Milagros cotidianos

La tecnología no debe imponer su ritmo vertiginoso.

31 Julio 2005
Por Juan Carlos Di Lullo

Dentro de pocos días, se cumplirán 93 años desde que el primer ejemplar de nuestro diario ganó las calles de Tucumán. Para la gran mayoría de los habitantes de esta provincia será, sin duda, muy difícil imaginar cómo se desarrollaba la vida cotidiana en esos días en los que el siglo pasado entraba en su segunda década. La información nacional o internacional, por ejemplo, tardaba en llegar y en ser procesada un tiempo que, en estos días de televisión en directo y de noticias por internet, resultaría inconcebible.Con el correr de los años, la tecnología experimentó un desarrollo vertiginoso y, en aceleración constante, fue presentando innovaciones cada vez más sorprendentes, y en lapsos cada vez más breves. El perfeccionamiento de la radio; la aparición de la televisión; las transmisiones en vivo y en directo; el desarrollo de los semiconductores, que permitió el diseño y la construcción de ingenios diminutos capaces de procesar y transmitir información a velocidades pasmosas; la irrupción de las computadoras y la aparición de internet y del correo electrónico jalonan, de alguna manera, un camino que, desde la tecnología, introdujo profundos cambios en la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo.
Para las generaciones que fueron testigos directos de la popularización de estos adelantos, y que guardan memoria de los días en los que estos no existían, no deja de ser sorprendente comprobar que un par de golpes de teclado pueden poner en el monitor la portada de un diario extranjero en escasos segundos. O que un buscador de internet puede presentar en un parpadeo millones de documentos relacionados con un tema en particular; que desde un teléfono que se pierde en la palma de la mano se pueden mantener conversaciones, enviar mensajes, recibir noticias, y hasta obtener y mandar coloridas imágenes desde cualquier lugar. O que, diariamente, centenares de tucumanos aborden aviones que cubren en poco más de una hora un trayecto que 50 años atrás demandaba más de una jornada de travesía.
Se trata de pequeños milagros cotidianos, que deberían deslumbrarnos si tomamos conciencia del tiempo, el esfuerzo y los recursos materiales y humanos que ha demandado su diseño y su concreción.
Sin embargo, sorprende la inusitada rapidez con la que estos revolucionarios adelantos se incorporan a la vida diaria y se diluye su condición de excepcionales. Es por eso que el usuario pierde velozmente la paciencia ante una demora en la conexión con la red, o el corte de la transmisión satelital en el televisor, y se enfurece como si de ese inconveniente transitorio dependiera el futuro de la humanidad. La ausencia de señal en un teléfono celular puede sumir a su propietario en un pozo depresivo de considerables proporciones.
Los adelantos tecnológicos deben estar al servicio de una mejor calidad de vida, pero de ninguna manera pueden convertirse en el centro de la existencia de los seres humanos. Y, mucho menos, fomentar en ellos una tendencia al vértigo o la necesidad de que todo esté a su alcance inmediatamente. La exigencia de calidad, en muchos casos, está directamente relacionada con el cumplimiento de un proceso que demanda algún tiempo, que el usuario debe estar dispuesto a conceder.
Hace ya casi 20 años que ha surgido en Europa una asociación internacional llamada "Slow Food", cuyo símbolo es un caracol, y que busca contraponerse al espíritu vertiginoso del "fast food" a través de la práctica de compartir la preparación de los alimentos, saborearlos en compañía de amigos y de familiares, sin apuro y con calidad. Esta iniciativa ha servido de base a un movimiento más amplio que cuestiona la prisa y la demanda de inmediatez que domina la vida moderna, en contraposición con la necesidad de una mejor calidad de vida.
Vale la pena plantearse si la idea de volver a la placidez de hace un siglo no se ha convertido, hoy por hoy, en un pensamiento saludablemente revolucionario.

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