Se bajó del camello. Estaba cansado. Conquistar un nuevo emirato había sido arduo. Luego de ese infinito desvelo en tierras lejanas, el rey Shahriyar sólo añoraba encontrar a la bella Scheherezade y cerrar los ojos en su noche 1.006, escuchando un cuento en su dulce voz. La hizo llamar y le pidió una historia de ese pueblo subtropical que despertaba su enojo, pero también su fascinación. Scheherezade se acomodó el rodete y comenzó.
"Varios reyes habían pasado por esa tierra fértil en la que vivía gente solidaria, de corazón amable. Estos tenían, por cierto, distintos oficios: políticos, agrónomos, militares, abogados, cantores, sindicalistas con escasos estudios, contadores... Pese a las múltiples promesas de que, a partir de ellos, habría transparencia en los actos públicos, no se caería en el nepotismo, se acabarían las prebendas y no se sobornaría a los humildes entregándoles bolsones, chapas y polenta para conseguir su voto, se hacía, por lo general, todo lo contrario".
"Ocurre que se había dejado de sembrar y de regar con educación el alma del pueblo. Los privilegios indeclinables de la clase dirigente de turno, la corrupción, la indiferencia social, la constante transgresión a las normas, la escasa participación de la comunidad en la búsqueda de soluciones para sus propios problemas no eran otra cosa que productos de un estado de incultura generalizado".
Scheherezade bebió un sorbo de vino y escrutó el rostro de Shahriyar que se mantenía adusto. "Los pobladores parecían no quererse a sí mismos. La capital se mantenía sucia, las plazas estaban descuidadas. El tránsito vehicular era caótico; los ríos estaban contaminados. De las chimeneas de las fábricas brotaban volcanes de cenizas que ensuciaban el cielo y provocaban enfermedades. Parecía que todo estaba permitido porque no había casi castigos. Pero lo más triste era ver a aquellos chicos que se drogaban o se alcoholizaban, desde los más pobres hasta los más ricos. Había, por cierto, gente que trabajaba anónimamente para que ese tejido social no se destruyera y trataba de recrear la solidaridad diariamente, ayudando a los desprotegidos no a través de la beneficencia, sino educando y trabajando codo a codo con ellos".
"¿Y los reyes eran ciegos a esa realidad? ¿Qué hacían los representantes del pueblo?", interrumpió el rey, ya molesto."Muchos de ellos pasaban sus días elucubrando cómo fortalecer sus propios feudos. Se peleaban entre ellos y eran incapaces de ponerse de acuerdo y de trabajar juntos por el progreso de la comunidad. Todos aspiraban a perpetuarse en su lugar de poder y le hacían creer a la gente que si sus parientes o amigos iban a donde residía el emperador, el destino colectivo sería más promisorio. No habían aprendido aún que las coincidencias son más importantes que las diferencias porque estas últimas paralizan e impiden concretar en hechos los discursos. La gente padecía de una queja constante y esperaba que de los otros provinieran las soluciones".
"Ocurría también que tanto el pueblo como sus gobernantes poco sabían de su propia historia, de sus artistas, escritores, científicos e intelectuales notables, de su fauna y flora, de sus ríos y cerros. Casi nada de ello se enseñaba en las escuelas ni en las universidades. La dignidad de los maestros y profesores había sido pisoteada por los reyes de turno. Siempre se prometía jerarquizarlos como correspondía, pero sus salarios no llegaban a un tercio de los que ganaban los visires, los funcionarios menores y los asesores del reino".
"¿Pero si los reyes no conocían la historia de su pueblo ni qué habían hecho sus antecesores para ponerlo antes en una situación de progreso, se podía esperar algo de ellos?", dijo Shahriyar.
Scheherezade prosiguió: "al igual que el árbol, el hombre es en principio semilla. Si sus raíces son sólidas y tiene identidad, podrá volar alto. Pero si no le enseñamos a querer a su tierra y a los hombres que la engrandecieron, sus frutos serán magros. Lo mismo pasará con una sociedad: si no conoce su pasado no sabrá que rumbo tomar".
"La moraleja es sencilla: no se puede amar lo que no se conoce", dijo el rey.
28 Agosto 2005 Seguir en 
Por Roberto Espinosa







