10 Diciembre 2005 Seguir en 
En 1966, el general Juan Carlos Onganía, primer presidente de la "Revolución Argentina", dictó una ley por la cual se cerraron once fábricas azucareras en Tucumán. La medida ocasionó un profundo drama social que llevó a más de 100.000 tucumanos que quedaron sin trabajo a emigrar a Buenos Aires; gran parte de esos comprovincianos pasó a engrosar las villas miseria porteñas. Con el paso de los años, el interior de la provincia siguió sufriendo fuertes golpes a su economía y las posibilidades de encontrar una vida digna en cada lugar eran cada vez menores. El levantamiento del ferrocarril fue tal vez la última estocada porque cientos de poblaciones que subsistieron durante años, gracias al tren, se convirtieron en pueblos moribundos. A falta de esperanzas, sus jóvenes comenzaron a emigrar a San Miguel de Tucumán o a otras provincias en busca de mejores oportunidades.Pero esta crisis crónica también tuvo como causas, entre otras, la debacle educativa que se ahondó en los últimos lustros o la desaparición de organismos de probada eficacia como lo fue el Consejo Provincial de Difusión Cultural (CPDC), que promovía las artes en la capital y en el interior, incentivando a los artistas y formando jóvenes. Era, por cierto, un modo de recrear la esperanza en cada comunidad. El interior tucumano fue abandonado lentamente por los sucesivos gobiernos, que tampoco se preocuparon por construir escuelas primarias y colegios secundarios.
Consciente de las necesidades de los cientos de alumnos que no podían acceder a estudios universitarios por falta de recursos económicos que les impedían viajar a la capital, la Universidad Nacional de Tucumán instaló una sede en Aguilares, y al cabo de los años, su iniciativa fue imitada por la Unsta, que puso una filial en Concepción. A nivel universitario, se hicieron otros avances al respecto. Sin embargo, hay cientos de localidades, donde los chicos no pueden continuar sus estudios secundarios. El caso de Choromoro, ubicado en el departamento de Trancas, a 67 kilómetros de San Miguel de Tucumán, es emblemático. En nuestra edición de 7/12, los adolescentes de ese lugar afirman que anhelan el progreso, pero que el suyo es un pueblo olvidado y que muchos de ellos sienten la necesidad de emigrar hacia la capital. Ello se debe, entre otras razones, a que en la única escuela que poseen no se dicta el Polimodal; sólo tienen hasta EGB 3. "Hace falta infraestructura. En esta escuela, por ejemplo, sólo contamos con ocho aulas para 270 alumnos, pero tenemos que incluir nuevos contenidos y recibir más alumnos. Necesitamos un edificio nuevo, de manera que los jóvenes no deban viajar hasta Chuscha -distante a 13 kilómetros- para terminar sus estudios", explicaba su directora. El delegado comunal admitió que hay pocas actividades a las que los jóvenes pueden dedicarse en la zona. La principal fuente de trabajo es el cultivo de verduras y hortalizas. Pero esos empleos son sólo temporales y en el período en que no hay cosecha los pobladores deben mantenerse haciendo "changas".
A diferencia de otros poblados, Choromoro cuenta con hermosos paisajes y con un rico patrimonio arqueológico que podrían ser explotados turísticamente si se construyera una hostería o un museo y se solucionara el crónico problema de la falta de agua potable. Ello, sin duda, generaría fuentes de trabajo y contribuiría a reforzar la identidad de sus pobladores, dueños de fragmentos de un importante pasado indígena. Si existiera aún el CPDC, seguramente, los jóvenes ya habrían armado sus propios elencos teatrales o conjuntos musicales.
Economía y educación dignas son las claves de todo progreso. Es hora de que alguna vez lo aprendamos.
Consciente de las necesidades de los cientos de alumnos que no podían acceder a estudios universitarios por falta de recursos económicos que les impedían viajar a la capital, la Universidad Nacional de Tucumán instaló una sede en Aguilares, y al cabo de los años, su iniciativa fue imitada por la Unsta, que puso una filial en Concepción. A nivel universitario, se hicieron otros avances al respecto. Sin embargo, hay cientos de localidades, donde los chicos no pueden continuar sus estudios secundarios. El caso de Choromoro, ubicado en el departamento de Trancas, a 67 kilómetros de San Miguel de Tucumán, es emblemático. En nuestra edición de 7/12, los adolescentes de ese lugar afirman que anhelan el progreso, pero que el suyo es un pueblo olvidado y que muchos de ellos sienten la necesidad de emigrar hacia la capital. Ello se debe, entre otras razones, a que en la única escuela que poseen no se dicta el Polimodal; sólo tienen hasta EGB 3. "Hace falta infraestructura. En esta escuela, por ejemplo, sólo contamos con ocho aulas para 270 alumnos, pero tenemos que incluir nuevos contenidos y recibir más alumnos. Necesitamos un edificio nuevo, de manera que los jóvenes no deban viajar hasta Chuscha -distante a 13 kilómetros- para terminar sus estudios", explicaba su directora. El delegado comunal admitió que hay pocas actividades a las que los jóvenes pueden dedicarse en la zona. La principal fuente de trabajo es el cultivo de verduras y hortalizas. Pero esos empleos son sólo temporales y en el período en que no hay cosecha los pobladores deben mantenerse haciendo "changas".
A diferencia de otros poblados, Choromoro cuenta con hermosos paisajes y con un rico patrimonio arqueológico que podrían ser explotados turísticamente si se construyera una hostería o un museo y se solucionara el crónico problema de la falta de agua potable. Ello, sin duda, generaría fuentes de trabajo y contribuiría a reforzar la identidad de sus pobladores, dueños de fragmentos de un importante pasado indígena. Si existiera aún el CPDC, seguramente, los jóvenes ya habrían armado sus propios elencos teatrales o conjuntos musicales.
Economía y educación dignas son las claves de todo progreso. Es hora de que alguna vez lo aprendamos.







