10 Julio 2005 Seguir en 
La historia no se repite, porque el hombre revisa y corrige errores. Así se razonó, seguramente, en lo más empinado del Gobierno cuando se decidió que no podía producirse un escándalo como el de 2004, que erosionó la imagen del presidente Néstor Kirchner en el ámbito nacional y deterioró seriamente las relaciones del gobernador José Alperovich con él. Alperovich entendió que un nuevo enfriamiento de la Casa Rosada podría ser letal para su plan continuista. Rápidamente aceptó que el peronismo es un partido presidencialista y se incorporó al proyecto del kirchnerismo. Canjeó apoyo político por obras públicas y fondos. De ese modo cimentó parte de la estabilidad de su administración en los últimos meses y consiguió algunos beneficios, pero Tucumán está lejos de ser la privilegiada en el país. También borró de un plumazo su antigua proximidad al duhaldismo y acudió el jueves pasado al acto de lanzamiento de Cristina Fernández de Kirchner como candidata a senadora por Buenos Aires, en La Plata. Su socio salteño, Juan Carlos Romero, en cambio, faltó a la cita en La Plata y se excluyó del ejército de 14 gobernadores que cerró filas con la Casa Rosada. Ahora, Hilda "Chiche" González de Duhalde -la huésped privilegiada de 2002- pasó a ser su adversaria en la pelea interna del peronismo nacional.
A la política de conexiones hay que robustecerla con hechos. La creación de un clima social distendido empezó a prepararse hace varias semanas y acabó días antes del sábado, por medio de arreglos con gremios díscolos. El problema de seguridad se encaró de tal modo que pareció que se quería impedir la consumación de una operación terrorista como la que conmovió el jueves a Londres. La Casa de Gobierno no escatimó medios para montar un dispositivo de control de máxima rigurosidad, e incluso bloqueó la libre circulación de los ciudadanos por el microcentro, dando la impresión de una ciudad sitiada. El resguardo del Presidente requiere, sin dudas, de cuidados especiales, pero se exageró la estrictez. La Casa Histórica contuvo a un reducido grupo de jerarcas del poder. Se alejó un fantasma y se resucitó otro, que evocó las etapas más duras del proceso militar.
Expresiones parciales
Kirchner, a diferencia de 2004, pudo gozar ayer de un festivo día peronista. El arzobispo de Tucumán, monseñor Luis Villalba, no fue tan filoso en su homilía como en otros aniversarios patrios -por ejemplo, las dichas ante Eduardo Duhalde y el mismo Kirchner-. Sin embargo, su diagnóstico de la situación sociopolítica no fue complaciente, e incomodó a algunos ministros del Gobierno federal; fue el caso de Aníbal Fernández, responsable de Interior.
En el mensaje de ayer, el alto prelado remarcó su posición tradicional de defensa del derecho a la vida y puso acento en la regeneración ética de la política. Los gestos dicen mucho en política. Algunos detectaron frialdad entre Alperovich y la diputada Stella Mary Córdoba, que siempre se mostró muy cerca del Presidente. El veterano dirigente peronista Alberto Herrera -tercero en la lista de precandidatos a diputados- brilló por su ausencia. Parece que no lo invitaron. Fernando Juri archivó su fidelidad al menemismo y privilegió la faz institucional de su figura.
La maquinaria peronista leal a la Casa de Gobierno proveyó de miles de adictos al acto en San Martín. Desde la oposición se desliza que la repartija de bolsones se difirió para esta semana para que la jornada no se empañara con incidentes. La celebración pública de la efemérides se transformó en un acto político oficialista en San Martín. Alperovich no vaciló en pedir el voto para Kirchner, que pretende transformar las elecciones del 23 de octubre en un plebiscito. De ese modo, demandó apoyo también para la lista de aspirantes a ocupar diputaciones nacionales, que encabeza su esposa, Beatriz Rojkés. El dominio que ejerce el dueto Alperovich-Juri en el partido peronista es de tal magnitud que nadie duda de que esa será, finalmente, la representación del oficialismo para octubre.
