que algunos serían incapaces de hacerse oír sin la ayuda de los aparatos, porque no dominan las técnicas para una correcta emisión de la voz. Los viejos hombres de teatro -y muchos espectadores- prefieren sufrir algunos problemas de audición a cambio de no sacrificar los planos naturales del sonido que se emite desde distintos puntos del escenario.
La excesiva dependencia de la tecnología no es patrimonio exclusivo de los adultos. Los niños consultados por nuestro suplemento Hogar acerca de qué tipo de regalos esperaban en su día, se inclinaron en su mayoría por teléfonos celulares o juegos electrónicos. Muy pocos recordaron viejos entretenimientos como los rompecabezas, o rescataron el valor de juegos grupales como la “pilladita” o las escondidas. No puede extrañar esta tendencia, en una realidad en la que los adultos han transformado la tecnología y los aparatos sofisticados en verdaderos elementos de culto. No se trata de abolir las computadoras ni de reemplazarlas por trompos; menos aún de vetar el empleo de un instrumento de comunicación de gran eficacia como el teléfono celular. Se trata de equilibrar el uso de los adelantos tecnológicos para aumentar nuestro confort sin dejar que nos conviertan en sus esclavos servidores.
Julio Cortázar lo dijo con claridad en “Historias de Cronopios y de Famas”, en el maravilloso “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj”. Decía allí que cuando a uno le regalan un reloj, en realidad le regalan “el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalo, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.
Un conocido anuncio televisivo muestra a un niño entretenido con la caja de cartón de un costoso juguete y destaca la actitud inocente del pequeño. “No tiene precio”, dice el locutor mientras se ve al niño fascinado con la caja. Pero es cuestión de tiempo: ya aprenderá que lo que debe apreciar estaba dentro del envase, y se convencerá de que esos cartones son basura, y no el fabuloso vehículo, la misteriosa gruta o el indescriptible elemento vedado a los adultos que ve su imaginación aún no domesticada.







