Drama y psicodrama del 55

Análisis por Carlos Floria, profesor consulto en la Facultad de Derecho de la UBA y Profesor plenario de Ciencia Política en la Universidad de San Andrés. Exclusivo para LA GACETA.

16 Sep 2005
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DURANTE DECADAS, PERON FUE EJE DE LA POLITICA ARGENTINA.

La polarización política y cultural de la Argentina del primer peronismo conduce a la fatalidad de una crisis violenta. La impresión que produce la lectura de nuestra historia contemporánea desde el último medio siglo es el drama de la autoridad carismática que vive en relación simbiótica con el sistema político que formalmente predica y prácticamente denuncia, como aquellos dos enemigos mortales del gran clásico de Stroheim, los Rapaces, que viven encadenados uno al otro, luchando en lenta agonía en el "valle de la Muerte". Ese drama toma la forma de una cuestión de legitimidad hacia el sistema político. Hay algo de sintomático en la voluntad de un líder carismático como sería Perón de hacerse bautizar en las reglas de la república democrática evocada por una Constitución que servía como el "hilo de seda de la legalidad", significativa expresión de Raymond Aron relativa a la cuestión francesa de su tiempo, mientras alentaba su reforma en los hechos y su cambio relativo en el derecho, especialmente aplicado a la cuestión social y a las reglas de la sucesión, es decir , de los cambios del juego que introducía la posibilidad manipulada de la reelección presidencial.
Una segunda comprobación previsible, trazo importante en la Argentina de esa época pero no ausente en experiencias comparadas, es que hubo un liderazgo carismático -incluso,en un tramo, una diarquía-, un régimen y un "estado" peronista, con características propias y políticamente distantes de una república democrática constitucional moderna, que demostraban en los hechos que el "héroe carismático" no puede, en el fondo, ser institucionalizado. Es difícil remontar la contradicción entre autoridad de "rutina" o regular y poder carismático, cuando éste se pretende encarnado por un personaje que viene de las profundidades de la historia para realizar una proeza patriótica según la liturgia política que se irá conformando por su inspiración y por la acción de sus seguidores devotos. La apelación al movimiento, no nueva pero relativamente espectacular en su repercusión, era uno de los datos complementarios de lo que habría de constituirse (dicho en un sentido descriptivo y no de injuria) en una democracia autoritaria. Democrático en términos de participación popular, el régimen peronista y el estado peronista serían reflejos de un liderazgo con autoridad sobre sus seguidores y autoritario respecto de sus opositores. En política, se sabe, el "movimiento" tiene una lógica interior autoritaria, más allá del tipo de sociedad que evoque el líder -en el caso de Perón la evocación concreta no desmentía aquella lógica- y de la retórica que se emplee. Y en la historia y el análisis de la política, la "democracia autoritaria" no sólo es más frecuente de lo esperado, sino una categoría que supone afirmar, en sentido conceptual preciso, que la democracia como régimen político moderno pluralista y competitivo asocia la participación a la competición relativamente libre; es decir, expresa la democracia "liberal" (en su sentido político clásico) o constitucional.
En esa clave, el drama histórico de la democracia constitucional en la Argentina es el de un régimen invocado sin una cultura política correspondiente. Y eso desde el primer golpe de estado cabal, en 1930, y desde la concurrencia "envenenada" de ideologías militantes -especialmente en el caso del nacionalismo antiliberal y maurrasiano- que ponían en cuestión el principio de legitimidad que evocaba el intento de construir una sociedad civil plegada a reglas del juego que exigían no sólo valores invocados, sino conductas consistentes.
Liderazgos y movimientos se presentarían bajo dos caras: una faz sectaria y una faz "roussoniana", a contrapie de la autoridad de rutina, como si ésta fuera necesariamente débil e indeseable, o cuando menos indigna frente a la autoridad carismática "heroica", que trata lo rutinario con desdén. Un aspecto más de la primera experiencia peronista gobernante fue, como suele suceder con aquella lógica interior insinuada, su actitud hacia los ciudadanos considerados en conjunto: el aspecto unanimista y al mismo tiempo la apelación permanente a a la proeza colectiva. El liderazgo es entonces espectáculo y a la vez movilización del entusiasmo de los espectadores hacia el factor de una empresa nacional. El ciudadano está llamado a sentirse un "héroe" ...por procuración.
El peronismo histórico contenía esos rasgos, máxime cuando extendió la ciudadanía política a la entonces existente clase obrera y a la mujer, sobre todo en los tiempos de la diarquía Perón/Eva y merced a una coalición social de base que incluía a la totalidad o segmentos de todos los sectores sociales de la Argentina contemporánea: obreros sindicalizados y no sindicalizados, sectores medios, sectores de la "clase alta" y del empresariado que se decía liberal pero sería más bien liberista, en el sentido italiano, es decir liberales en lo económico disponibles para casi cualquier tipo de régimen político. Coalición social y política de base prácticamente invencible en comicios libres y abiertos, por mucho tiempo clausurados, sin embargo, para el antiperonismo, así como estaría clausurado cuando se abra el "juego imposible" con el antiperonismo gobernante sobre el peronismo gobernado. Ese fue el desenlace de un psicodrama que se desarrolló durante el primer peronismo gobernante, y no cesó como drama político hasta nuestros días, o cerca de ellos.