La política de enfrentamiento con el Fondo Monetario Internacional fue avalada sin hesitación alguna por el gobernador en su discurso en San Martín. Completó, así, su conversión al kirchnerismo militante y a su visión de la política nacional.
Antes, en la Casa Histórica, el Presidente había alabado sin pelos en la lengua a Alperovich "A Tucumán lo veo mejorar permanentemente", pontificó. Ante la tropa propia, matizó su optimismo al aseverar que aún no se salió del infierno. Kirchner se fue gratificado de Tucumán porque apareció rodeado del afecto popular y pudo enterar el pésimo precedente de 2004. La sociedad Alperovich-Juri también celebró, porque proyectó la fachada de una provincia en paz y movilizada -gracias al aparato oficial- tras la figura presidencial. Negocio redondo para ambas partes.
La tentación de la tribuna
La pesadilla quedó atrás. Sigue en pie la discusión abierta en Tribunales a causa de las normas electorales para escoger convencionales constituyentes. El calor de la tribuna define las solidaridades políticas, pero no moldea las resoluciones de los otros poderes. Así ocurren las cosas en los regímenes republicanos maduros. Las esferas de cada poder están bien marcadas por el estado de derecho. Los gobernantes y los legisladores están expuestos a los vaivenes de la opinión pública y, a la vez, a influir sobre esta. Los jueces, no. A ellos les cabe discernir conforme a las leyes y a la Constitución.La Corte Suprema de Justicia está en ese trance. Tres de las acciones que están para su análisis versan acerca del régimen electoral, antes que sobre la improcedencia de la declaración de la necesidad de reforma de la Constitución del 90. El radical Miguel Mibelli alega que no hay ley electoral; los peronistas Víctor Arias y Carlos Posse propician la aplicación de los sublemas, y el también justicialista Enrique Pedicone, que se ponga en práctica la ley de internas abiertas. La compleja tramitación procesal de las causas estiraría el tiempo de las sentencias hasta el 3 de setiembre. Se elastizaría el plazo del 23 de agosto que se manejaba tentativamente en la cumbre de la judicatura. La ida y vuelta de escritos explica ese cálculo, porque parece improbable que el Poder Ejecutivo se allane a la demanda. Dicho de otro modo, que admita que debe sancionarse una nueva ley para reglar la selección de los convencionales reformadores.
Si los jueces supremos admitieran la pretensión de alguno de los accionantes en contra del andamiaje construido para la elección de convencionales constituyentes se produciría la caída de la simultaneidad de comicios soñada por la Casa de Gobierno.
La iniciación de la feria judicial no aplacará los nervios en el mundo oficialista. La tensión es causada por el cúmulo de expectativas que generó la tesis de capitalizar el efecto positivo que significa ir de la mano de Kirchner a las urnas. Un traspié judicial acabaría con eso.
A la política de conexiones hay que robustecerla con hechos. La creación de un clima social distendido empezó a prepararse hace varias semanas y acabó días antes del sábado, por medio de arreglos con gremios díscolos. El problema de seguridad se encaró de tal modo que pareció que se quería impedir la consumación de una operación terrorista como la que conmovió el jueves a Londres. La Casa de Gobierno no escatimó medios para montar un dispositivo de control de máxima rigurosidad, e incluso bloqueó la libre circulación de los ciudadanos por el microcentro, dando la impresión de una ciudad sitiada. El resguardo del Presidente requiere, sin dudas, de cuidados especiales, pero se exageró la estrictez. La Casa Histórica contuvo a un reducido grupo de jerarcas del poder. Se alejó un fantasma y se resucitó otro, que evocó las etapas más duras del proceso militar.
Expresiones parciales
Kirchner, a diferencia de 2004, pudo gozar ayer de un festivo día peronista. El arzobispo de Tucumán, monseñor Luis Villalba, no fue tan filoso en su homilía como en otros aniversarios patrios -por ejemplo, las dichas ante Eduardo Duhalde y el mismo Kirchner-. Sin embargo, su diagnóstico de la situación sociopolítica no fue complaciente, e incomodó a algunos ministros del Gobierno federal; fue el caso de Aníbal Fernández, responsable de Interior.
