19 Septiembre 2005 Seguir en 
La angustiante realidad económica de nuestro país -y en consecuencia, la de nuestra provincia- ha tenido repercusiones dramáticas que, en el caso de muchas poblaciones rurales, se proyectan en el tiempo. Tal es el caso de núcleos poblados que conocieron épocas de prosperidad en los años de oro de la industria azucarera. El cierre de los ingenios que concentraban la actividad económica de toda la zona terminó por destruir las posibilidades de progreso de esos pueblos y, poco a poco, los convirtió poco menos que en ciudades fantasma.
Uno de estos casos es el que hoy preocupa gravemente a la comunidad de Santa Ana. La población, que mientras el ingenio estuvo en funcionamiento vivió y creció con interesante proyección de futuro, vio truncados los sueños de sus habitantes con el cierre de la fábrica azucarera. La actividad económica entró en una profunda depresión y las posibilidades de progreso se esfumaron dramáticamente. Los jóvenes comenzaron a emigrar para tratar de buscar lejos de sus hogares las oportunidades que en su tierra natal habían desaparecido irremisiblemente. Las instalaciones del ingenio quedaron abandonadas, y pronto otro problema sumó preocupación a los integrantes de la comunidad: grupos de ladrones comenzaron a robar los elementos pertenecientes al equipamiento de la fábrica. Y, cuando esta quedó totalmente desmantelada, siguieron con los materiales del propio edificio, hasta que sólo quedaron en pie vestigios de la estructura metálica.
La creciente inseguridad se extendió a otros edificios que quedaron desguarnecidos por la falta de uso. Así, la ex terminal de ómnibus, desocupada desde que las unidades de transporte público dejaron de circular, también cayó bajo la acción de los delincuentes, quienes en muchos casos no esperan el amparo de la oscuridad para actuar.
A estos problemas, que exigen inmediata atención por parte de las autoridades, se suman otros que revisten igual o mayor gravedad. La falta de contención para los jóvenes los impulsa a emigrar, y esto entraña un serio inconveniente para cualquier núcleo poblacional. Sin embargo, es aún peor la perspectiva de los que se ven obligados a permanecer en el lugar porque carecen de la menor oportunidad de probar suerte en otro lugar. Es precisamente sobre este grupo que se debe actuar inmediatamente, porque de la frustración y de la falta de perspectivas no pueden sino surgir conductas altamente peligrosas para los propios individuos y para la comunidad toda.
Afortunadamente, los miembros de estas sociedades devastadas por las adversidades económicas no se sienten meros espectadores de la crisis que poco a poco convirtió su tierra natal en un páramo. Sobre todo los más jóvenes intentan por todos los medios escapar al cruel destino que tienen por delante, y luchan para revertir la situación a través del trabajo solidario y de la capacitación, para ellos mismos y para los más chicos. Pero estos esfuerzos, valiosos y loables, no pueden ser suficientes para retrotraer la situación a los tiempos de bonanza.
Se hace indispensable una acción cuidadosamente planificada por parte de las autoridades provinciales, con inversión económica y de recursos humanos especializados en la tarea de recomponer un tejido social gravemente herido por décadas de inacción y de desidia. Una vez más queda claro que la vigilancia y el control policial pueden reducir el número de delitos, pero la solución definitiva pasa por la recuperación integral de los componentes de la sociedad a través de la educación y de la creación de oportunidades genuinas de realización.
Uno de estos casos es el que hoy preocupa gravemente a la comunidad de Santa Ana. La población, que mientras el ingenio estuvo en funcionamiento vivió y creció con interesante proyección de futuro, vio truncados los sueños de sus habitantes con el cierre de la fábrica azucarera. La actividad económica entró en una profunda depresión y las posibilidades de progreso se esfumaron dramáticamente. Los jóvenes comenzaron a emigrar para tratar de buscar lejos de sus hogares las oportunidades que en su tierra natal habían desaparecido irremisiblemente. Las instalaciones del ingenio quedaron abandonadas, y pronto otro problema sumó preocupación a los integrantes de la comunidad: grupos de ladrones comenzaron a robar los elementos pertenecientes al equipamiento de la fábrica. Y, cuando esta quedó totalmente desmantelada, siguieron con los materiales del propio edificio, hasta que sólo quedaron en pie vestigios de la estructura metálica.
La creciente inseguridad se extendió a otros edificios que quedaron desguarnecidos por la falta de uso. Así, la ex terminal de ómnibus, desocupada desde que las unidades de transporte público dejaron de circular, también cayó bajo la acción de los delincuentes, quienes en muchos casos no esperan el amparo de la oscuridad para actuar.
A estos problemas, que exigen inmediata atención por parte de las autoridades, se suman otros que revisten igual o mayor gravedad. La falta de contención para los jóvenes los impulsa a emigrar, y esto entraña un serio inconveniente para cualquier núcleo poblacional. Sin embargo, es aún peor la perspectiva de los que se ven obligados a permanecer en el lugar porque carecen de la menor oportunidad de probar suerte en otro lugar. Es precisamente sobre este grupo que se debe actuar inmediatamente, porque de la frustración y de la falta de perspectivas no pueden sino surgir conductas altamente peligrosas para los propios individuos y para la comunidad toda.
Afortunadamente, los miembros de estas sociedades devastadas por las adversidades económicas no se sienten meros espectadores de la crisis que poco a poco convirtió su tierra natal en un páramo. Sobre todo los más jóvenes intentan por todos los medios escapar al cruel destino que tienen por delante, y luchan para revertir la situación a través del trabajo solidario y de la capacitación, para ellos mismos y para los más chicos. Pero estos esfuerzos, valiosos y loables, no pueden ser suficientes para retrotraer la situación a los tiempos de bonanza.
Se hace indispensable una acción cuidadosamente planificada por parte de las autoridades provinciales, con inversión económica y de recursos humanos especializados en la tarea de recomponer un tejido social gravemente herido por décadas de inacción y de desidia. Una vez más queda claro que la vigilancia y el control policial pueden reducir el número de delitos, pero la solución definitiva pasa por la recuperación integral de los componentes de la sociedad a través de la educación y de la creación de oportunidades genuinas de realización.







