Atrapados sin salida

La cultura política y el atraso argentino.

01 Agosto 2005
Por James Neilson

Cada vez más indignado por la existencia misma de Eduardo Duhalde, de "Chiche" y de lo que aún queda del aparato que supieron construir, el presidente Néstor Kirchner dijo que la pareja no sólo vendió la provincia de Buenos Aires sino que también destrozó económicamente al país.
Aunque tal afirmación es incompatible con la adhesión apasionada del gobierno kirchnerista al "modelo" económico duhaldista, es evidente que en cierto modo el santacruceño tiene razón. Fue en buena medida gracias al clientelismo y al amiguismo propios del gobierno bonaerense de Duhalde que el "modelo menemista" se vino abajo.
Con todo, Kirchner se equivoca si supone que el estado lastimero de aquella "provincia tan potente" que debería ser Buenos Aires puede atribuirse a nada más que los estragos causados por un "huracán" o "vendaval" llamado Duhalde. Ni Buenos Aires ni la Argentina en su conjunto se vieron arruinadas debido a las barbaridades perpetradas por un puñado de individuos con nombre y apellido.
Antes bien, la Argentina nunca logró desarrollarse como hicieron otros países culturalmente afines, como Italia o España, o de conformación geográfica equiparable como Australia y el Canadá, por motivos que tienen que ver con la vigencia de una tradición política que heredaron millones de personas.
El hecho de que el enfoque de Kirchner y de muchos otros sea erróneo dista de ser un asunto menor. Por el contrario, el mito persistente de que la Argentina se enfermó debido a las malas artes de personajes que están vivitos y coleando siempre ha actuado como un veneno paralizante. 
Si todo fuera culpa de Duhalde, de Carlos Menem o de Ricardo López Murphy, para mencionar sólo a los blancos habituales de los misiles verbales kirchneristas, "solucionar" los problemas planteados por la condición desafortunada del país sería sencillo: bastaría con castigar en las urnas a los responsables de la debacle para entonces confiar el manejo de la economía a personajes más dotados o, cuanto menos, mejor intencionados.

Tema complicado
Pero, por desgracia, el tema es infinitamente más complicado: el atraso argentino es la consecuencia previsible de una cultura política que está tan profundamente arraigada, que la mayoría de los habitantes del país siente que es la única concebible. Por lo tanto, proponer "soluciones" prácticas que podrían contar con el apoyo de la mayoría es una tarea extraordinariamente difícil.
En la actualidad, escasean los dirigentes que tengan mucho interés en emprenderla, acaso porque los más no quieren correr el riesgo de verse expulsados de la clase política nacional por "neoliberales". Pertenecer a un club supone cierto conformismo, y en la Argentina como en otros países los políticos pronto aprenden a respetar códigos que los distinguen de sus compatriotas rasos.
A hombres como Kirchner, Duhalde, Menem y los demás que se formaron en el ámbito apropiado, no les costó mucho familiarizarse con ellos en su juventud y ahora, décadas más tarde, les parecen tan naturales como las reglas gramaticales de su propio idioma. Si bien tales dirigentes se pelean despiadadamente, sus diferencias no son tan fundamentales como dan a entender: desde el punto de vista de quienes no integran la misma colectividad política e ideológica, lo que tienen en común es mucho más significativo que lo que los separa.

