Kirchner cambió transversalidad por verticalismo

El Presidente indujo a Lavagna a castigar a los lecheros. La cuestión inflacionaria está en pleno debate en el Gobierno.

24 Julio 2005
Por Hugo E. Grimaldi

BUENOS AIRES.- Néstor Kirchner decidió volver a la tradición verticalista y típicamente militar impuesta por Perón a su movimiento (según algunos, de sesgo tan conservador como los "patrones de estancia" que él mismo criticaba por entonces), paradójicamente en momentos en que busca sumarle al PJ vertientes de centro-izquierda para diluir su tradicional poder.
Ocurre que, por definición, el verticalismo no puede ser transversal. O dicho de otro modo, las estructuras transversales -mucho más pluralistas y democráticas- no soportan conducciones verticales. A lo sumo, ambas líneas podrán cruzarse de modo perpendicular, en un punto de choque cuyo impacto tendrá que ser cuidadosamente moderado por la muñeca de quienes están a cargo del diseño. Probablemente calculando estos riesgos, y quizás hasta conocer el resultado electoral de octubre, Kirchner abandonó del todo durante la semana el camino de la transversalidad a ultranza, imaginado hace algunos meses como una corriente política que confrontara con el espectro de centro-derecha, al estilo de otros países con líneas más clásicas y definidas, y se erigió en único conductor de la campaña, con su típico estilo agresivo, algo exacerbado ahora por la necesidad de conseguir votos.
Su actitud dejó en claro que decidió colocarse en la punta del vértice y mostrarle a la gente con discursos encendidos que es él quien manda. Bajo el influjo de una popularidad que no mengua en lo personal, el Presidente se mostró públicamente como la conducción férrea de un proyecto, sin importarle para nada quiénes están del otro lado, más bien atacándolos en la medida en que los sepa de la vereda de enfrente y con un claro concepto del tira y afloja, para negociar desde posiciones de fuerza, sobre todo en cuestiones de carácter económico.
Así, la emprendió contra Cavallo, Menem y Duhalde (lo hizo por primera vez, y sin nombrarlo), contra el intendente de Balcarce y contra los organismos internacionales; felicitó públicamente a Julio de Vido, por la manera en que condicionó las empresas privatizadas e indujo a Roberto Lavagna a tomar medidas represivas -vía retenciones- contra los exportadores lecheros. Cada uno de estos tópicos tiene su historia.
El capítulo político tuvo su epicentro en la provincia de Buenos Aires, el bastión duhaldista que intenta conquistar el Presidente. Sabe que "Chiche" Duhalde le restará a su esposa más de un millón de votos, quizás los que se necesiten para hablar de actitud plebiscitaria del electorado y, ya que Cristina de Kirchner no puede hacer campaña formal hasta agosto, fue a fondo en cada oportunidad.
Primero, jugó fuerte en tierra propia (Lincoln), luego en distrito ajeno (Balcarce), con un intendente que no quiere saltar el cerco y al que apretó "mirándolo a los ojos" para que lo haga; y por último, en Ezeiza, perdonando públicamente a un ex menemista de paladar negro, al tiempo que le pasó mensajes sobre el pasado, justo cuando se habla -hasta ahora con más marketing que realidad- de cierto acercamiento de dos viejos "enemigos", Menem y Duhalde.
En la relación con los referentes distritales del peronismo bonaerense, el pulgar del Presidente se está haciendo sentir más que en ninguna otra parte y no sólo por la ejecución o el retaceo de las obras públicas -situación que denunció el jefe comunal balcarceño- sino porque él es quien decide quién es un réprobo y quién un elegido dentro de la estructura del PJ, y así los presenta ante los militantes.
Al ministro De Vido, el Presidente lo destacó casi como un héroe en el discurso en Balcarce, tras invitar a futuros interlocutores a poner las barbas en remojo: "miren cómo fuimos logrando que vayan retirando los juicios internacionales que tenían contra la Argentina; miren cómo logramos que se sienten a la mesa; miren cómo logramos que empiecen a respetar como corresponde a la Argentina", dijo con orgullo Kirchner. En este punto, quedan todavía algunas dudas sobre la determinación de Telefónica de retirar el juicio en el Ciadi, tras el silencio que aquejó a sus directivos españoles y argentinos, tras la reunión con el ministro argentino, en Madrid. Todas las informaciones se refirieron a una espera de 15 días, aunque es probable que se den pasos previos antes del retiro, como la suspensión o algún otro mecanismo intermedio que facilite seguir negociando, mientras se logran las compensaciones que seguramente habrá solicitado la empresa española.
El caso del Fondo Monetario Internacional es emblemático, ya que será uno de los objetivos permanentes de ataque, en momentos en que se debería estar avanzando hacia un acuerdo. En primera instancia, con el viaje del secretario Nielsen a Washington -en soledad y a ver qué pasaba- se ganó tiempo hasta setiembre, ya que agosto es período de vacaciones en el hemisferio norte.

