06 Diciembre 2005 Seguir en 
María Brunet recorre con un marco pequeño el espacio buscando qué elementos reales enmarcar; Alejandra Mizrahi no deja de colocarse en los ojos gotas de solución fisiológica, y mientras Coqui Méndez escribe una poesía bajo la pertinaz lluvia, Manuel Carlino trabaja con la fotocopiadora para ampliar, una y otra vez, una carta, en un proceso en que la escritura quedará diluida.
¿Qué tienen de común todos estos actos? La performance, un género artístico tan visitado por las artes visuales como por el teatro, y que por tanto, nunca termina de definirse, sino por su condición de hibridez. Se trata de acciones en las que el artista, además de objetos, utiliza principalmente su cuerpo para presentar toda su obra.
La semana pasada, en la Facultad de Artes se hizo un festival de performance con los participantes del taller que dictó el performer santafesino Martín Molinaro. Desde las 19.30 hasta pasadas las 22 se sucedieron ininterrumpidamente en espacios abiertos y cerrados del edificio de Bolívar al 700, más de una decena de acciones.
Interpretaciones
Algunas de las acciones resultaban sencillas de interpretar, al menos para aquellos que siempre están atentos a buscar las significaciones del arte: Geli González, construyendo un poco visible dibujo horizontal en el pizarrón de un aula, en un verdadero ejercicio con la línea; Paula Aguilar envolviéndose completamente al modo de una encomienda en el patio central de la Facultad, o Carla Grunauer cavando en la tierra un espacio delimitado que luego fue cubierto por la propia tierra.
Constanza González, por su parte, ascendió por una escalera para escribir en lo alto de un muro un texto que nadie podrá leer, a menos que trepe la escalera. Y María Albarracín dejó marcada una línea en una pared a fuerza de golpes con la hamaca en movimiento.
En otras performances, como en la del propio Molinaro, las acciones se multiplicaron en el piso y en las paredes, con la tierra y con el agua, en una escalera y en una bicicleta, y entonces, las pistas del sentido se debilitan, y muchos terminan preguntándose: "¿qué?". Sobre todo cuando el artista se exige hasta utilizar su propia cara para trazar líneas de color en uno de los muros.
No faltó tampoco el toque romántico de la noche: el artista Rolando Juárez, mientras sonaba un meloso bolero, quemó dos inmensas imágenes de una pareja, y parecía concluir que la pasión en realidad consume al amor.
¿Qué tienen de común todos estos actos? La performance, un género artístico tan visitado por las artes visuales como por el teatro, y que por tanto, nunca termina de definirse, sino por su condición de hibridez. Se trata de acciones en las que el artista, además de objetos, utiliza principalmente su cuerpo para presentar toda su obra.
La semana pasada, en la Facultad de Artes se hizo un festival de performance con los participantes del taller que dictó el performer santafesino Martín Molinaro. Desde las 19.30 hasta pasadas las 22 se sucedieron ininterrumpidamente en espacios abiertos y cerrados del edificio de Bolívar al 700, más de una decena de acciones.
Interpretaciones
Algunas de las acciones resultaban sencillas de interpretar, al menos para aquellos que siempre están atentos a buscar las significaciones del arte: Geli González, construyendo un poco visible dibujo horizontal en el pizarrón de un aula, en un verdadero ejercicio con la línea; Paula Aguilar envolviéndose completamente al modo de una encomienda en el patio central de la Facultad, o Carla Grunauer cavando en la tierra un espacio delimitado que luego fue cubierto por la propia tierra.
Constanza González, por su parte, ascendió por una escalera para escribir en lo alto de un muro un texto que nadie podrá leer, a menos que trepe la escalera. Y María Albarracín dejó marcada una línea en una pared a fuerza de golpes con la hamaca en movimiento.
En otras performances, como en la del propio Molinaro, las acciones se multiplicaron en el piso y en las paredes, con la tierra y con el agua, en una escalera y en una bicicleta, y entonces, las pistas del sentido se debilitan, y muchos terminan preguntándose: "¿qué?". Sobre todo cuando el artista se exige hasta utilizar su propia cara para trazar líneas de color en uno de los muros.
No faltó tampoco el toque romántico de la noche: el artista Rolando Juárez, mientras sonaba un meloso bolero, quemó dos inmensas imágenes de una pareja, y parecía concluir que la pasión en realidad consume al amor.
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