En el mensaje de ayer, el alto prelado remarcó su posición tradicional de defensa del derecho a la vida y puso acento en la regeneración ética de la política. Los gestos dicen mucho en política. Algunos detectaron frialdad entre Alperovich y la diputada Stella Mary Córdoba, que siempre se mostró muy cerca del Presidente. El veterano dirigente peronista Alberto Herrera -tercero en la lista de precandidatos a diputados- brilló por su ausencia. Parece que no lo invitaron. Fernando Juri archivó su fidelidad al menemismo y privilegió la faz institucional de su figura.
La maquinaria peronista leal a la Casa de Gobierno proveyó de miles de adictos al acto en San Martín. Desde la oposición se desliza que la repartija de bolsones se difirió para esta semana para que la jornada no se empañara con incidentes. La celebración pública de la efemérides se transformó en un acto político oficialista en San Martín. Alperovich no vaciló en pedir el voto para Kirchner, que pretende transformar las elecciones del 23 de octubre en un plebiscito. De ese modo, demandó apoyo también para la lista de aspirantes a ocupar diputaciones nacionales, que encabeza su esposa, Beatriz Rojkés. El dominio que ejerce el dueto Alperovich-Juri en el partido peronista es de tal magnitud que nadie duda de que esa será, finalmente, la representación del oficialismo para octubre.
La política de enfrentamiento con el Fondo Monetario Internacional fue avalada sin hesitación alguna por el gobernador en su discurso en San Martín. Completó, así, su conversión al kirchnerismo militante y a su visión de la política nacional.
Antes, en la Casa Histórica, el Presidente había alabado sin pelos en la lengua a Alperovich "A Tucumán lo veo mejorar permanentemente", pontificó. Ante la tropa propia, matizó su optimismo al aseverar que aún no se salió del infierno. Kirchner se fue gratificado de Tucumán porque apareció rodeado del afecto popular y pudo enterar el pésimo precedente de 2004. La sociedad Alperovich-Juri también celebró, porque proyectó la fachada de una provincia en paz y movilizada -gracias al aparato oficial- tras la figura presidencial. Negocio redondo para ambas partes.
La tentación de la tribuna
La pesadilla quedó atrás. Sigue en pie la discusión abierta en Tribunales a causa de las normas electorales para escoger convencionales constituyentes. El calor de la tribuna define las solidaridades políticas, pero no moldea las resoluciones de los otros poderes. Así ocurren las cosas en los regímenes republicanos maduros. Las esferas de cada poder están bien marcadas por el estado de derecho. Los gobernantes y los legisladores están expuestos a los vaivenes de la opinión pública y, a la vez, a influir sobre esta. Los jueces, no. A ellos les cabe discernir conforme a las leyes y a la Constitución.La Corte Suprema de Justicia está en ese trance. Tres de las acciones que están para su análisis versan acerca del régimen electoral, antes que sobre la improcedencia de la declaración de la necesidad de reforma de la Constitución del 90. El radical Miguel Mibelli alega que no hay ley electoral; los peronistas Víctor Arias y Carlos Posse propician la aplicación de los sublemas, y el también justicialista Enrique Pedicone, que se ponga en práctica la ley de internas abiertas. La compleja tramitación procesal de las causas estiraría el tiempo de las sentencias hasta el 3 de setiembre. Se elastizaría el plazo del 23 de agosto que se manejaba tentativamente en la cumbre de la judicatura. La ida y vuelta de escritos explica ese cálculo, porque parece improbable que el Poder Ejecutivo se allane a la demanda. Dicho de otro modo, que admita que debe sancionarse una nueva ley para reglar la selección de los convencionales reformadores.
Si los jueces supremos admitieran la pretensión de alguno de los accionantes en contra del andamiaje construido para la elección de convencionales constituyentes se produciría la caída de la simultaneidad de comicios soñada por la Casa de Gobierno.
La iniciación de la feria judicial no aplacará los nervios en el mundo oficialista. La tensión es causada por el cúmulo de expectativas que generó la tesis de capitalizar el efecto positivo que significa ir de la mano de Kirchner a las urnas. Un traspié judicial acabaría con eso.







