Las mil y ocho noches

Por Roberto Espinosa.
De la increíble historia de un árbol preciado por reyes.

13 Octubre 2005
Estaba solo. La tormenta de arena en el desierto había dispersado sus huestes. Bebió agua del manantial, se sentó y apoyó la cabeza en la palmera. La voz de un hombre lo despabiló.
"Vengo a ofrecerte un trato, ¡oh, rey Shahriyar! Si me obsequias 1.000 monedas de oro y me das una mano con el emperador, te daré a cambio algo que todo monarca querría poseer".
"¿Qué cosa, forastero", dijo el rey, intrigado. "Te daré el árbol de los bolsones. Con esos frutos conseguirás muchos súbditos y consolidarás tu poder". "¿Cómo te llamas?" "Me llamo Bedro Ordemales", dijo el forastero, mientras le crecían la joroba y la nariz.
Shahriyar se despertó sudado y sobresaltado. Ordenó llamar a Scheherezade. Sus 1.008 noches estaban a punto de comenzar.
Scheherezade se deshizo el rodete, su cabellera desató la sensualidad en sus hombros y relató: "En ese Jardín de la República se avecinaban elecciones.
El pueblo debía elegir a cuatro representantes que llevaran su voz ante el Congreso y se hicieran escuchar por el emperador.
Centenares de Pedro Urdemales habían sido movilizados. Para realizar una campaña de disuasión los candidatos necesitaban por lo menos 250.000 dinars.
Naturalmente, nadie podía competir con el rey porque él manejaba los fondos públicos. Además, era también propietario y distribuidor de los bolsones que se les daba a los desocupados y a los desamparados.
En lugar de diseñar políticas para procurarles un trabajo decente, se pisoteaba su dignidad con mercaderías que duraban pocos días.
Había un doble mensaje, algo así como: ?hermano, te doy un bolsón, pero en el cuarto oscuro votá por quien quieras, ¿entendiste?? También había contrasentidos.
Por un lado, se quejaba de la ausencia de una oposición clara, fundamental para un sistema democrático, pero cuando esta le señalaba sus errores, se transformaba en difamadora.
Por ejemplo, él había abolido de un plumazo una institución que proponía en forma bastante eficiente la designación de los jueces, porque le molestaba que no fueran él y sus fieles quienes los propusieran. ?Siempre la crítica. ¿Por qué hacen terrorismo permanentemente y no me ayudan a gobernar??, les dijo una vez a los periodistas, a quienes no les pagaban para gobernar y sí para informar y mostrar la realidad, y hacer visible lo oculto del poder".
"Quería oposición, pero de mentirita... ¿Y el pueblo, qué decía?", dijo el rey, levantando presión.
Scheherezade bebió un sorbo de vino blanco y prosiguió: "Había sectores del pueblo que protestaban de vez en cuando por reivindicaciones salariales. Algunos dirigentes ponían el grito en el cielo, pero en soledad.
Los ciudadanos se quejaban en la calle, en las mesas de café, pero la inacción los dominaba, eran incapaces de unirse.
También eran conscientes de que muchos de sus vecinos se postulaban a cargos electivos y cuando eran electos, varios se olvidaban imprevistamente de sus representados para pensar en cómo incrementar la prosperidad económica.
Es más, no se los escuchaba abrir la boca en los recintos. Eso había sucedido con frecuencia en el Congreso.
Pocas veces, en los últimos lustros, los representantes del Jardín se habían unido para torcerle la mano al emperador y conseguir cosas esenciales para su terruño: muchas promesas generales, pocos proyectos realizables y escasas concreciones.
Una vez un monarca dijo algo fantástico: que si elegían a su consorte para ir al Congreso, ella conseguiría nuevos inversores para el reino, una misión extraña para alguien que debía dedicarse a legislar. En realidad, era él y sus fieles quienes debían ocuparse de esa tarea.
"¿Pero acaso no sabían que la educación y la cultura liberan de la esclavitud de la ignorancia, afirman la identidad y promueven la participación comunitaria?", dijo Shahriyar, fastidiado.
"Mientras no se hachara el árbol de los bolsones y no se castigara a los Bedro Ordemales, en esa comarca, la vida poco cambiaría", replicó Scheherezade.

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