11 Octubre 2005 Seguir en 
En este mismo instante, uno de cada 10 argentinos tiene la posibilidad de empuñar un arma de fuego. En Tucumán, cuatro de cada 10 pacientes que ingresan con heridas a los hospitales recibieron un ataque con un arma de fuego. La estadística es nueva porque hasta hace poco el porcentaje era un 30% menor.
Estos guarismos se convierten en una voz de alarma si se busca el crecimiento y el desarrollo de una sociedad sana. En la edición de ayer de LA GACETA, Darío Kosovsky, del Instituto Latinoamericano de Seguridad y Democracia (Isled), destacó que, en el país, cada dos días muere una persona baleada. Las cifras siguen y son escalofriantes. El experto advierte que hay 1,5 millón de armas legales y la misma cantidad engruesa el mercado negro.
Si cada vez hay más armas de fuego y día a día aumenta el número de heridos y de muertes, no caben dudas de que la sociedad se encuentra en peligro. Este incremento de armas de fuego que circulan sin que nadie sepa quién es el dueño (el mercado negro es casi igual que el legal) provoca un aumento de la violencia. Las calles, lejos de ser un lugar público y placentero para disfrutar, se van convirtiendo en un sitio donde antes que nada reina el miedo. Una sociedad que crece con miedo no podrá desplegar sus alas. En las páginas donde se desarrollan las noticias de policiales de nuestro diario ya es común que los episodios de violencia con armas de fuego ocupen mucho espacio y, lo que es peor, que esos episodios se registran en cualquier lugar, ya sea en un sector céntrico, ya sea en un sitio de baja densidad poblacional.
Anteayer, en una autopista de Buenos Aires, hubo una discusión entre dos automovilistas; cuando llegaron a un puesto de peaje, uno de ellos sacó un arma y mató al otro. Un episodio simple y cotidiano, como puede ser salir de la casa, terminó en una tragedia. Una discusión de las que suelen repetirse en cualquier lugar del planeta derivó en una muerte irracional.
En este país y en la provincia se vive en una lucha sin cuartel contra la ilegalidad, que muchas veces parece ir ganando terreno. Volantes que circulan sin carnet, autos que no tienen actualizadas las patentes y ciudadanos que no cumplen con sus impuestos. Esos ejemplos no están exentos de esta lamentable realidad que se vive por la tenencia de armas de fuego. En todos los casos la ley está y sólo es fundamental que cada ciudadano la cumpla, y que la autoridad la haga cumplir.
El problema es el mismo de siempre; sólo que en este tema se agrava porque se juegan valores de vida.
Una de las salidas es promover una inmediata política de desarme, que en otras provincias como Mendoza. Allí, una de las conclusiones más alentadoras fue que gran cantidad de personas comprendieron que tener una arma no les daba más seguridad. Eso permitiría marcar un hito y empezar de nuevo. Mientras tanto, urge revisar los controles y exigir una educación más completa para aquellos miembros de la sociedad que tienen la gran responsabilidad de tener un arma. No se trata de un hobby o de un deporte más, sino de un problema que, de acuerdo con las estadísticas, influye en la salud de la población.
Una mejor preparación de aquellos que empuñan un arma de fuego, campañas masivas de educación, el estricto control para el cumplimiento tanto de los registros como de la capacitación en el manejo de las armas de fuego y, como siempre, la ética al servicio de esas tareas podrían ser un aporte para el mejoramiento de esta ruleta rusa en la que, paulatinamente, va ingresando la sociedad.
Reducir los valores de aquellas estadísticas es una cuestión de Estado que no se puede eludir.
Estos guarismos se convierten en una voz de alarma si se busca el crecimiento y el desarrollo de una sociedad sana. En la edición de ayer de LA GACETA, Darío Kosovsky, del Instituto Latinoamericano de Seguridad y Democracia (Isled), destacó que, en el país, cada dos días muere una persona baleada. Las cifras siguen y son escalofriantes. El experto advierte que hay 1,5 millón de armas legales y la misma cantidad engruesa el mercado negro.
Si cada vez hay más armas de fuego y día a día aumenta el número de heridos y de muertes, no caben dudas de que la sociedad se encuentra en peligro. Este incremento de armas de fuego que circulan sin que nadie sepa quién es el dueño (el mercado negro es casi igual que el legal) provoca un aumento de la violencia. Las calles, lejos de ser un lugar público y placentero para disfrutar, se van convirtiendo en un sitio donde antes que nada reina el miedo. Una sociedad que crece con miedo no podrá desplegar sus alas. En las páginas donde se desarrollan las noticias de policiales de nuestro diario ya es común que los episodios de violencia con armas de fuego ocupen mucho espacio y, lo que es peor, que esos episodios se registran en cualquier lugar, ya sea en un sector céntrico, ya sea en un sitio de baja densidad poblacional.
Anteayer, en una autopista de Buenos Aires, hubo una discusión entre dos automovilistas; cuando llegaron a un puesto de peaje, uno de ellos sacó un arma y mató al otro. Un episodio simple y cotidiano, como puede ser salir de la casa, terminó en una tragedia. Una discusión de las que suelen repetirse en cualquier lugar del planeta derivó en una muerte irracional.
En este país y en la provincia se vive en una lucha sin cuartel contra la ilegalidad, que muchas veces parece ir ganando terreno. Volantes que circulan sin carnet, autos que no tienen actualizadas las patentes y ciudadanos que no cumplen con sus impuestos. Esos ejemplos no están exentos de esta lamentable realidad que se vive por la tenencia de armas de fuego. En todos los casos la ley está y sólo es fundamental que cada ciudadano la cumpla, y que la autoridad la haga cumplir.
El problema es el mismo de siempre; sólo que en este tema se agrava porque se juegan valores de vida.
Una de las salidas es promover una inmediata política de desarme, que en otras provincias como Mendoza. Allí, una de las conclusiones más alentadoras fue que gran cantidad de personas comprendieron que tener una arma no les daba más seguridad. Eso permitiría marcar un hito y empezar de nuevo. Mientras tanto, urge revisar los controles y exigir una educación más completa para aquellos miembros de la sociedad que tienen la gran responsabilidad de tener un arma. No se trata de un hobby o de un deporte más, sino de un problema que, de acuerdo con las estadísticas, influye en la salud de la población.
Una mejor preparación de aquellos que empuñan un arma de fuego, campañas masivas de educación, el estricto control para el cumplimiento tanto de los registros como de la capacitación en el manejo de las armas de fuego y, como siempre, la ética al servicio de esas tareas podrían ser un aporte para el mejoramiento de esta ruleta rusa en la que, paulatinamente, va ingresando la sociedad.
Reducir los valores de aquellas estadísticas es una cuestión de Estado que no se puede eludir.







