"El sistema no debe ser homogéneo"

Por Susana Maidana, doctora en Filosofía-docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.

30 Octubre 2005
Entre los signos que caracterizan esta época sobresale no sólo el debilitamiento de las democracias, sino la confusión respecto del papel que ellas representan en las sociedades contemporáneas. Uno de los síntomas de esa anemia es el progresivo proceso de desgaste y deserción del Estado. Este es uno de los elementos que explican que la gente haya priorizado la presencia estatal a la hora de emitir su opinión en las urnas. Pero ello no basta. Queda aún un largo camino por recorrer para consolidar la madurez de las instituciones.
El desafío actual es emprender la construcción de un verdadero sistema republicano, que no se caracteriza por la homogeneidad. El voto es uno de sus principales componentes, y su esencia radica en su potencialidad representativa; en ser el instrumento que posibilita la expresión de los intereses de los ciudadanos. Como contrapartida, una de las falsas perspectivas que se infieren de los discursos de los últimos días es centrar la función del voto en la delegación y legitimación del poder, lo que desvirtúa su sentido.
La existencia de los partidos políticos es otro de los factores que hacen al juego democrático en un país. Sin embargo, las elecciones pusieron al descubierto el carácter escuálido de estas instituciones, casi a punto de desaparecer. Esta llamativa ausencia es una de las huellas que dejaron un proceso que destruyó los organismos de mediación entre el Estado y los ciudadanos, lo que, a su vez, originó modos personalistas de ejercer el poder y un creciente atomismo e indiferencia social.