La visita del Presidente

La celebración de la Independencia no debe ser un mera formalidad a cumplir.

11 Julio 2005
El sábado 9 de julio, el presidente Néstor Kirchner visitó la ciudad de Tucumán. Como lo hemos informado en detalle, asistió al Tedéum, visitó la Casa Histórica y, en un acto convocado en el estadio de San Martín, realizó anuncios de inversiones en la provincia (36,8 millones para levantar un hospital, en Cruz Alta, y la construcción de 2.000 viviendas hasta 2007), e inventarió los aportes nacionales de los dos últimos años, en obras públicas, educación y turismo. Luego, partió de regreso a Buenos Aires.
Fue una visita sin incidente alguno, gracias a las cuidadosas medidas tomadas por el Gobierno provincial. Hablamos de la plaza Independencia vallada -con el registro de todos los que ingresaban a su perímetro-, así como de las providencias directas adoptadas para que, en el estadio, estuviera la mayor cantidad de gente dispuesta a aplaudir. La impresión que deja la jornada puede considerarse desde varios puntos de vista. Desde el del Gobierno local, es evidente que constituyó un éxito: no hubo perturbaciones como las suscitadas el año pasado, y todo se deslizó sin alteración alguna del orden. Para el Presidente, en consecuencia, fue también una ocasión feliz, con vítores y aclamaciones. Para aspectos de los requerimientos tucumanos, también resultó positiva: nadie podría discutir que las inversiones anunciadas cubren necesidades de concreta existencia en nuestro territorio. Pero hay un punto que viene fallando, desde años atrás. Las visitas presidenciales del siglo que pasó, desde la de Roque Sáenz Peña en adelante -incluidas las de los titulares de facto- tenían una característica que se ha ido dejando de lado en estas últimas décadas. En efecto, antes era usual que los mandatarios permanecieran un cierto tiempo en Tucumán. Inclusive, hubo casos en que hasta se trasladaron al interior de la provincia.
Eso permitía que no solamente formulasen anuncios simpáticos, sino que también dieran, a la ciudadanía, la oportunidad de expresar inquietudes y necesidades, a través de representantes de sus fuerzas vivas. Es decir, recibían a delegaciones, conversaban con ellas, y por lo tanto quedaba, en los habitantes, la sensación de que habían podido plantear puntos de vista locales y ponerlos a la consideración presidencial. Sentían que, durante ese día que Tucumán se ubica en un lugar de privilegio dentro del mapa nacional, la voz de los tucumanos llegaba hasta los más altos niveles de la conducción de la República. Pero ocurre que, desde hace ya bastante tiempo, la visita presidencial se ha convertido en algo fugaz y velocísimo. El jefe del Ejecutivo llega como si corriese una carrera contra el tiempo, y como si el propósito esencial fuera pasar el menor tiempo posible en Tucumán. Por cierto que, de esa manera, no hay margen para escuchar nada que no sean sus propias palabras y las de los funcionarios. Escasamente, se completan tres horas y media de permanencia, como máximo. Cabe preguntarse qué será eso tan urgente que los presidentes tienen que hacer los 9 de julio, en Buenos Aires, y que les impide quedarse aquí y recibir a la gente.
Si Tucumán tiene, en esa fecha, título de Capital del país, las visitas del primer magistrado no debieran ser maratónicas. Es decir, asemejarse menos al penoso cumplimiento de una obligación, y más a la intención de dedicar todo el tiempo que sea necesario para interiorizarse de los requerimientos de una provincia argentina que juega un rol clave dentro de esta región del país. Pensamos que las futuras estadías del primer magistrado en Tucumán podrían programarse de otra manera. Trascenderían así el mero protocolo, y serían ocasiones de un saludable contacto entre el presidente y el pueblo.

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