18 Octubre 2005 Seguir en 
Un horizonte de incertidumbre, nubarrones como perspectivas. Ese será el escenario de corto y mediano plazo en el que trajinarán sus días buena parte de los productores del extremo sur de la provincia. Y es probable que la actividad productiva de Tucumán sume otro desasosiego ante la decisión política de impulsar recortes en la producción tabacalera.
La sinceridad del secretario de Agricultura, Miguel Campos, cuando anticipó su idea de generar una reconversión de los cultivos de tabaco, mostró no sólo su torpeza política; desnudó también una desconexión evidente con las autoridades provinciales. Pero, básicamente, hizo trascender que en el Gobierno provincial no estaban preparados para enfrentar una definición de este tipo, que de buenas a primeras acarrearía desplazamientos sociales y un trasiego económico de una hondura todavía incalculable.
Aunque la reacción en busca de alternativas para soportar el chubasco ganó fuerza en las palabras de los funcionarios del Ministerio de Desarrollo Productivo, es claro que esa distancia con la dura realidad sacó nuevamente a luz la dificultad que se tiene para anticiparse a las crisis.
Meses atrás, la superproducción del citrus tucumano, una actividad infinitamente más grande que el tabaco y con un peso económico mayor, sólo ganó un espacio en la agenda oficial después de que aparecieron limones tirados en la vera de la ruta.
Algunas diferencias y reclamos de los productores de limón encontraron el eco esperado ya avanzada la campaña. Ahora, con la creación de la Mesa del Citrus, un ámbito donde el Gobierno, la Legislatura y los empresarios debatirán el rumbo y las necesidades de la actividad, el cauce de las cosas parece en su lugar.
Pero, el caso del tabaco es también una contradicción de la globalidad.
El sector sustenta en gran medida su actividad con el apoyo del Fondo Especial del Tabaco, una ley que sobrevivió a la política neoliberal de los 90 y a los desesperados intentos del fisco por eliminar gastos.
La voluntad del Congreso de la Nación y la férrea defensa de los tabacaleros fue central en la permanencia del beneficio.
Ahora, las leyes contra el tabaquismo y las disposiciones internacionales a las que se adhirió la Argentina ponen en jaque directamente a toda la actividad. Ese apoyo (una suerte de subsidio) distribuye unos $ 240 millones al año entre los productores de Salta, Jujuy, Misiones, Chaco, Catamarca, Corrientes y Tucumán. Aquí se reparten unos $ 17 millones.
El secretario Campos tampoco tranquilizó a los tucumanos cuando comparó el proceso que se viene con la brutal reconversión de los años 60 de la actividad azucarera.
Aquello derivó en un cierre de 11 ingenios; en una gigantesca emigración de trabajadores hacia la Capital Federal y el conurbano bonaerense; en la instalación de pequeñas fábricas que apenas si sobrevivieron, y en la profundización de una crisis económica y social que aún hoy tiene secuelas. Aunque la historia y los sectores son distintos, este golpe impactará en unas 20.000 personas que viven del sector, especialmente de los departamentos Alberdi, La Cocha y Graneros.
Y serían unos 2.000 pequeños productores, para quienes el tabaco es una actividad de subsistencia, quienes llevarían la peor parte: no podrían seguir el camino de los más grandes del sector que ya vienen migrando de cultivo ante la mejor rentabilidad que ofrecen el limón, el trigo, la soja y el arándano.
"Hay buena voluntad de los funcionarios, es cierto; pero, a veces, actúan como bomberos, porque salen a apagar incendios ante los problemas que van más rápido", graficó un empresario y ex integrante del gabinete.
Una provincia que ha mejorado su presente y muestra fortalezas en muchos de los estándares de su economía debería hoy construir su rumbo a base de estrategias seguras, de previsiones y de pautas integradoras que le impriman una mejor calidad en la gestión. Ninguna otra crisis tendría que ocurrir.
La sinceridad del secretario de Agricultura, Miguel Campos, cuando anticipó su idea de generar una reconversión de los cultivos de tabaco, mostró no sólo su torpeza política; desnudó también una desconexión evidente con las autoridades provinciales. Pero, básicamente, hizo trascender que en el Gobierno provincial no estaban preparados para enfrentar una definición de este tipo, que de buenas a primeras acarrearía desplazamientos sociales y un trasiego económico de una hondura todavía incalculable.
Aunque la reacción en busca de alternativas para soportar el chubasco ganó fuerza en las palabras de los funcionarios del Ministerio de Desarrollo Productivo, es claro que esa distancia con la dura realidad sacó nuevamente a luz la dificultad que se tiene para anticiparse a las crisis.
Meses atrás, la superproducción del citrus tucumano, una actividad infinitamente más grande que el tabaco y con un peso económico mayor, sólo ganó un espacio en la agenda oficial después de que aparecieron limones tirados en la vera de la ruta.
Algunas diferencias y reclamos de los productores de limón encontraron el eco esperado ya avanzada la campaña. Ahora, con la creación de la Mesa del Citrus, un ámbito donde el Gobierno, la Legislatura y los empresarios debatirán el rumbo y las necesidades de la actividad, el cauce de las cosas parece en su lugar.
Pero, el caso del tabaco es también una contradicción de la globalidad.
El sector sustenta en gran medida su actividad con el apoyo del Fondo Especial del Tabaco, una ley que sobrevivió a la política neoliberal de los 90 y a los desesperados intentos del fisco por eliminar gastos.
La voluntad del Congreso de la Nación y la férrea defensa de los tabacaleros fue central en la permanencia del beneficio.
Ahora, las leyes contra el tabaquismo y las disposiciones internacionales a las que se adhirió la Argentina ponen en jaque directamente a toda la actividad. Ese apoyo (una suerte de subsidio) distribuye unos $ 240 millones al año entre los productores de Salta, Jujuy, Misiones, Chaco, Catamarca, Corrientes y Tucumán. Aquí se reparten unos $ 17 millones.
El secretario Campos tampoco tranquilizó a los tucumanos cuando comparó el proceso que se viene con la brutal reconversión de los años 60 de la actividad azucarera.
Aquello derivó en un cierre de 11 ingenios; en una gigantesca emigración de trabajadores hacia la Capital Federal y el conurbano bonaerense; en la instalación de pequeñas fábricas que apenas si sobrevivieron, y en la profundización de una crisis económica y social que aún hoy tiene secuelas. Aunque la historia y los sectores son distintos, este golpe impactará en unas 20.000 personas que viven del sector, especialmente de los departamentos Alberdi, La Cocha y Graneros.
Y serían unos 2.000 pequeños productores, para quienes el tabaco es una actividad de subsistencia, quienes llevarían la peor parte: no podrían seguir el camino de los más grandes del sector que ya vienen migrando de cultivo ante la mejor rentabilidad que ofrecen el limón, el trigo, la soja y el arándano.
"Hay buena voluntad de los funcionarios, es cierto; pero, a veces, actúan como bomberos, porque salen a apagar incendios ante los problemas que van más rápido", graficó un empresario y ex integrante del gabinete.
Una provincia que ha mejorado su presente y muestra fortalezas en muchos de los estándares de su economía debería hoy construir su rumbo a base de estrategias seguras, de previsiones y de pautas integradoras que le impriman una mejor calidad en la gestión. Ninguna otra crisis tendría que ocurrir.







