24 Agosto 2005 Seguir en 
El vicepresidente de la República se ha comprometido a impulsar que todas las fuerzas políticas acuerden que las campañas no sean con agravios y que cuiden a la gente; y que no haya más agresiones ni violencia. "La gente lo pide", ha expresado Daniel Scioli, asegurando que va a insistir en ello en todos los ámbitos y ante los dirigentes políticos y organizaciones no gubernamentales. El vicepresidente enfatizó igualmente, en un reportaje brindado al diario "La Nación", su creencia en que las campañas electorales como la que acaba de comenzar, "tienen que dejar de ser una catarata de insultos y de agresiones, para ser una catarata de ideas". Esas y otras consideraciones -del mismo carácter- de Scioli han constituido una expresión oportuna ante la inquietante realidad que muestran las relaciones políticas del país. Al advertir el alto grado de animadversión que provoca incertidumbre, Scioli ha optado por esa convocatoria y compromiso como representante público, evitando el silencio cómplice ante un conflicto latente que está augurando nuevas dificultades a la República. Sus destinatarios no han sido todos los sectores políticos, sino quienes practican el agravio y lo replican con parecida violencia dialéctica, sin que pueda afirmarse que de esa convocatoria estén excluidos sus propios correligionarios.
El compromiso de Scioli ha sido posible desde su abstención del conflicto que divide al oficialismo nacional y ha convertido a la crisis del peronismo en el más complejo problema de gobierno, con lo cual el vicepresidente está tratando de restablecer las relaciones de la sociedad plural y democrática con los poderes políticos. No lo han entendido así en los sectores gubernamentales más identificados con el presidente Kirchner, como tampoco quienes desde la oposición le han reprochado ausencia de un señalamiento concreto a la dura confrontación justicialista. Circunstancias ambas que evidencian hasta qué punto es difícil convocar a un saneamiento imprescindible de nuestras relaciones políticas. Horas después de esa convocatoria, el vicepresidente concurrió como principal invitado y orador a la cena anual de la ONG Conciencia, en la que -según había anticipado- se ocuparía nuevamente del crítico problema, entre otros temas. Oradores previos serían los ministros de Trabajo, Carlos Tomada, y de Educación, Daniel Filmus, mas no concurrieron, avisando de sus ausencias minutos antes. La misma actitud asumieron otras personalidades vinculadas al Gobierno, sin que faltaran juicios negativos como el del titular de la bancada oficialista de senadores, Miguel Angel Picheto, en relación con que el vicepresidente guardara silencio.
La soledad de Scioli en su propuesta, más las críticas ligeras de quienes desde la oposición le han exigido que personalice en su partido, auguran un dudoso porvenir a la pacificación de las campañas electorales. Si por un breve lapso dejó su rol estrictamente protocolar, al que fue sometido por el presidente Kirchner cuando hace dos años manifestó alguna opinión "no autorizada", el vicepresidente debería seguir el consejo del senador Picheto. Y es que las líneas de confrontación están trazadas de forma irrevocable. No se trata de debatir propuestas sobre la pluralidad de problemas que han degradado la realidad nacional, entre los que el más grave es la carencia de una dirigencia capaz de superar la crisis, mediante la autocrítica y el debate.
En ese orden de inquietudes, las advertencias del vicepresidente de la Nación pueden hallar sin duda mejor audiencia en una sociedad que padeció confrontaciones sin tregua y cuyos más importantes dirigentes persisten en el agravio y en el pensamiento único como recurso electoral.
El compromiso de Scioli ha sido posible desde su abstención del conflicto que divide al oficialismo nacional y ha convertido a la crisis del peronismo en el más complejo problema de gobierno, con lo cual el vicepresidente está tratando de restablecer las relaciones de la sociedad plural y democrática con los poderes políticos. No lo han entendido así en los sectores gubernamentales más identificados con el presidente Kirchner, como tampoco quienes desde la oposición le han reprochado ausencia de un señalamiento concreto a la dura confrontación justicialista. Circunstancias ambas que evidencian hasta qué punto es difícil convocar a un saneamiento imprescindible de nuestras relaciones políticas. Horas después de esa convocatoria, el vicepresidente concurrió como principal invitado y orador a la cena anual de la ONG Conciencia, en la que -según había anticipado- se ocuparía nuevamente del crítico problema, entre otros temas. Oradores previos serían los ministros de Trabajo, Carlos Tomada, y de Educación, Daniel Filmus, mas no concurrieron, avisando de sus ausencias minutos antes. La misma actitud asumieron otras personalidades vinculadas al Gobierno, sin que faltaran juicios negativos como el del titular de la bancada oficialista de senadores, Miguel Angel Picheto, en relación con que el vicepresidente guardara silencio.
La soledad de Scioli en su propuesta, más las críticas ligeras de quienes desde la oposición le han exigido que personalice en su partido, auguran un dudoso porvenir a la pacificación de las campañas electorales. Si por un breve lapso dejó su rol estrictamente protocolar, al que fue sometido por el presidente Kirchner cuando hace dos años manifestó alguna opinión "no autorizada", el vicepresidente debería seguir el consejo del senador Picheto. Y es que las líneas de confrontación están trazadas de forma irrevocable. No se trata de debatir propuestas sobre la pluralidad de problemas que han degradado la realidad nacional, entre los que el más grave es la carencia de una dirigencia capaz de superar la crisis, mediante la autocrítica y el debate.
En ese orden de inquietudes, las advertencias del vicepresidente de la Nación pueden hallar sin duda mejor audiencia en una sociedad que padeció confrontaciones sin tregua y cuyos más importantes dirigentes persisten en el agravio y en el pensamiento único como recurso electoral.