En las actuales circunstancias ¿no se da cuenta el General
De que la represión dejará no ya treinta, ni trescientas
Víctimas asesinadas sino tres mil, si no treinta mil? (...)
Los hijos de los gorilas, por repudio a sus padres, se volverán
Peronistas y guerrilleros. Desde lejos verán sólo lo positivo de
Perón...

Este párrafo fue escrito por el P. Hernán Benítez, confesor de Eva Perón. Pertenece a una curiosa y fascinante colección de cartas -ésta es de 1958, en el comienzo del tramo latinoamericano del exilio de Perón, publicada por Marta Cichero ("Cartas Peligrosas", 1992). Poco divulgado, el contenido de este libro es expresivo de las pasiones políticas y la polarización centrífuga que dividía a la sociedad argentina de entonces. Y notable por la capacidad predictiva del autor, ideologizado pero inteligente, "evitista" más bien que peronista, en un entorno mediocre que rodeaba al líder del peronismo.El partido Peronista se deslizó hacia la hegemonía y el sistema de partido hegemónico -en categoría política decantada por Giovanni Sartori en su relevante matriz de los sistemas de partidos- pertenece a la zona autoritaria de los regímenes políticos, así como el sistema de partido único evoca el totalitarismo y el partido dominante es, en cambio, predominio pero en competición democrática.
La clausura del poder en el estado peronista de los años cuarenta alentó, como estaba en la naturaleza de las cosas, las oposiciones faccionales y conspirativas, que se articularon en torno de la "resistencia a la opresión", percepción colectiva dominante en el creciente segmento antiperonista. Mucha gente llegó a padecer la opresión, hasta el punto de que se planteó el componente trágico que el filósofo político advierte en la situación en la cual el ciudadano, quien juró obedecer a ls leyes y a los gobernantes elegidos por la ley, se siente "liberado" de su juramento ( Raymond Aron, 1969).
El 15 de junio de 1955 Perón manifestó ante legisladores: "La revolución peronista ha terminado (...) porque el estado permanente de un país no puede ser la revolución", cuando la "revolución" -el golpe de estado- antiperonista consolidaba su gestación. En ese contexto se impuso la que se llamó "Revolución Libertadora". Su designio convocante fue expulsar a Perón y excluir al peronismo. Si éste había instalado la intención de que "todo el poder era para el peronismo", la oposición ya no respondería en clave competitiva, sino conspirativa.
Antiperonistas y no peronistas se unieron en las jornadas de setiembre del 55. El antiperonismo duro habría de alentar lo que Ortega y Gasset pronosticaba en su tiempo para el anti puro, para el "antiPedro", el mejor de los mundos era el que no contuviese a Pedro. Pero sucede que, precisamente, ese mundo anterior a Pedro es el que lo produjo. Según se sabe, el antiperonismo duro y puro, con su política de desperonización, dio vida a la resistencia peronista, aunque el transformismo de éste desconcertase. Transcurriría una generación entera, casi treinta años, para que el peronismo superviviente perdiese en comicios nacionales libres y abiertos. La Revolución Libertadora tuvo hombres de buena voluntad, pero es debatible que impulsase un estadista capaz de liderar una empresa de reconstrucción de la sociedad civil y de construcción de una cultura política para la democracia constitucional.
Como dijera en su "Argentina en el callejón" Tulio Halperín Donghi (1994), se estaba combinando "el reproche contra el temperamento apacible con que la Argentina suele enfrentar sus problemas políticos con una audaz decisión de ignorar ese dato y proclamar que por debajo del orden sólo aparente estaban constantemente preparándose las violencias clarificadoras".
La constelación del poder (Jean Ladriere, 1965), está formada por estrellas mayores y menores. Por el poder político, el poder económico y sus proyecciones, el poder militar, el poder moral. Se pueden ganar muchas batallas en la zona de los poderes político, económico y militar, pero la guerra se gana o se pierde en la zona del poder moral.
El golpe de estado de 1955 fue para muchos expresión de la resistencia a la opresión, pero no logró bloquear la "guerra civil larvada" que se cocinaba en los sótanos de la Argentina "secreta". La experiencia histórica muestra cómo, con frecuencia, el nacimiento y la maduración de una sociedad civil exigen que ésta exorcice y se deshaga de los fantasmas de una guerra civil, porque de otro modo permanecen y se imponen racionalidades de la violencia extrema, se siguen cultivando comunidades rivales, aquella sociedad civil es al cabo incivil, y la democracia constitucional pluralista cabal esperará por años y en vano la instalación de la cultura política que la sostiene. El recordado Ortega, ahora en el cincuentenario de su muerte, nos interpela con una provocativa sentencia: "la Argentina es como el Hamlet de Mallarmé: el Señor latente que no puede llegar a ser...".
Para todas las generaciones es un reto, y no sólo para los jóvenes. Al fin y al cabo, la reconstrucción de la Europa en ruinas después de sus "guerras civiles" del políticamente tenebroso siglo XX, fue liderada por tres grandes viejos: Adenauer, De Gasperi y Shuman. En todo caso, por gente que tenía en claro la identidad personal y colectiva, la calidad de sus opciones de vida individual y comunitaria y el tipo de sociedad que querían proponer y construir. Breve y cara lección.