En peligro
Aunque los conflictos internos de la heterogénea alianza populista que domina el país son a menudo feroces, no ponen en peligro su hegemonía. Antes bien, contribuyen a consolidarla al brindar a los disconformes alternativas aparentes, tal y como haría una empresa automotriz que ofrece a sus clientes una gama amplia de modelos -para todos los gustos y bolsillos-, pese a que todos estén basados en el mismo diseño.
 Los cansados de Menem pudieron apostar a Duhalde; los hartos de la presencia irritante de este disponen de una opción igualmente populista en Kirchner; de apagarse la estrella del patagónico, habrá otro populista de estilo distinto dispuesto a tomar el relevo. ¿Cómo, pues, salir del laberinto populista en el que el país está atrapado desde hace más de medio siglo? Por desgracia, no hay ninguna respuesta fácil.
 De vez en cuando surgen opciones "liberales", pero las más, como la encarnada en su momento por el recién fallecido Alvaro Alsogaray, serán capturadas por un tentáculo del pulpo populista. Un destino similar podría aguardar a Mauricio Macri, al neuquino Jorge Sobisch y hasta a López Murphy.
 Obligados a elegir entre seguir predicando en el desierto, por un lado, y acercarse a populistas con la esperanza de convertirlos a un credo menos anticuado, por el otro, muchos entusiasmados por lo conseguido por los países ricos, todos los cuales son "liberales", deciden que lo más sensato es adaptarse al medio ambiente local. Este no sería el caso si el electorado abandonara a los partidos que simbolizan la "vieja política", además de repudiar sus ideas y su conducta, pero tal y como están las cosas la posibilidad de que lo hagan pronto es nula.

Populismo
El corporativismo populista trasciende los partidos. Puede detectarse su influencia en las sectas de la extrema izquierda marxista o trotskista y en las capillas que rinden homenaje a Adam Smith. Si se caracteriza por algo, esto es el escapismo. A los que, lo entiendan o no, están comprometidos con el statu quo, les conviene subestimar la gravedad de la crisis y, por lo tanto, la magnitud de los cambios que serían necesarios para superarla. 
Motivados ya por el orgullo nacional, ya por la conciencia de que muy pocos quieren esforzarse demasiado, se resisten a asumir que en términos socioeconómicos el desempeño de la Argentina en la segunda mitad del siglo pasado fue por mucho el peor de todos los países de raíces occidentales. Asimismo, obsesionados por las luchas internas, los populistas tratan desesperadamente de convencerse de que la gran crisis es de origen muy reciente. Es lógico: si reconocieran que las causas se remontan a los inicios del siglo XX y que incluso antes, en los años de máximo esplendor, cuando la Argentina se erigía en el "coloso del sur", pudo detectarse pródromos de la enfermedad que andando el tiempo la postraría, les sería forzoso aceptar la necesidad de emprender reformas muy drásticas. 
En cambio, de suponerse que sólo es cuestión de errores cometidos hace poco, pueden conformarse con recomendar algunos retoques indoloros.
Con la excepción de Fernando de la Rúa, todos los presidentes del país han procurado hacer pensar que la catástrofe argentina fue obra de su antecesor inmediato. Jorge Rafael Videla la imputó a Isabelita; Raúl Alfonsín a Videla; Menem a Alfonsín; Duhalde a Menem y, ahora, Kirchner dice que el gran culpable fue Duhalde. Es como si creyeran que un par de años nomás antes de su propio arribo a la Casa Rosada la Argentina aún disfrutaba de prosperidad envidiable, cuando la verdad es que para todos -salvo los historiadores-, siempre ha sido un país atrasado y aquejado por problemas sociales angustiantes.

Es mejorar no mirar
La miopía así manifestada puede entenderse: si las dificultades son tan grandes que dan miedo, es mucho más cómodo no verlas o fingir que sólo se trata de sombras. También sirve para reducir el riesgo de que a alguien se le ocurra que realmente será preciso emprender en serio reformas "estructurales", que se verían resistidas con furia por los resueltos a defender sus conquistas por los medios que fueran. Puede decirse que tanto más terreno haya perdido un país, más decidida estará la mayoría a oponerse al cambio por entender los representantes de los distintos sectores que estarían entre los perjudicados. Por supuesto que cuando se produce una convulsión, los más vivos se las arreglan para aprovecharla en beneficio propio, como efectivamente sucedió en 2001 y en 2002 pero, felizmente para ellos, en aquella ocasión los damnificados no quisieron arriesgarse provocando otro desbarajuste con la esperanza de encontrarse entre los ganadores. (Especial)

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