17 Octubre 2005 Seguir en 
Nuestra edición de ayer dedica amplio espacio a los requerimientos de los hombres de negocios de Tucumán a los futuros representantes de la provincia ante el Congreso de la Nación. Esperan que adquieran la condición de voceros de un Tucumán distinto, que planteen acciones efectivas que motoricen decisiones en terrenos diversos de la actividad productiva, y de las pequeñas y medianas empresas, por ejemplo. Consideran que se trata de temas que están postergados y que conspiran contra el crecimiento.
Es decir, se postula la urgencia de una acción dinámica y efectiva desde las bancas nacionales. Siendo inminentes las elecciones de renovación de diputados, esto nos enfrenta al tema de todo lo que implican las funciones legislativas para quien llegue, por medio del voto, a la alta dignidad de ser miembro del Congreso.
En más de una ocasión, hemos hecho notar el escepticismo con que el público suele mirar los cuerpos de diputados y senadores. Hecho lamentable, sin duda, dada la trascendencia que esa rama del poder del Estado juega en nuestra estructura constitucional. Pero hay que convenir que gran parte del escepticismo surge de que en muchos casos no se advierte, por parte de los legisladores, una actividad cuya intensidad y cuyos resultados hagan sentir, al hombre de la calle, que lo representan realmente, y que son capaces de luchar y de jugarse por sus intereses.
Nos parece que es evidente la necesidad de que los representantes en el Congreso reviertan aquella impresión por medio de una fuerte y permanente dedicación a sus tareas. Es sabido que ya han quedado muy atrás aquellos tiempos en los cuales la dedicación de un legislador se calibraba por la elocuencia de los discursos con los que exponía su posición, discursos que ocupaban las primeras planas de la prensa. Otras son, obviamente, las épocas que se viven, y otra es la mecánica de las tareas legislativas a esta altura de la historia. En cambio, sí le interesa al pueblo de la provincia percibir en su representante ante el Congreso a alguien atento y vigilante respecto de los problemas que le competen. Percibir que defiende realmente los intereses de sus representados, con la contracción y la pasión debidas, y con el conocimiento que presupone un estudio serio de la situación. Y percibir también que se ponen a consideración de la Cámara proyectos adecuadamente fundados, con cimiento en la realidad, y que se gestionan con energía su tratamiento y su sanción. Cuando esa tarea realmente se cumple, el público la nota y la valora.Por el contrario, si la única actitud del legislador nacional que conocen sus conciudadanos es el goce de los privilegios que la banca conlleva; si el legislador sólo aparece votando incrementos de dietas, o integrando las nóminas de viajeros al exterior, o las de ausentes reiterados en las sesiones, es bastante razonable que la reacción generada sea de escepticismo y desconfianza; lo que, por cierto, no hace ningún favor al fortalecimiento del sistema democrático de gobierno.Quien obtiene una banca en el Congreso contrae, por ese solo hecho, un cúmulo de obligaciones que debe llenar honrosamente en toda circunstancia. No es un privilegio sino una posición de esfuerzo y de sacrificio, como lo entendieron muchos de los próceres cuya memoria honramos en nombres de pueblos, escuelas y calles. La proximidad de los comicios y, consecuentemente, de nuevas incorporaciones al Congreso de la Nación, hace oportuno formular el anhelo de que los legisladores se dispongan, realmente, a cumplir su función con espíritu nuevo y con resuelta vocación de servir. No debe olvidarse que, sin una intervención profunda del Poder Legislativo en la vida nacional, la estructura republicana funciona sólo a medias.
Es decir, se postula la urgencia de una acción dinámica y efectiva desde las bancas nacionales. Siendo inminentes las elecciones de renovación de diputados, esto nos enfrenta al tema de todo lo que implican las funciones legislativas para quien llegue, por medio del voto, a la alta dignidad de ser miembro del Congreso.
En más de una ocasión, hemos hecho notar el escepticismo con que el público suele mirar los cuerpos de diputados y senadores. Hecho lamentable, sin duda, dada la trascendencia que esa rama del poder del Estado juega en nuestra estructura constitucional. Pero hay que convenir que gran parte del escepticismo surge de que en muchos casos no se advierte, por parte de los legisladores, una actividad cuya intensidad y cuyos resultados hagan sentir, al hombre de la calle, que lo representan realmente, y que son capaces de luchar y de jugarse por sus intereses.
Nos parece que es evidente la necesidad de que los representantes en el Congreso reviertan aquella impresión por medio de una fuerte y permanente dedicación a sus tareas. Es sabido que ya han quedado muy atrás aquellos tiempos en los cuales la dedicación de un legislador se calibraba por la elocuencia de los discursos con los que exponía su posición, discursos que ocupaban las primeras planas de la prensa. Otras son, obviamente, las épocas que se viven, y otra es la mecánica de las tareas legislativas a esta altura de la historia. En cambio, sí le interesa al pueblo de la provincia percibir en su representante ante el Congreso a alguien atento y vigilante respecto de los problemas que le competen. Percibir que defiende realmente los intereses de sus representados, con la contracción y la pasión debidas, y con el conocimiento que presupone un estudio serio de la situación. Y percibir también que se ponen a consideración de la Cámara proyectos adecuadamente fundados, con cimiento en la realidad, y que se gestionan con energía su tratamiento y su sanción. Cuando esa tarea realmente se cumple, el público la nota y la valora.Por el contrario, si la única actitud del legislador nacional que conocen sus conciudadanos es el goce de los privilegios que la banca conlleva; si el legislador sólo aparece votando incrementos de dietas, o integrando las nóminas de viajeros al exterior, o las de ausentes reiterados en las sesiones, es bastante razonable que la reacción generada sea de escepticismo y desconfianza; lo que, por cierto, no hace ningún favor al fortalecimiento del sistema democrático de gobierno.Quien obtiene una banca en el Congreso contrae, por ese solo hecho, un cúmulo de obligaciones que debe llenar honrosamente en toda circunstancia. No es un privilegio sino una posición de esfuerzo y de sacrificio, como lo entendieron muchos de los próceres cuya memoria honramos en nombres de pueblos, escuelas y calles. La proximidad de los comicios y, consecuentemente, de nuevas incorporaciones al Congreso de la Nación, hace oportuno formular el anhelo de que los legisladores se dispongan, realmente, a cumplir su función con espíritu nuevo y con resuelta vocación de servir. No debe olvidarse que, sin una intervención profunda del Poder Legislativo en la vida nacional, la estructura republicana funciona sólo a medias.







