El 3 de abril de 1973, el gerente de sistemas de la empresa Motorola realizó la primera comunicación por celular. Vestido de saco y corbata, Martin Cooper se paró a pocas cuadras del edificio Manhattan Hilton, en Nueva York, y llamó a un amigo. Diez años después, el histórico modelos apodado ladrillo obtuvo licencia para ser comercializado. Cuando salieron a la venta, los primeros teléfonos costaban entre U$S 3.000 y U$S 4.000.
Los sacerdotes mexicanos se hartaron. Cansados de que la misa sea interrumpida por el sonido de los celulares, decidieron instalar bloqueadores. En setiembre pasado, curas de cuatro templos de Monterrey pusieron en funcionamiento los dispositivos, adquiridos en Israel, para callar a los teléfonos. Los usuarios reciben un mensaje de no hay servicio o señal no disponible en sus aparatos. Sucede que, así, las señales no entran. Todo sea por devolverle la paz a la misa.
Las baterías de los celulares son perjudiciales para el medio ambiente. Por eso, deben ser desechadas en forma separada de los residuos comunes. Ocurre que, después de un prolongado proceso de descomposición, los metales que las componen entran en contacto con la tierra y son contaminantes.
Las autoridades islámicas sauditas prohibieron el uso de celulares con cámara incorporada porque, argumentan, podrían ser usados con fines indecentes. El veto figura en un dictamen religioso de Arabia Saudita. El gobierno tomó esa determinación el pasado 10 de octubre, debido a que en el país oriental se habían detectado frecuentes casos de caballeros que fotografiaban a mujeres con el rostro descubierto, sin el tradicional velo musulmán.