Los partidos ante las urnas

Para los próximos comicios se han registrado 84 coaliciones, cuyas composiciones son frecuentemente desconcertantes y contradictorias.

12 Octubre 2005
Durante la presidencia de Eduardo Duhalde, al convocarse a elecciones internas abiertas para elegir candidatos a sucederlo -que poco después fueron dejadas sin efecto-, se resolvió que los padrones serían los generales, pues los partidarios no merecían confianza. Desde entonces hasta la fecha, esa grave objeción ha perdurado, de tal forma que nadie podría afirmar cuál es el número de afiliados a los partidos, ni -en el caso de los mayores- cómo se ha producido la división de militantes de acuerdo con las fracturas que tanto el PJ como la UCR han padecido. Tampoco es posible determinar hasta dónde se ha reducido la masa de afiliados a los partidos políticos que siguió a la restauración constitucional, por causa de la decepción de la ciudadanía sobre sus organizaciones representativas. Mientras tanto, la Justicia Nacional Electoral ha registrado para los próximos comicios legislativos 84 coaliciones en todo el país, cuyas composiciones son frecuentemente desconcertantes, inclusive por las contradicciones ideológicas entre sus integrantes. Un caso ejemplar al respecto es el de la Alianza Frente Multisectorial, de Santiago del Estero, que asocia a socialistas, a comunistas y a democristianos. Otro más incomprensible y seguramente más influyente en el desconcierto que provoca la política nacional, es el del Partido Justicialista, donde no se ha formalizado una división; pero, de hecho y con reconocimiento judicial, dos grandes sectores se disputan el poder público, sin que ninguno de ellos pueda asegurar qué ocurrirá después de las urnas.
Tan confuso panorama es un rotundo testimonio de la recomposición política que se está produciendo en el país y que los viejos cuadros dirigenciales se resisten a aceptar mediante un gran diálogo reformador. Las centrifugaciones partidarias han dejado en segundo plano a las organizaciones intermedias del sistema representativo y los caudillos manejan los aparatos con un fuerte personalismo que pospone las tradicionales siglas. El del peronismo es el caso más elocuente y sus caudillajes han congelado el funcionamiento interno democrático, extremando la representación familiar en los cargos públicos más expectantes. Esas particularidades no son tan graves en el radicalismo, tradicional fuerza política de alternativa; pero el funcionamiento de su régimen orgánico no ha podido impedir la dispersión que se observa entre dirigentes y afiliados. Por otra parte, la gran mayoría de las coaliciones o alianzas que se gestan, más que una finalidad ideológica o programática, tan sólo procura actuar en contra de un adversario al que la falta de diálogo ha convertido en virtual enemigo; el máximo ejemplo fue el de la Alianza, a partir de la cual hizo eclosión la crisis en ciernes.
El estilo peculiar de rechazo que contamina nuestra política y se manifiesta en la campaña electoral, especialmente entre las nuevas generaciones, es consecuente con la pérdida del diálogo, del debate, con los que los partidos se justifican como centros de elaboración política. Puede decirse que son muy pocos, y no los mayores, los que abren sus comités para que los más jóvenes se acerquen a debatir ideas en democracia, pues las dirigencias están más ocupadas en sobrevivir a esa lucha de clanes por el poder, aun a costa de los principios. Ese vaciamiento de nuestro sistema democrático, por sus dirigentes partidarios tradicionales, ha dado lugar a organizaciones irregulares de múltiples tendencias, que adelantan una recomposición política. Mas esta sólo será posible si la ciudadanía mantiene el fuerte sentimiento democrático que, hasta el momento, está impidiendo que la crisis política provoque un nuevo retorno al viejo autoritarismo del pensamiento único.

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