Acuerdo tácito
Igualmente, hubo cruces verbales que poco importan destacar en la medida en que la Argentina sigue pagando, en una acción de acuerdo tácito entre las partes, pese a los fuegos artificiales. "Nos desendeudamos, debemos menos", se enorgullece el jefe de Estado. "Nos pagan, nos deben menos", se alegra Rodrigo de Rato, presidente del organismo internacional. Donde también hay coincidencia, por ahora en el diagnóstico, aunque no en los remedios, es en la preocupación que generan los índices inflacionarios. El FMI cree que sobrevendrán desequilibrios macroeconómicos que pueden tornar más endebles todavía las proyecciones de sustentabilidad del Gobierno argentino, en las que no confían demasiado. En el Gobierno saben que, con la inflación en ascenso, no se ganan elecciones con comodidad.
De allí que la cuestión inflacionaria -en la que el Presidente no metió mano públicamente todavía- esté en pleno debate interno. Fue muy notorio el alineamiento de Martín Redrado con el Ministerio de Economía y muy duros dos párrafos del Informe del Banco Central de la República Argentina (BCRA) destinados a los aumentos salariales y a los desbordes del gasto, ambos resortes exclusivos de la Casa Rosada, como causantes del problema.
Desde algunos de sus despachos -y desde la subsecretaría de Defensa al Consumidor, hoy enfrentada con el Palacio de Hacienda- se proponen remedios bastante cercanos al peronismo tradicional, como los acuerdos sectoriales o aun -en el límite- precios máximos.
Para no echar más leña al fuego, el ministro Lavagna accedió a aumentar las retenciones a las exportaciones de los productos lácteos, como una forma de mostrar también la soga en la casa del ahorcado, tal como le gusta al Presidente, frente a futuras negociaciones, sobre todo en el rubro alimentos.
Pero después de anunciar la firma del decreto, mandó a decirle a toda la cadena lechera que si había acuerdo, las retenciones se levantaban. Ocurre que el ministro de Economía y el secretario de Agricultura, Miguel Campos, saben que la industria tiene intereses disímiles. Los grandes formadores de precios -que exportan marginalmente- elevaron los valores al público y con el castigo de las retenciones y la posibilidad de que se frene la producción "logran la protección que estaban buscando", acusan los exportadores, quienes hoy venden 30% de sus productos al exterior (leche en polvo y quesos).
El sector de tamberos exportadores también responsabiliza a las comercializadoras de "cartelizarse" y sostiene que, con las retenciones más altas, comenzará a invertir menos, a fertilizar menos, a preñar menos y a ordeñar menos, con lo cual los precios internos, por menor oferta, sí o sí subirán hacia fin de año, cuando se acaben los excedentes estacionales de primavera. Pero entonces ya habrán pasado las elecciones. (DyN)

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