18 Septiembre 2005 Seguir en 
Una vez más, los conductores de taxis y de remises han protestado públicamente por las condiciones de extrema inseguridad en las que deben desarrollar su tarea. Son demasiadas las zonas de la periferia hacia las que los choferes son llevados para ser asaltados, generalmente con métodos muy violentos, y con un lamentable saldo de heridos y de muertos, lo que transforma al problema en una cuestión de extrema gravedad. La solución está lejos de ser sencilla, porque las tareas de prevención parecen imposibles de ser cumplidas con eficacia.
Las propias autoridades del área de seguridad admiten que el de los conductores es uno de los sectores más frágiles y expuestos de la comunidad. Los trabajadores, por su parte, señalan que son objeto de casi 150 atracos por mes, por lo que diariamente conviven con el riesgo de volver heridos a sus casas o, en el peor de los casos, de no volver con vida.
El problema no se circunscribe a los barrios de la periferia de San Miguel de Tucumán. Hace poco más de un año, decenas de choferes se congregaron en la plaza de la ciudad de Concepción para protestar por la inseguridad, tras el sepelio del remisero Víctor Ernesto Salas, muerto de dos balazos en la cabeza luego de ser atacado por dos adolescentes.
Los operativos policiales nunca serán suficientes como para asegurar las condiciones de trabajo de taxistas y remiseros. Y tampoco puede pedírseles a estos que sean demasiado selectivos con los destinos que les solicitan sus pasajeros, porque se sienten obligados a no despreciar ninguna oportunidad de acrecentar las generalmente magras recaudaciones que logran a lo largo de la jornada de trabajo.Existe un dato de gran importancia en los testimonios de los conductores que han pasado por la aterradora experiencia de un asalto: los autores de los delitos son muchas veces los mismos, y se trata de menores que, aunque sean aprehendidos, vuelven a salir en libertad casi inmediatamente por imperio de la legislación en vigencia. Hace exactamente un año hubo una reunión de un grupo de taxistas con las autoridades policiales, en el transcurso de la cual los conductores proporcionaron los nombres de menores a los que señalaron como los principales autores de los asaltos que sufren.
Cabe pensar, entonces, que este grupo de personas, ya perfectamente identificado por la Policía, debe ser objeto de un seguimiento, para evitar que vuelvan a buscar en el delito la salida que no son capaces de encontrar en la sociedad. Los adolescentes criados en ambientes de violencia, sometidos a vejámenes y que carecen de ejemplos y de motivaciones para proyectar una alternativa digna a su existencia están condenados a protagonizar una escalada delictiva que los llevará indefectiblemente a la cárcel o a la tumba. Es por eso que con operativos de control -indispensables, desde luego, pero no suficientes- no podrá erradicarse definitivamente el problema.
Se hace necesario el trabajo de equipos multidisciplinarios que actúen sobre distintos aspectos de la realidad de los delincuentes reincidentes y de los que pertenecen a distintos grupos de riesgo. Este trabajo permitiría, además, un seguimiento no exclusivamente policial, que podría dar ciertas garantías de buen comportamiento por parte de los menores.Es cierto que los controles y la vigilancia preventiva no pueden dejarse de lado y que deben estar a cargo de efectivos debidamente preparados, para garantizar su máxima eficiencia.Como cualquier trabajador, los conductores merecen la garantía de razonables márgenes de seguridad para desarrollar su actividad. Corresponde al Estado proporcionárselas, a través de una labor coordinada y diseñada por el área de seguridad, y asistida por especialistas de distintas disciplinas.
Las propias autoridades del área de seguridad admiten que el de los conductores es uno de los sectores más frágiles y expuestos de la comunidad. Los trabajadores, por su parte, señalan que son objeto de casi 150 atracos por mes, por lo que diariamente conviven con el riesgo de volver heridos a sus casas o, en el peor de los casos, de no volver con vida.
El problema no se circunscribe a los barrios de la periferia de San Miguel de Tucumán. Hace poco más de un año, decenas de choferes se congregaron en la plaza de la ciudad de Concepción para protestar por la inseguridad, tras el sepelio del remisero Víctor Ernesto Salas, muerto de dos balazos en la cabeza luego de ser atacado por dos adolescentes.
Los operativos policiales nunca serán suficientes como para asegurar las condiciones de trabajo de taxistas y remiseros. Y tampoco puede pedírseles a estos que sean demasiado selectivos con los destinos que les solicitan sus pasajeros, porque se sienten obligados a no despreciar ninguna oportunidad de acrecentar las generalmente magras recaudaciones que logran a lo largo de la jornada de trabajo.Existe un dato de gran importancia en los testimonios de los conductores que han pasado por la aterradora experiencia de un asalto: los autores de los delitos son muchas veces los mismos, y se trata de menores que, aunque sean aprehendidos, vuelven a salir en libertad casi inmediatamente por imperio de la legislación en vigencia. Hace exactamente un año hubo una reunión de un grupo de taxistas con las autoridades policiales, en el transcurso de la cual los conductores proporcionaron los nombres de menores a los que señalaron como los principales autores de los asaltos que sufren.
Cabe pensar, entonces, que este grupo de personas, ya perfectamente identificado por la Policía, debe ser objeto de un seguimiento, para evitar que vuelvan a buscar en el delito la salida que no son capaces de encontrar en la sociedad. Los adolescentes criados en ambientes de violencia, sometidos a vejámenes y que carecen de ejemplos y de motivaciones para proyectar una alternativa digna a su existencia están condenados a protagonizar una escalada delictiva que los llevará indefectiblemente a la cárcel o a la tumba. Es por eso que con operativos de control -indispensables, desde luego, pero no suficientes- no podrá erradicarse definitivamente el problema.
Se hace necesario el trabajo de equipos multidisciplinarios que actúen sobre distintos aspectos de la realidad de los delincuentes reincidentes y de los que pertenecen a distintos grupos de riesgo. Este trabajo permitiría, además, un seguimiento no exclusivamente policial, que podría dar ciertas garantías de buen comportamiento por parte de los menores.Es cierto que los controles y la vigilancia preventiva no pueden dejarse de lado y que deben estar a cargo de efectivos debidamente preparados, para garantizar su máxima eficiencia.Como cualquier trabajador, los conductores merecen la garantía de razonables márgenes de seguridad para desarrollar su actividad. Corresponde al Estado proporcionárselas, a través de una labor coordinada y diseñada por el área de seguridad, y asistida por especialistas de distintas disciplinas.







