Aunque no es muy conocida por su nombre, es una de las figuras de la retórica más empleada a diario. La sinécdoque es un recurso literario poderoso. Y, debe decirse, sumamente tramposo. Porque, para definirlo sintéticamente, consiste en representar un todo con sólo una parte. Con ella, para hablar de ganado, se pueden mencionar "100 cabezas", aunque se aluda a un centenar de vacas enteras.
De modo que la sinécdoque simula. Tal vez por ello ha sido elegida por el Gobierno provincial para tratar -con poca suerte- de contestar las graves objeciones señaladas por una auditoría nacional respecto de la ejecución del Programa Focalizado de Rehabilitación Nutricional. Con respuestas fragmentadas se busca disfrazar un compendio de anomalías (presuntas, claro está), detectadas nada menos que en un plan alimentario para desnutridos. Sospechas que, en estas tierras, equivalen a mentar la soga en la casa del ahorcado.
Admitir que los padrones de beneficiarios no son confiables ha sido una de esas sinécdoques. Detrás hay una gestión que aplica un plan desde hace 17 meses (comenzó en marzo de 2004) y que en ese lapso no perfeccionó nada menos que el listado de personas que deben ser asistidas para que no mueran de hambre. Esta falencia le sirve al Poder Ejecutivo, pues adjudica a la deficiente confección de esas nóminas algunos enigmas matemáticos observados por la Nación. En la mayoría de los meses se adjudicaron -según la Nación- menos módulos que los adquiridos. Y hubo un mes en que se repartieron más que los acordados. Pero, en honor de verdad, habrá que reconocer que el mecanismo de altas y de bajas de beneficiarios que maneja el Siprosa es tan complejo -y a la vez, tan lento-, que termina dificultando la elaboración de un sistema sin fisuras.
Naufragar en la góndola
Se apeló también a la sinécdoque para tratar de refutar el hecho de que los productos que compra la Casa de Gobierno son más caros que los que se consiguen en la góndola de un supermercado cualquiera. Lo que se dijo es que los minoristas no venden leche en polvo fraccionada por kilo -como la que contiene cada bolsón-, sino por 800 gramos. Con eso justifican la diferencia de casi $ 1,60 entre el costo del módulo alimentario y el de la góndola del súper. El "todo" que se esconde tras esta "parte" es el de que la provincia compra mercadería por decenas de miles de unidades, pero paga como si las comprara de una en una. En el subtrópico no hay descuentos por compra mayorista.
El atajo oficial es culpar a la inflación, por la cual los proveedores remarcan los precios de los productos que entregarán en un mes. Otra sinécdoque para no admitir que la falta de licitaciones es tierra fértil para el descontrol. Pero, claro, para este Gobierno licitar siempre genera demoras y problemas.
Hacer cuentas
Luego vino la sinécdoque financiera. Para recibir el dinero con el que financió el plan para desnutridos (casi 16 millones en los primeros 14 meses), la Provincia firmó un convenio con la Nación. Una cláusula ordena que se habilite aquí una cuenta específica a la que debían ir todos los fondos federales. Los funcionarios alperovichistas, en cambio, abrieron varias cuentas. Aducen que así pueden controlar mejor en qué gasta cada sector. Lo que se quiere disimular es la advertencia de la auditoría de que este proceder dificulta el rastreo del movimiento del dinero. A la vez, queda claro que esta provincia da para todo: para justificar el incumplimiento de una obligación legal, los mismos que durante el gobierno de Julio Miranda inventaron la "caja única", ahora afirman que mandar todo el dinero a una cuenta única no es recomendable.
Pero la verdadera trampa de la sinécdoque oficial no está en contestar con retazos un todo incontestable. El ardid está en hacer creer que sólo se discute sobre 36.000 bolsones mensuales, cuando en realidad se trata del sustento para 36.000 chicos y embarazadas que, mes a mes, son comidos por el hambre. En definitiva, decenas de miles de vidas que, eso sí, no están enteras.







